Perdí el amor, pero encontré una familia
Víctor llevaba meses cargando con un pensamiento pesado: quería marcharse. Sin gritos, sin platos rotos, sin lágrimas. Desaparecer, como si hubiera salido a comprar pan y nunca hubiera vuelto.
Con Alba habían vivido ocho años. Sin hijos, sin escándalos, sin pasiones desbordadas. Su vida era plana como el asfalto de la calle mayor de su pueblo. Cada mañana repetía la anterior: café, tostadas, su letra pulcra en la agenda. Un día, Víctor se dio cuenta de que no recordaba en qué se diferenciaba el viernes pasado de este.
Alba era una esposa perfecta. Demasiado perfecta, y eso empezaba a asfixiarle. La casa brillaba, la cena siempre estaba caliente, todo se hacía sin que él lo pidiera. Una vez pensó en un té, y en ese mismo instante, Alba entró con una taza humeante.
—¿Cómo lo adivinas? —preguntó él, disimulando la irritación.
—Te conozco —respondió ella en voz baja—. Porque te quiero.
Víctor asintió, pero algo se encogió dentro de él. No la abrazó, no la besó; solo murmuró un “gracias”, como a un desconocido. Los sentimientos se evaporaban sin hacer ruido, dejando vacío. No había rabia, solo indiferencia, que daba más miedo que las peleas. Alba parecía entenderlo. Entraba menos en su cuarto, lo tocaba menos, se acostaba sola más a menudo.
Hasta que un día notó que ya no lo esperaba en la puerta. Simplemente se iba a la habitación sin decir nada, como si ya lo hubiera dejado ir.
—
Lucía irrumpió en su vida como un vendaval. Era la becaria nueva en su empresa de construcción, todo lo contrario a Alba: vivaracha, descarada, con chispas en los ojos y una risa que daba ganas de vivir. Sus movimientos, su voz, incluso cómo lanzaba el bic al descuido sobre la mesa, atraían las miradas.
Víctor la notó al instante, pero intentó mantener las distancias. Era demasiado joven, demasiado brillante. Pero Lucía, como oliendo su interés, no se rendía. Se quedaba cerca de su oficina, se arreglaba el pelo, iniciaba conversaciones banales tras las que escondía una chispa.
Empezó a pensar en ella todo el tiempo. Su voz resonaba en su cabeza, su silueta se le aparecía en las ventanas del trabajo. Por primera vez en años, se sintió vivo. La culpa le roía, pero se consolaba: “No está pasando nada”.
Hasta que pasó.
Noche tarde, oficina vacía, ascensor. Se quedaron solos. Silencio. De pronto, Lucía se acercó y lo besó—ligero, sin palabras.
—Tenía curiosidad —susurró al salir del ascensor, con una sonrisa.
Víctor se quedó paralizado, con el corazón latiendo como el de un adolescente. La sangre le ardía.
Ella no dio más pasos, pero sus miradas, gestos, rozaduras casuales eran un imán. Jugaba finamente, sin presionar. Y él se hundía más en el juego, dejando de oír la voz de Alba en la cena.
Lucía llenaba sus pensamientos. Y no notó cuándo las fantasías se volvieron traición.
Terminaron en un motel a las afueras. La lluvia golpeaba las ventanas, el aire olía a su perfume. Todo sucedió rápido, como en fiebre. Víctor se sintió libre, como si se hubiera quitado unas esposas. No era un marido infiel—era un hombre que recuperaba su vida.
Al irse, Lucía se ajustó el pelo y guiñó un ojo:
—Somos adultos. Sin ataduras.
Él asintió, pero en su pecho ya anidaba la inquietud.
En casa le esperaba la cena tapada. Alba dormía en el sofá, arropada con una manta. Se sentó a su lado, la miró. Ella abrió los ojos. Callaron, pero su mirada lo decía todo.
Víctor quiso explicarse—”perdona”, “no eres tú”, “me perdí”—pero las palabras se atascaron. Alba no preguntó. Solo giró hacia la pared.
No había traicionado a su esposa—había traicionado al que seguía esperándolo.
Pero al día siguiente volvió a ver a Lucía.
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Víctor se fue de viaje de trabajo, retrasando la conversación inevitable con Alba. Lucía apareció después, como si fuera lo más normal. Pasaron las noches en su habitación, borrando los límites del pasado.
Al cuarto día volvía solo. Llovía. Al cruzar la calle, vio a una mujer con carrito que pisaba la calzada. Un coche salió de la nada. Víctor las empujó a un lado. El golpe lo alcanzó a él.
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El coma duró una semana. El diagnóstico fue sentencia: lesión medular, riesgo de parálisis. Al despertar, vio a Alba. Estaba sentada junto a la cama, sosteniéndole la mano. Sin lágrimas, sin palabras—solo ahí.
Lucía apareció al quinto día. Se quedó en la puerta, sin acercarse.
—Soy demasiado joven para esto —dijo fría—. No es mi camino.
Se fue sin mirar atrás, como cerrando un libro.
Víctor entendió: ella nunca lo había conocido. Ni quería.
Alba se quedó. Hablaba con los médicos, limpiaba la mesilla, a veces dormitaba en la silla de su cama. Su mano en la suya era lo único que lo mantenía aquí.
Tras el alta, la vida se desmoronó. Perdió el trabajo—lo “despidieron amablemente”. A Lucía la vio en la oficina con el nuevo director. Pasó de largo, sin mirarlo.
Tratamientos, medicinas, rehabilitación—todo cayó sobre Alba, una profesora de colegio. Un día, Víctor notó que ya no llevaba su anillo de zafiro.
—Es solo un objeto —dijo en voz baja—. Tú importas más.
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En primavera la llevó a un pequeño restaurante junto al río. Acogedor, con violín en vivo y luz cálida. Alba sonreía, sus ojos brillaban con un calor que él antes ignoraba.
—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó cuando el café se enfrió.
—Daría mi vida por ti —respondió—. Pero no necesito nada. Solo vive.
Él le tomó la mano, sintiendo su calor por primera vez en años.
A la semana, llamó Javier Martín—el empresario cuya mujer e hija Víctor había salvado en el paso de cebra.
—Le debo esto —dijo firme—. Hay trabajo. De oficina, sin viajes. Yo le enseño.
El trabajo le devolvió un propósito, ingresos, esperanza. Víctor se sintió útil otra vez. Pero más quería recuperar a Alba—no como esposa, sino como a quien amó y no supo valorar.
Planeó pedirle matrimonio de nuevo. Pero ella se adelantó.
Por la mañana, Alba le sirvió el desayuno como siempre, le arregló la manta, le dio un beso en la frente. Por la noche, no estaba. Sobre la mesa, una nota:
“Sabía lo de Lucía. Lo del motel. Callé porque perdí a nuestro hijo entonces. No quería vivir, pero me quedé por ti. Ahora me voy por mí”.
Víctor releía las palabras hasta que las letras se borraron. Las manos le temblaban, el corazón latía sordo, pero dentro solo había vacío. El dolor no era agudo, sino opresivo como la nieve invernal. No supo que había destruido algo irrecuperable.
Al día siguiente la encontró. Llamó a su puerta, rogó que abriera. Alba salió—serena, con un cárdigan viejo, ojos cansados.
—Perdona. No sabía…—Lo sabías, Víctor —dijo ella con un suspiro—, solo te importó demasiado tarde.






