Corazón lleno de gatos: un encuentro que lo cambió todo
Ana pocas veces visitaba su pueblo natal a orillas del Tajo, a una hora de Toledo. Tras la escuela, se fue a la ciudad y las visitas a su tierra se podían contar con los dedos. La vida siempre encontraba razones para no volver. Las últimas veces había estado allí para los funerales de sus padres y el cumpleaños de su hermana pequeña, Carmen, que se quedó viviendo en la casa familiar. Las llamadas con su hermana despertaban en Ana nostalgia por su juventud, por los días sin preocupaciones. Este verano se decidió: los hijos y nietos se habían ido, y a ella, una jubilada sola, le entraron ganas de respirar el aire de su infancia, caminar descalza por la hierba suave, vivir entre aquellas paredes, aunque fuera poco tiempo.
Carmen llevaba tiempo invitándola a visitarla, para distraerse. El verano estaba lleno de frutas y pronto llegarían las setas—había que prepararse para el invierno, ¡sin pereza! Así tendría con qué agasajar a los invitados y disfrutar ella misma, recordando los viejos tiempos. Las casas del pueblo eran sólidas, la calle llena de viviendas de ladrillo—herencia de cuando la cooperativa agrícola prosperaba. El alcalde, un veterano de guerra y héroe, hizo del pueblo un ejemplo: construyó un centro cultural, un hospital, una escuela—la mejor de la comarca. Aún lo recordaban con cariño.
Ana caminaba por la calle sin prisas. En una mano llevaba una maleta vieja; sobre el hombro, un abrigo. Los vecinos la saludaban y ella respondía, aunque no reconocía sus caras. A ella tampoco parecían recordarla, pero en el pueblo esa era la costumbre—nadie dejaba a un extraño sin atención.
—¡Ana! ¿Eres tú? —se oyó una voz cerca del supermercado del pueblo.
Ana dejó la maleta y miró con atención.
—¡Sofía! ¡Martínez! —Sonrió al reconocer a su amiga de la infancia.
—¡Mira que si es o no es! —se apresuró a decir Sofía—. ¡Te vi desde el otro extremo de la calle! ¿Vienes por mucho tiempo?
—Depende —respondió Ana, encogiéndose de hombros.
—¡Ay, tenemos tantas novedades! Ven, charlamos un rato —Sofía brillaba de alegría.
—¡Contigo nunca termina uno de escuchar! —se rio Ana, contagiándose de su entusiasmo.
Del supermercado salió un hombre mayor con una bolsa pequeña. Al pasar, les hizo un leve gesto de cortesía. Ana respondió con una sonrisa. «Camisa limpia, pero arrugada; barba y bigote canosos, bien cuidados —pensó ella—. Se nota que la soledad es reciente».
—¿Quién es? —preguntó a Sofía cuando el hombre se alejó.
—Ese es Juan, el veterinario del pueblo —contestó su amiga con un gesto—. Buen hombre, pero desde que se jubiló parece que se le fue la cabeza. Su mujer lo dejó y se mudó a la ciudad. Ahora vive con gatos, gasta toda su pensión en ellos. Recoge los callejeros, los enfermos, los heridos. Los cura, ¡hasta les opera, dicen!
A la semana, Ana se encontró con Juan en el mismo supermercado. Iba a comprar harina para hacer pasteles, pero el paquete de cinco kilos le pesó más de lo esperado. Lo dejó en un banco para descansar.
—Déjeme ayudarla —dijo una voz suave. Juan estaba a su lado—. Vamos en la misma dirección. Usted lleva mi bolsa de pañales y yo su saco de harina.
—¿Pañales? —Ana frunció el ceño—. ¿Para qué los necesita?
—No es para mí —respondió él, algo avergonzado—. Es para Michín, mi gato. Tiene la columna dañada, no puede caminar, solo arrastrarse. ¿Se imagina lo humillante que es para un animal tan orgulloso estar sucio? Por eso…
—¡Vaya historia! —exclamó Ana—. ¿Y tiene muchos así?
—¿Parapléjicos? Solo Michín. Luego hay dos con tres patas, uno sin ojo, otro sin cola. ¡No se ría! La cola para un gato es como una pata, ¡les ayuda a equilibrarse y les da elegancia!
—¿Se lo han contado ellos? —sonrió Ana, sin poder evitarlo.
Juan frunció el ceño, interpretando su risa como burla.
—Perdón, Juan —se apresuró a decir ella—. Habla de sus sentimientos con tanta seguridad, como si conversara con ellos. Por cierto, llámeme Ana.
—Sí, Ana, ¡no se imagina lo mucho que pueden decirnos! —se animó él—. Sus caritas revelan todo: alegría, resentimiento, cariño.
—¿Por qué gatos? Usted es veterinario, ha trabajado con todo tipo de animales. ¿No hay otros más inteligentes o útiles?
—No —respondió Juan con firmeza—. Los gatos son más humanos que las personas.
—¿Puedo visitar a sus mascotas? —preguntó Ana, sonriendo.
—Serán bienvenidas —contestó él, llevándose una mano al corazón.
Esa misma tarde, Ana, con un tarro de mermelada de cereza recién hecha, se dirigió a casa de Juan. Carmen le alcanzó una bolsa con empanadillas calientes:
—A Juan le encantan mis empanadillas, dice que no ha probado mejores.
—¿Viene por aquí? —preguntó Ana, sorprendida.
—¡Es invitado en todas las casas! Vacunar una vaca, curar un lechón—nunca dice que no. ¡Un alma generosa! Aunque se ríen de sus gatos, lo respetan.
La casa de Juan estaba al final de la calle. Sólida, pero el huerto estaba lleno de maleza—claramente, el dueño no le daba importancia. Sin embargo, el patio estaba ordenado: gallinas cacareando, leña apilada para dos inviernos. Un coche cubierto de polvo sugería que Juan rara vez lo usaba.
En el porche se soleaban varios gatos—¿tres o cuatro? Una, al ver a Ana, se escabulló dentro; las demás la observaban con cautela. Ana se detuvo, pero la puerta se abrió y Juan salió, sonriente:
—¡Pensé que no vendría! Pero Minina llegó corriendo, maullando—¡una visita, recíbela! —De entre sus pies asomó la gata fugitiva—. Pase, tomaremos algo.
Juan disfrutó de las empanadillas, alabó la mermelada y ofreció a Ana dulces y galletas. Mientras tomaban el té, una quincena de gatos los observaba desde estantes a lo largo de las paredes. Para sorpresa de Ana, no había gatitos ni el olor que temía.
—Los esterilizo —explicó Juan—. Así no marcan territorio y tampoco se preocupan por criar. La gente del pueblo también trae los suyos. Para hacer sus necesidades salen, incluso en invierno. Abro la puerta y salen corriendo, en cinco minutos vuelven. Solo Michín… —Levantó al gato gris con pañal, que miró a Ana con ojos confiados.
Ella lo tomó en brazos y el animal se acurrucó contra ella.
—¿Están todos? —preguntó.
—Manuela la cazadora aún no ha vuelto —contestó Juan, echando un vistazo.
—¿Hace mucho que tiene tantos? —preguntó Ana sin darse cuenta de que ya lo trataba de tú.
—Tres años —reflexionó él—. Antes no les hacía caso. Tenía a Michín, cazaba ratones, dormía junto a la chimenea. Un invierno no regresó. Hacía mucho frío. Pensé que se había quedado cerca de una tubería. Por la maA la mañana siguiente lo encontré junto a la valla, con la columna rota, pero aún arrastrándose—las gatas callejeras, tiritando de frío, lo habían acurrucado entre ellas para darle calor.






