Cuando las manos recuerdan la vida

**Cuando las manos recuerdan la vida**

En la sala de residentes reinaba un silencio poco habitual, cargado de tensión. La matrona jefa, Carmen Ruiz, estaba sentada con los ojos enrojecidos, mirando fijamente una taza vacía. Varias tazas de café frío se amontonaban sin orden, como abandonadas en medio del caos.

Pero lo peor no era eso. Era la mesa. Aquella mesa que siempre brillaba por su perfecto orden—carpetas alineadas, bolígrafos, clips, todo en su sitio. La mesa del hombre que era una leyenda, el doctor Emilio Gómez, al que todos llamaban “Tío Emilio”. Hoy era irreconocible. Su escritorio estaba cubierto de papeles pisoteados, historias clínicas garabateadas, mascarillas arrugadas, envoltorios de medicamentos, vasos de plástico…

Él permanecía sentado, la cabeza gacha, la mirada perdida. Sus manos temblaban—esas mismas manos que durante años habían hecho milagros en el quirófano. Grandes, fuertes, con dedos cortos, nada elegantes, pero mágicas. Con ellas había salvado a madres y bebés cuando ya no había esperanza. Nunca—jamás—había visto yo temblar esas manos.

—Llegó una queja—susurró Carmen, acercándose a mi oído—. Alguien importante, de arriba. Los jefes gritaron: “Es un jubilado, ¿hasta cuándo?”. Se acabó—su voz se quebró—. Le dijeron: “A la jubilación”.

…Hace más de veinte años.

Yo acababa de terminar la residencia. Estaba de guardia con Javier, mi compañero de promoción. Un parto complicado, quinto embarazo, el bebé en posición transversal, el tiempo corriendo. Buscaba la cabecita, pero estaba desplazada, apenas la alcanzaba. Javier sostenía el vientre, intentando estabilizarlo. Ambos empapados en sudor, las manos resbaladizas, el corazón en la garganta…

Y entonces entró él—Tío Emilio. Sin prisa, se puso los guantes. Con un movimiento preciso, como un director que encuentra la nota exacta, palpó a través de la bolsa amniótica, encontró los piececitos del bebé y, con un solo pujo, lo sacó. En el segundo, ya tenía a la recién nacida en sus brazos. Una niña. Lloró al instante. Viva.

—Podría haber sido una ruptura—dijo en voz baja—. La responsabilidad habría sido mía. La obstetricia no es heroísmo. Es conocimiento. Lean, jóvenes.

Y leímos. No había internet entonces. Pero estaba la mesa de Tío Emilio. Y debajo, esos libros que no se encontraban ni en bibliotecas ni en tiendas.

…Quince años atrás.

Noche. Parto prematuro, hemorragia masiva. No pudimos salvar al bebé… La madre al borde, yo en pánico. Temblando, encendía un cigarrillo en la sala de descanso. Tío Emilio se acercó, me lo quitó en silencio, tiró mi café frío al fregadero y me tendió su termo.

—Es una infusión. Con miel de La Alcarria. Una paciente me la trae cada año. Bebe despacio. Y trata de dormir. Acostúmbrate. Así es esto. Si te desgarras el alma en cada caso, no llegarás a la próxima guardia.

Me acosté. Me cubrió con una manta, apagó la luz y cerró la puerta sin hacer ruido.

…Diez años después.

Ya era yo la médica jefa de guardia. Tío Emilio se había quedado hasta tarde, terminando un informe, y vino a despedirse. En la sala de partos, pujos débiles, la cabecita alta. De pronto, bradicardia. El bebé se moría. No daba tiempo al quirófano. La solución: fórceps altos.

Administré la anestesia, pero las cuchillas no encajaban. Mi mente en blanco, las manos heladas. Y entonces, detrás de mí, una voz serena:

—Pasa. Retrocede un momento…

¿Cuándo se había lavado y cambiado? Me apartó con suavidad, ajustó las cuchillas con sus manos. Listo. Seguí yo. Él solo permaneció allí, apoyándome. Luego dijo:

—Me voy. Otra vez se me hizo tarde. Hasta mañana.

…Tres años atrás.

—¿Ves esta rosa?—dijo, ajustándose las gafas—. Estaba mustia, ahora mide un metro. ¡Y ese color! Amarillo pálido, con bordes anaranjados. ¿Has visto cómo puede florecer la vida?

Estábamos en su casa de campo, su pequeño paraíso. Donde los cerezos daban fruto por tercer año. Donde él hacía empanadillas de cereza, con una masa tan fina que solo sus manos podían darle forma.

—Lástima que te vayas. Mis nietos vienen dos meses. Y tú…—me miró, sin rastro de dolor ni resentimiento—. Claro que echo de menos. Pero ahora duermo. ¿Te imaginas? Como una persona normal. Al principio despertaba asustado, creyendo oír el teléfono. Luego no podía dormir porque ya no sabía cómo. Pero ahora… ahora vivo. Respiro. Y quizá, por primera vez, entiendo lo que es ser solo un hombre. No un médico. Solo un abuelo. Con sus rosas. Sus nietos. Su hogar.

Calló, se levantó. Al pasar junto al rosal, arrancó una hoja amarilla con dos dedos. Un solo gesto. La rosa ni se inmutó. El sol acarició sus pétalos. Y quedó claro: sus manos aún recordaban cómo salvar. Solo que ahora salvaban el silencio. El jardín. La vida.

*A veces, las manos que curan deben aprender a soltar. Pero nunca olvidan.*

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