Regreso a Uno Mismo

**El Regreso a Sí Misma**

Aquel atardecer, supo que su marido le mentía. No por su tono, ni por sus palabras, sino por su silencio. Javier siempre supo callar con dignidad: con pausas largas, con la mirada desviada, con una leve sombra de cansancio en el rostro. Ese silencio podía confundirse con reflexión, con profundidad. Pero esta vez era distinto: frágil, afilado, como una máscara bajo la que latía algo vivo y torpe, incapaz de esconderse.

—Otra vez me entretuve— dijo él, sin mirarla a los ojos, y su voz tropezó contra un muro invisible.

—¿Dónde estabas?— preguntó ella en voz baja, casi un susurro. No había reproche ni sospecha en sus palabras, solo un roce ligero contra algo que llevaba tiempo arañándola por dentro.

—En el trabajo. Con Ricardo. Estuvimos revisando el proyecto. Ya lo sabes.

Ella lo sabía. Pero también sabía otra cosa: Ricardo se había ido a Málaga con su familia. Había visto sus historias, escuchado su risa en los mensajes de voz. No insistió. No discutió. Todo era claro como el agua.

—Claro— respondió ella, guardando la taza. El gesto fue demasiado suave, automático, como el de alguien que acaba de ver más de lo que deseaba.

Más tarde, se acostaron como siempre, espalda contra espalda. Él se durmió rápido, incluso roncó, como si nada hubiera cambiado. Ella permaneció despierta, mirando la oscuridad, mientras sentía crecer en su pecho un nudo. No era celos ni miedo, sino un nuevo y pesado entendimiento, lento y espeso, como una gota a punto de caer. No era una revelación repentina, sino una aceptación callada de lo inevitable. Como si alguien dentro de ella le susurrara: «Ahí está. Ahora lo sabes».

Al día siguiente, compró un billete a Sevilla. Sin planes, sin razón. Le dijo a Javier que visitaría a su hermana. Él asintió con rapidez, con un alivio que no logró disimular. Su ausencia no le preocupó, y eso solo reforzó su decisión.

Sevilla la recibió con un viento frío y el olor del asfalto mojado. La ciudad parecía dormida, como si no quisiera despertar. Alquiló una habitación a una mujer mayor, de ojos cansados y voz desgastada por los años. Desde la ventana se veían árboles desnudos y una pared desconchada donde alguien había garabateado: «Vive mientras el corazón late».

Tres días vagó por las calles. Sin llamadas, sin mensajes. El teléfono, en silencio, parecía un objeto inútil del que ya no deseaba ocuparse. Bebió café en pequeñas cafeterías que olían a vainilla y a soledad, esa clase de soledad cálida que acoge en lugar de herir. Observó a la gente: quienes corrían, reían, cargaban bolsas, esperaban a alguien. En cada rostro veía un reflejo de sí misma, de aquella mujer que había sido antes, con ojos brillantes, corazón abierto y fe en el mañana.

Al cuarto día, despertó con una ligereza extraña, como si hubiera mudado de piel. Su cuerpo estaba liviano, como si hubiera descansado no solo una noche, sino años enteros. Salió a la calle con un vaso de café en la mano. La mañana era tranquila, sin promesas, pero llena de vida. Y entonces lo comprendió: no tenía que volver. No tenía que ser quien esperaban que fuese, quien debía encajar. Solo podía ser ella misma.

Podía ir más lejos. No a París ni a Tokio, sino a Zaragoza, a Bilbao, a Valencia. A ciudades donde nadie conociera su nombre ni hiciera preguntas. Seguir adelante hasta que el pasado se desvaneciera. Hasta que no quedara nada más que ella, libre de roles, de “esposa”, de “hermana”, de máscaras y expectativas ajenas. Solo una mujer, viva, con sus errores, miedos y sueños.

En la estación, compró un billete a Madrid. Luego, a Barcelona. Y después, vería. Durmió en los trenes, apoyando la frente contra el cristal frío. Comió empanadas en las estaciones, bebió café en vasos de plástico. Escribió en una libreta: pensamientos, frases, recuerdos rotos. Leyó a Neruda, a García Lorca, subrayando versos que le golpeaban el alma. A veces lloró. A veces rio. A veces solo miró por la ventana, y con cada estación sintió que se desprendía de lo innecesario, quedando solo lo esencial: ella misma.

Pasaron cuarenta y dos días.

Regresó a Barcelona a principios de abril. Al piso donde olía a polvo y pasado olvidado, como en un viejo museo. Todo estaba en su lugar, pero descolorido: las cortinas, los platos, los libros en la estantería. Javier seguía en la cocina, como si no se hubiera movido. La misma mirada, las mismas pausas, las mismas sombras en los ojos, como si el tiempo allí se hubiera detenido.

—¿Dónde estabas?— preguntó él, con esa inseguridad tras la que siempre se escondía la mentira.

—Buscándome— respondió ella—. Y creo que me encontré.

Él calló. Sus manos, apoyadas en la mesa, se tensaron. Pero ella no esperó respuesta. No esperaba nada.

Esa noche, hizo la maleta. Sin prisa, con calma. Solo llevó ropa, libros y un álbum de fotos viejo. Lo demás no era suyo: ni los platos, ni las cortinas, ni los rencores, ni la culpa. Todo eso se quedó atrás.

No se fue de él. Se fue hacia sí misma. Hacia el lugar donde podía respirar, donde su voz no temblaba. Donde, al fin, era ella.

Después vino un trabajo nuevo, sencillo pero suyo. Con metas claras, con personas que valoraban su esfuerzo, con la certeza de que era necesaria. Un pequeño apartamento con ventanas a un patio antiguo, donde los pájaros cantaban al amanecer y el atardecer se reflejaba en los cristales, como si ardiera solo para ella.

Su voz se hizo firme, porque ya no tenía que esconderla. Su risa sonaba sincera, no por cortesía, sino porque brotaba de verdad. A veces soñaba con él. Con las mismas paredes, con la misma cocina. Pero hasta en los sueños guardaba silencio de otra manera: sin miedo, sin cansancio. Con paz, como alguien que ya no debe explicar nada.

Porque el silencio ya no vivía bajo su piel. Ahora habitaba dentro, como un hogar: cálido, luminoso, con las ventanas abiertas.

Y no había sido una huida. Había sido un regreso.

Había sido el comienzo.

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