Cuando Dios llama sin avisar
Ocurrió una tarde fría de invierno en un pueblecito cerca de Toledo. Mi marido se había ido al turno de noche, y yo me quedé en casa con nuestro hijo de dos años, Adrián. El niño no quería dormirse, retozaba en la cuna y me pedía jugar un poco más. Cansada de insistir, cedí: «Vale, cinco minutitos». Salí a la cocina, solo para prepararme un té.
No había llegado ni a coger la taza cuando, tras la pared, estalló un llanto aterrorizado. Corrí como un rayo a la habitación. Adrián estaba en medio de la habitación, temblando, con toses que le sacudían el cuerpecito.
—¿Qué pasa, mi vida? ¿Dónde te duele? —Me arrodillé frente a él, abrazándolo con el corazón en un puño. No respondía, solo lloraba con más fuerza, y la tos sonaba cada vez peor.
De pronto, un pensamiento me heló la sangre: ¡habrá tragado algo! Intenté abrirle la boca, pero apretaba los dientes con fuerza, imposible. No sabía qué hacer. Solo tenía veinte años, casi una niña yo misma. Las manos me temblaban, el corazón parecía salírseme del pecho. Le rogaba, le chillaba… Nada. Adrián se ahogaba. Jadeaba como un pez fuera del agua.
Corrí al teléfono. Marcqué el 112. Nada. Ni tono, ni ruido… Solo silencio. Lo intenté una y otra vez, pero la línea estaba muerta. No teníamos móviles, con el sueldo de mi marido y la ayuda familiar, apenas llegábamos a fin de mes. Me arrodillé, abracé a mi hijo y lloré como nunca. Era como si el cielo se desgarrara dentro de mí. Solo una frase daba vueltas en mi cabeza: «Dios mío, por favor…».
No era atea, pero tampoco podía llamarme devota. Había ido a misa una vez en la vida, con mi abuela. No sabía rezar. Pero aquella noche hablé con Dios, sencillo, como se habla con un amigo. Le supliqué que alguien salvara a mi niño.
Y entonces… llamaron a la puerta.
Salí como un cohete. En el fondo, esperaba que fuera mi marido, que hubiera vuelto. Pero allí había un hombre desconocido, de unos treinta y cinco años. Iba a hablar, pero al verme, se quedó petrificado.
—¿Qué ocurre? —preguntó, mirándome con preocupación.
Como en trance, le solté todo sin filtros, sin siquiera invitarlo a pasar. Él escuchó en silencio, luego me apartó con suavidad y entró en la habitación. Yo me quedé clavada, sin poder moverme, mientras él se agachaba frente a Adrián, le hablaba despacio… Y ocurrió el milagro. Mi hijo se calmó, la respiración se le fue relajando, la tos cesó. El hombre se volvió hacia mí, abrió la mano y me mostró un objeto diminuto:
—Una canica.
Lo supe al instante. La semana antes, se me había roto el collar de azabache. Recogí casi todas las cuentas… casi. Una, al parecer, había ido a parar a manos de mi hijo.
El hombre se llamaba Luis. Era médico de urgencias pediátricas. Aquella noche, su coche se le averió justo frente a nuestro portal. Sin móvil a mano, decidió llamar desde la primera casa que encontrara. Por entonces no había portero automático, los portales estaban abiertos, y nuestro piso era el más cercano a la escalera.
Y no, aquella noche no logró hacer su llamada: más tarde supimos que una avería había dejado sin teléfono a todo el barrio. Pero cuando Luis, tras un café que costó que aceptara, salió a su coche… el motor arrancó a la primera. Sin explicación.
Desde entonces, sé que no fue casualidad. Fue una respuesta. Una ayuda enviada desde arriba. Ahora voy a misa, enciendo velas por la salud del buen Luis, y cada vez que miro a mi hijo, recuerdo que Dios entró en nuestra casa aquel día… sin trompetas, sin rayos, solo llamando a la puerta.







