La carretera que nunca recorrimos juntos
Lucía y Miguel Ángel soñaban con una cosa: un coche. No solo un pedazo de metal con ruedas, sino un billete hacia la libertad que imaginaban desde el día de su boda. Casi treinta años de trabajo, la huerta, trabajos temporales, renuncias a pequeños caprichos—todo por un sueño: comprar un coche y viajar juntos. Sin horarios, sin prisas, solo ellos y la carretera.
Y lo lograron. Un «Seat León» plateado apareció en el viejo garaje al lado del fiel «Seat 600», que les había servido durante décadas. Miguel Ángel paseaba alrededor del coche como un niño con un regalo. Acariciaba el capó, miraba dentro, mientras Lucía ya imaginaba cómo cruzarían puentes desconocidos, dormirían en campings, tomarían café en gasolineras y contemplarían atardeceres en ciudades nuevas.
El plan estaba listo desde hacía tiempo. Todo cuidadosamente organizado: la ruta, los alojamientos, los lugares para comer, las listas de lo imprescindible. Miguel Ángel se encargaba de la conducción y la parte técnica. Había estudiado el mapa, anotado las coordenadas de campings y gasolineras, calculado distancias y preparado un horario de paradas. Lucía se ocupaba del ambiente, la comida y los recuerdos. En su cuaderno figuraba cada restaurante de cocina local, cada monumento, cada rincón fotográfico. No se lo contaron a nadie—era su historia, íntima y personal.
El verano tocaba a su fin. Quedaban los últimos quehaceres en la huerta. Era septiembre, y el viento fresco anunciaba el otoño. Partieron hacia la ciudad—veinte kilómetros hasta su piso. El sol caía, Lucía miraba por la ventana y Miguel Ángel tarareaba algo. Todo parecía perfecto.
Hasta que, en un instante, todo se truncó.
Él frenó bruscamente, se aferró al volante, su cuerpo se inclinó hacia adelante—y quedó inmóvil. El coche se detuvo en medio de la carretera. Lucía sintió el tirón del cinturón y no entendió al principio. Luego, los gritos, el pánico. Miguel Ángel no respondía. Solo estaba desplomado con la cabeza sobre el volante.
Lucía llamó a la ambulancia, intentó reanimarlo. Los médicos llegaron rápido, pero… ya no respiraba.
El corazón. Tan rápido. El cinturón aún olía a su colonia, pero él ya no estaba.
Llegaron los trámites: la policía, su hija con su marido, lágrimas, preguntas. Pero Lucía no escuchaba. Seguía sentada en el coche, donde tan solo unos minutos antes soñaban. Lo vieron llevárselo. Y no derramó ni una lágrima. Se quedó vacía.
Pasaron nueve días. Luego cuarenta. Luego tres meses.
Su hija venía, traía comida, limpiaba. Intentaba que su madre hablara. En vano. Lucía parecía haberse refugiado dentro de sí misma. Caminaba por el piso de forma mecánica, cocinaba sopas, pero su alma estaba congelada.
Hasta que un día, su hija, como al azar, preguntó:
—Mamá, ¿de quién es ese coche plateado?
—Miguel Ángel lo… —empezó Lucía, y entonces un torrente de recuerdos la golpeó. Imágenes de él eligiendo el color, feliz, anotando direcciones de gasolineras… Y entonces lloró. Por primera vez de verdad. Sin reprimirse, con desgarro. Tanto que su hija se asustó. Lloró todo el día y casi toda la noche. Y después se durmió. Al despertar, lo supo: debía seguir viviendo. Por él.
En primavera, volvió a la huerta. Abrió la mochila de Miguel Ángel, que seguía intacta, y encontró una carpeta azul. Su ruta. Su letra. Sus anotaciones: «aquí tomaremos café», «aquí querrás una foto».
Cerró la carpeta. Las lágrimas asomaron, la rabia bullía. «¿Qué coño de sueño?», quiso gritar. Quería tirarla. Pero no pudo. La guardó en su bolso.
Ahora iba a la huerta en cercanías. Su yerno se quedó con el coche—prometió llevarla, pero luego se lió. No le guardaba rencor. Le daba igual. Ya no lo necesitaba.
Pero por las noches abría la carpeta. Al principio, a escondidas. Luego, con frecuencia. Leía, recordaba. Él parecía estar ahí, susurrándole: «Vamos, Luci».
Y una noche, tomó la decisión. De vuelta en la ciudad, se apuntó a un curso. No uno cualquiera—de conducción extrema. El instructor, un chaval de veinticinco años, al principio se rio. Pero Lucía no se rindió. Aprendió, practicó, agarraba el volante con fuerza, como si de él dependiera su vida.
Consiguió el carné. Uno de verdad. Con la distinción. Orgullosa.
Entonces fue a casa de su hija. Con calma. Con firmeza.
—Carla, baja, por favor. Con las llaves. Y con los papeles.
Las cogió, se acercó al coche. Lo acarició. Se sentó. Arrancó.
Y se puso en marcha. Sin decir nada. Tres días después, ya estaba en el extranjero—en el país donde empezaba su ruta.
Y luego siguió adelante.
Hablaría con su hija después. Lo entendería. Era su sueño, el de Miguel Ángel y ella. Y ahora era su camino. Un camino sin él. Pero, aun así, juntos.







