Había transcurrido apenas medio año desde que Nicolás Pérez perdiera a su esposa. Con ella se había ido el último soporte de su vida. Seguía yendo al trabajo —no por necesidad, sino para conservar al menos un atisbo de sentido—. Era su salvación, su pilar. En la rutina de los días encontraba consuelo, aunque pasajero. Las tardes las pasaba cada vez más vagando por las calles de Madrid, sin ganas de regresar a ese piso vacío, frío. Sin su mujer, la casa se había convertido en una caja de silencio, donde el eco de sus pasos resonaba más fuerte que la quietud.
Sus hijos —Alba y Javier— lo visitaban poco. Cada vez menos. Hasta que casi dejaron de hacerlo. Parecía que con la marcha de su madre, se había esfumado también el último hilo que unía aquella familia. Nicolás temía a la soledad, pero más aún a convertirse en un estorbo para sus propios hijos.
A menudo se sorprendía buscando rostros conocidos entre los transeúntes. Mirando fijamente, esperando que alguien se detuviera, que lo saludara, que lo abrazara. Pero la gente pasaba de largo. Y el dolor en el pecho crecía —si no era por enfermedad, era por el vacío—.
Hasta que llegó ella: Alba, su hija. No llegó con cariño ni calor, sino con cálculo en la mirada. Sus visitas eran breves, secas, y siempre giraban en torno a lo mismo: el piso. Esta vez no dio rodeos.
—Papá, ¿cuánto más? Vives solo en un piso de cuatro habitaciones. Es absurdo. Véndelo, cómprate algo pequeño. Dame el dinero —tengo una hipoteca, los niños necesitan su espacio.
Calló. Las manos le temblaban. Las palabras se atascaban en su garganta.
—Alba, sabes que este es el hogar de tu madre y mío. No puedo simplemente… —no terminó la frase.
Su hija se levantó de golpe.
—Ya has vivido lo tuyo, papá. Piensa en nosotros al menos una vez —su voz temblaba de irritación.
—¿Y tú piensas volver a verme? —preguntó él, casi en un susurro.
Ya estaba en la puerta. Se dio la vuelta y soltó:
—Cuando ya no estés.
El portazo retumbó en el piso como un disparo. Nicolás permaneció sentado, inmóvil. Luego, con esfuerzo, marcó el número de su hijo.
—Javier, habla conmigo. Ella vino… otra vez por el piso… No quiero venderlo —su voz quebraba.
Al otro lado, un suspiro.
—Padre, ¿qué esperas? Estás solo, el piso es enorme. Yo tampoco diría que no a algo de ayuda. El coche está viejo, quiero cambiarlo. Véndelo, no seas egoísta.
—¿Y cuándo vendrás? —insistió él, con un hilo de esperanza.
—Si vendes el piso, iré.
No terminó de escuchar. Colgó. Se puso el abrigo y salió. Una peso enorme le oprimía el pecho. El aire parecía espeso. Caminó sin rumbo hasta encontrar un banco vacío junto al estanque del Retiro. Se sentó. Inclinó la cabeza. El corazón latía lento, con esfuerzo. Y luego… simplemente se detuvo.
Nicolás Pérez murió solo. Entre árboles, bajo un cielo plomizo, con el móvil en el bolsillo. Nadie lo esperaba. Nadie lo buscaba. Nadie lo amaba. Su corazón no aguantó la indiferencia. No lo querían como padre, ni como hombre. Solo como dueño de un piso.
Y al día siguiente, la puerta volvió a sonar. Alba entró —con llaves en la mano—. Sus ojos no tenían lágrimas, solo números. Y Javier, con un coche nuevo aparcado abajo. El piso olía a polvo y soledad. Sobre la mesa, una foto vieja. Todos juntos. Con mamá. Con papá. Felices. En otro tiempo.
Pero la felicidad, como el amor, se marcha. Cuando se mide en metros y ladrillos.






