Alejandro se casó con una mujer con pasado. Lucía ya había estado casada y tenía una hija de su primer matrimonio, Carmen. Cuando mi hijo nos las presentó, miré a la niña con recelo. Pero esa mirada desapareció en cuanto Carmen se abrazó a mí con un tímido “hola”. Manitas pequeñas, ojos grandes, tanta inocencia… ¿quién podría resistirse?
Pasaron los años. Alejandro crió a Carmen como suya, sin diferencias ni excusas. La llevaba al colegio, le ayudaba con los deberes, jugaba con muñecas, construían castillos, y cuando enfermaba, no se movía su lado. Él era su mundo. Y yo también formaba parte de ese mundo. La recogía del colegio, la cuidaba cuando Lucía y Alejandro querían pasar la noche solos. Le daba regalos, la llamaba nieta, igual que a los otros hijos de Alejandro, aunque Carmen no lo fuera por sangre. Pero ¿acaso el amor necesita de eso?
Con Lucía teníamos una relación cordial. Sin mucha intimidad, pero sin peleas. Les ayudaba en lo que podía: con dinero, consejos o tiempo. El padre biológico de la niña desapareció tras el divorcio, enviando solo una limosna de pensión. Sin cariño, sin presencia… como si Carmen no fuera más que un error del pasado.
Y de pronto, la niña creció. Sin darme cuenta. Parecía que fue ayer cuando le trenzaba el pelo, y ahora ya se casaba. Sin embargo, ni a Alejandro ni a mí nos invitaron. Ni a la ceremonia, ni a la cena, ni a un simple “gracias”. Lucía dijo que “era una celebración familiar” y que “lo harían en círculo íntimo”. Un círculo donde no cabíamos ni su padre de corazón ni yo, su abuela en todo menos en el nombre.
¿Y quién creen que estuvo en la boda? El padre biológico. El que solo apareció un par de veces en su infancia. El que no dio ni un euro más de lo obligatorio, el que ni siquiera fue a su graduación. Él fue el “invitado de honor”. ¿Y Alejandro? Se quedó en casa. Lo vi fingir que no le importaba, sonreírle a Lucía y decir “no pasa nada”. Pero yo, su madre, sabía cómo le dolía. Aun así, no les reprochó nada. Guardó silencio. Porque la quería.
Y entonces llegó lo que colmó mi paciencia.
Heredé un piso de una prima mía. Pequeño, pero en un buen barrio. Lo alquilé para complementar mi pensión. Un día, Lucía llamó. Carmen y su marido buscaban casa, ¿podría regalarles el piso? Ni alquilarlo, ni prestarlo… sino “entregárselo”. Así, como quien no quiere la cosa. Como si fuera un derecho.
No pude contenerme:
—¿Y qué soy yo, Lucía? Para la boda no fui familia, pero para el piso, ahora sí.
Se turbó, balbuceó excusas: “fue un malentendido”, “todos se ofendieron”. Pero ahora, claro, era el momento de ayudar.
Pero no puedo. No quiero. No voy a echar a inquilinos honrados, perder mi sustento y regalarle algo a quien solo me recuerda cuando le conviene.
Sí, quizá parezca mezquino. Algunos dirán: “son tonterías, ya es mayor, tiene su vida”. Pero la vida debe llevar algo de memoria. Algo de gratitud. Aunque sea un poco.
No estoy enfadada. Estoy dolida. Por mi hijo, que dio su alma, su corazón, años de su vida a una niña que luego lo borró de su día más importante. Por mí, por creer en algo que nunca existió. Porque en mi casa me llamaba “abuela”, y luego olvidó cómo se pronuncia mi nombre.
Ahora lo sé: no fuimos su familia. Ni Alejandro ni yo. Familia son los que aparecen en la lista de invitados. Los demás… solo importan cuando hay algo que ganar.
Y saben qué… no guardo rencor. Pero tampoco volveré a regalar mi corazón.
Porque el amor que no se valora, al final, deja de ser amor.







