**La Fiesta que Nadie Esperaba**
El viejo piso en las afueras de Zaragoza olía a desastre, aunque intentaran disimularlo con aires de celebración. Nada más subir las escaleras, Ana percibió el humo picante y los charcos de agua jabonosa que bajaban como si alguien hubiera inundado el portal. Al abrir la puerta, dejó sobre la mesita el ramo que le habían regalado en la oficina, se quitó los zapatos gastados y se puso las zapatillas, lamentando no haber elegido unas botas de agua: el suelo parecía el escenario de una riada. Desde el fondo del piso llegaban los alaridos desesperados del gato mezclados con bufidos, ronroneos y un tufo a quemado.
—¡José Luis, qué demonios pasa aquí! —gritó Ana, sintiendo cómo el corazón se le encogía por el mal presentimiento.
José Luis apareció al instante: en calzoncillos, descalzo, con la cara llena de hollín y arañazos, un moratón bajo el ojo y una toalla enrollada en la cabeza como si fuera un rey moro derrotado.
—¿Ya estás en casa, Ani? —murmuró, bajando la vista—. Pensé que la cena de empresa, siendo tú la jefa, duraría hasta tarde…
Ana se dejó caer en una silla, cruzando los brazos.
—Cuéntamelo todo, desastre. ¿Qué has hecho esta vez?
—Cariño, no te preocupes —empezó él, pero la voz le temblaba.
—Me preocupé en los noventa cuando los matones venían a cobrarnos las deudas —cortó ella—. Me estresé cuando vinieron las crisis y casi perdemos el negocio. Después de eso, nada me importa. Habla. ¿Qué ha pasado aquí?
José Luis suspiró como si fuera su última respiración.
—Quería hacerte un regalo especial. Un día diferente. Limpiar, lavar la ropa, preparar la cena. Pedí el día libre, fui al mercado y compré cordero. Pero luego todo se torció.
—¿Cordero? —preguntó Ana, intuyendo un nuevo desastre.
—No, la lavadora —confesó—. Metí la ropa, puse el cordero al horno y empecé a limpiar. Y entonces el gato…
—¿Está vivo? —Ana se levantó de un salto, los ojos encendidos.
—¡Sí, sí! —se apresuró él—. Solo está mojado. Lo juro, cuando encendí la lavadora no estaba dentro. Y de repente… pues, apareció ahí.
—¿Cómo? —Ana cerró los puños—. ¿Cómo pudo meterse en la lavadora cerrada?
—No lo sé —José Luis abrió las manos—. Se coló, supongo.
Ana cerró los ojos, conteniendo las ganas de estrangularlo.
—Sigue, Sherlock. Y muéstrame al gato. Quiero asegurarme de que está bien.
—Eh… Ani, está ahí —vaciló—. Hay que ir a verlo.
—¿Tiene todas sus patas? —la voz de Ana se volvió gélida.
José Luis se frotó la cara llena de arañazos.
—¡Claro! Solo que… temporalmente inmovilizadas. Por seguridad.
—Vale, sigue —exhaló Ana, preparándose para lo peor.
—Bueno, mientras el gato… eh, se lavaba, olí a quemado. Fui a la cocina, abrí el horno y… ¡un infierno! Me quemé los dedos, el cordero ardiendo. Eché aceite para apagarlo y ¡pum!, salió una llamarada. Se me prendió el pelo, el humo era tremendo, intenté apagarlo. Y entonces el gato chilló. Lo vi a través del cristal de la lavadora. Obvio, no estaba cómodo. La apagué, pero no abría. El gato gritaba, la cocina ardía, me dolía la cara, el pelo humeaba. Agarré una palanca y, bueno… la lavadora gotea, pero el gato salió. Mientras apagaba el fuego, el muy demonio corrió por el piso como loco, rompió los jarrones, arañó el papel pintado, tiró las cortinas, derramó el vino que guardaba para la cena. Los vecinos golpeaban los radiadores, amenazando con castrarnos. No sé si al gato o a mí. ¡Pero todo bajo control, tranquila!
Ana se secó unas lágrimas —no sabía si de risa o de horror— y entró en el salón. El caos era épico: jarrones rotos, charcos, papel arrancado, olor a quemado. En el radiador, atado de las patas, colgaba el gato Duque, con la cara envuelta en una bufanda vieja. Vivo, pero en shock. Ana miró a su marido y entrecerró los ojos.
—Explícate.
—Verás, no quería quedarse quieto —balbuceó—. Estaba mojado y temía que no se secara para cuando llegaras. No me dejó escurrirlo, así que lo até. Y le tapé la cara para que no chillara… los vecinos ya hablaban de llamar a la policía o a un exorcista.
Ana lo soltó, lo secó con la toalla de la cabeza de José Luis y le liberó el hocico. Duque bufó, pero se acurrucó contra ella.
—Eres un canalla, José Luis —dijo en voz baja—. Podría haberse asfixiado. Aunque después de la lavadora, igual que yo, ya nada le asusta.
Se sentó en el sofá, abrazando al gato, y miró a su marido.
—¿Y bien?
—¿Qué? —José Luis agachó la cabeza—. ¿Me ahorco ahora o espero?
—Felicítame, torpe —suspiró Ana—. Es el Día de la Mujer.
José Luis se iluminó, corrió a la habitación y volvió escondiendo algo tras la espalda. Arrodillándose, declaró con solemnidad:
—Ani, luz de mi vida. Treinta años juntos y sigues igual: hermosa, fuerte, paciente. La mejor esposa, madre y abuela. ¡Feliz Día de la Mujer! Que nunca dejes de brillar como hoy.
Le entregó una cajita con un anillo de oro y un ramo de rosas —arrugado, deshojado, pero aún con vida.
—Eran preciosas, en serio —añadió avergonzado—. Pero Duque… no las respetó. No te enfades, Ani. Solo quería sorprenderte.
Ana atrajo su cabeza hacia sus rodillas, inhalando el aroma de las flores, que aún olían bien pese a todo.
—Y vaya sorpresa, calamidad. No experimentes más, ¿vale? Con las flores basta. Otro día así y el piso se derrumba. Los vecinos están a punto de llamar a una bruja. Y seguro que su marido también le hace estas faenas.
Juntos, con Duque entre ellos, se pusieron a salvar lo que quedaba del piso, aplacar a los vecinos y deshacer el caos de aquella “fiesta”. Ana, curtida por años dirigiendo la empresa, sabía que lo importante era que su marido y su gato estaban vivos. Lo demás… eran tonterías.





