De regreso al hogar

**El Regreso a Casa**

El viejo caserío en las afueras de Aranjales, perdido entre los bosques de la sierra, olía a polvo y esperanza. Clara, sacudida por los baches del destartalado autobús, sentía el estómago revuelto. El polvo le cerraba la garganta y el corazón le pesaba de tristeza. ¿Por qué había tomado esta decisión? Vivir sola en aquella casa de pueblo, además en su estado, parecía una locura. Pero no había vuelta atrás.

Clara llevaba tres años enferma. En su última visita al médico, una débil esperanza le rozó el alma: el tratamiento funcionaba, pero nadie sabía por cuánto tiempo. “Con su diagnóstico, todo es impredecible”, le dijo el doctor con frialdad. Clara no discutió. La vida hacía tiempo que había perdido su sabor. Con su marido, Javier, compartían techo pero eran extraños. Cuando la enfermedad la arrasó, él se distanció aún más, como si ya buscara reemplazo para no quedarse solo. El amor había muerto años atrás, y Clara lo aceptó.

Pero ayer ocurrió algo que lo cambió todo. Al volver del hospital, exhausta, arrastrando los pies, encontró su modesto piso convertido en una taberna. Javier, celebrando el inicio de sus vacaciones, había invitado a toda su cuadrilla. Humo de cigarrillo, palabrotas y olor a alcohol inundaban cada rincón. Clara escapó al parque, vagó horas bajo los árboles, pero al regresar solo halló basura, botellas vacías y los ronquidos de su marido. Por la noche, al despertarse, él buscó otra copa de brandy. Clara intentó hablar, pero solo recibió groserías:

—¡El piso es mío, ¿entendido?! La fábrica me lo dio. Bebo si quiero, y festejo si me apetece. ¡Aquí tú no mandas!

“¿Quién soy aquí?”, pensó Clara, tragando lágrimas. Su trabajo humilde y mal pagado no valía la pena. “Mañana lo dejo y me voy”, decidió. “Al pueblo, a la casa de mi madre. Al menos viviré mis días en paz, sin gritos ni borracheras”.

La casa la recibió con aroma a madera añeja y hierbas secas. Un dolor dulce le apretó el pecho al recordar. Tras la muerte de su madre, solo había vuelto una vez, para el funeral. Pero la casa estaba cuidada —los vecinos la habían vigilado—. La llave, como en su infancia, seguía bajo la baldosa del porche. El cerrojo chirrió, pero cedió. Clara entró, respiró el aire polvoriento y susurró:

—Hola, casa.

Las tablas del suelo crujieron, como saludándola. Abrió las contraventanas, dejando entrar el sol, y, tras cambiarse, fue al pozo por agua. Allí la esperaba su vecina Martina.

—¿Clarita? ¿Eres tú? —exclamó la mujer, abriendo los brazos—. ¡Has vuelto! Mi Antonio cuidó de la casa, no fue en vano. Bien hecha, la decisión. Ven esta noche, cenaremos juntas.

Clara limpió ventanas, desempolvó muebles y fregó el suelo hasta brillar. La casa resucitó, respirando calidez. El cansancio la aplastó —la enfermedad no olvidaba—, pero encendió la chimenea para espantar la humedad. Esa noche, en casa de Martina, compartió su dolor entre platos sencillos. La vecina, escuchando, movió la cabeza:

—Viniste, y hiciste bien. Aquí eres de los nuestros, Aranjales es tu hogar. ¡Y eso de resignarte a morir, déjalo! Necesitamos cartera en Correos. El pueblo es pequeño, lo recorrerás con gusto. Y visita a la tía Rosario, ella te dará sus hierbas. Todas las penas vienen de los nervios, ya lo sabes. Aquí hay paz y sosiego.

Clara se durmió con una sonrisa, acariciada por la bondad de los suyos. Al amanecer, una energía extraña la despertó —ganas de vivir, de hacer—, algo que hacía años no sentía. Tras desayunar, fue a Correos. Un sueldo nunca sobra, y el ocio no le atraía. Al caminar por las calles del pueblo, los vecinos la miraban con afecto. Todos se paraban, sonreían, le deseaban salud.

—¡Buenos días! —respondía Clara, sintiendo calor en el alma.

El verano dio paso al otoño. Repartir el correo se volvió un placer: pasear sin prisa, saludar en cada puerta, cambiar palabras. El aire, puro y fresco, llenaba sus pulmones. Clara encontraba una calma que la ciudad le había negado. Sus mejillas se sonrosaron, su rostro recuperó brillo, como una manzana madura. Las infusiones de la tía Rosario ayudaban: dormía profundo, comía con gusto y la debilidad se esfumaba.

La enfermedad se alejó. Clara vivió en Aranjales muchos años más, envuelta en el calor de su hogar y la bondad de su gente. La felicidad, al fin, no pedía mucho —solo paz en el alma, el arrullo de las paredes viejas y saber que alguien te espera—. ¿Y la enfermedad? Igual que todas las desgracias, vino de los nervios.

**Lección aprendida:** A veces, la cura no está en los medicamentos, sino en volver a donde el corazón late tranquilo.

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