«¡Él no es mi yerno, ni lo será!»: Cómo la abuela está destruyendo mi familia

—¡Él no es mi yerno, ni lo será nunca! —así destruye mi abuela mi familia.

Desde el primer momento, ella lo detestó. Ni siquiera pronuncia su nombre, solo lo llama *”ese”* o *”tu fulano”*. Le he pedido mil veces que no se meta en nuestra relación, pero mi abuela tiene su propia opinión de todo. *”Si fuera un hombre decente, ya se habría casado. ¡Hay un niño de por medio, y nada de papeles!”* Es lo único que repite. Ni una pizca de respeto hacia él —cuenta con amargura Marina, de 26 años, desde Sevilla.

Con Adrián llevan más de dos años juntos. Primero solo salían, pero cuando ella se quedó embarazada, decidieron vivir juntos. Él no huyó, no se asustó; al contrario, le pidió matrimonio. Pero la mala suerte interfirió: primero ella tuvo complicaciones y estuvo en reposo, luego él perdió su empleo. La boda quedó en pausa.

Vivían en el piso de la abuela de Marina, un ático de tres habitaciones en un bloque de hormigón en Triana. La casa era de la abuela, pero allí estaban empadronadas Marina y su madre desde siempre. Hace poco, también Adrián. Cuando nació su hija, el espacio se hizo más estrecho, pero el amor los mantenía unidos.

Nunca llegaron al Registro Civil. Primero por la salud, luego por el día a día. Pero Adrián insistía: *”Quiero que tengas una boda de verdad. Con anillos, vestido y todo como has soñado.”* Quería ahorrar y celebrarlo bien, no solo firmar un papel.

Entonces la abuela, Carmen López, se radicalizó. Para ella, si no había boda, no había marido. Aunque Adrián nunca abandonó a Marina ni a la niña, ella lo tachaba de *”vividor”.* Decía que, si de verdad quisiera, ya lo habría hecho. Y que, al final, los papeles lo eran todo.

Cuando Adrián se quedó en paro, la abuela no le dio tregua. *”Gandul”*, *”gorrón”*, *”niño sin carácter”*. Era insoportable estar en casa, así que aceptó cualquier trabajo con tal de salir. Era duro, mal pagado, pero seguía buscando algo mejor.

La madre de Marina, mujer tranquila, no se metía en sus vidas, pero hasta ella admitía que Carmen se pasaba. Se entrometía, daba órdenes, criticaba. Y los jóvenes ya tenían suficientes problemas.

Su amiga Lucía le aconsejaba mudarse, incluso les ofreció su sofá. Pero el sueldo de Adrián era inestable, y el alquiler se comería la mitad. Podrían pagar los suministros, pero ¿y lo demás?

—Aguantamos —susurra Marina—. Esperábamos que las cosas mejoraran. Y entonces pasó *eso*. Él salió con sus amigos esa noche. Prometió volver a las once. Las doce… nada. La media noche… nada. Empecé a llamar, a preocuparme. La abuela lo vio todo. Regresó al amanecer, borracho. Se disculpó, pero la abuela… no se contuvo. Le gritó, lo echó. *”¡El piso es mío, y hago lo que quiero! ¡Si vuelves, llamo a la Policía!”*

Desde entonces, Adrián vive en casa de un amigo. Llama cada día, añora a su hija. Dice que busca una solución. Promete encontrar un piso, llevárselas. Pero solo son palabras. Ahora… nada de dinero, nada de opciones.

Y Marina está en medio: por un lado, el hombre que ama; por el otro, su hogar. La abuela no cede. Sus reglas son innegociables.

¿Pero tiene derecho a romper una familia solo porque las cosas no son como ella quiere? ¿Acaso un papel mide el amor o la responsabilidad? ¿Vale la pena dejar a un niño sin padre y a una mujer sin apoyo por pura formalidad?

Marina no sabe qué hacer. No hay opciones. No hay dinero. Solo queda confiar en su marido. Pero él solo tiene promesas.

Y así, por las noches, se queda mirando el vacío donde antes estaba su mochila, preguntándose: *”¿Tendrá razón la abuela? ¿No será la persona adecuada?”*

O quizá alguien, por querer tener razón, ha destrozado lo que el amor construyó.

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