**Amor traicionado**
El pueblo de Pinarillo, escondido entre los vastos campos y arboledas de olivos de la provincia de Toledo, respiraba tranquilidad. El viento de la tarde susurraba entre las hojas, y las farolas iluminaban débilmente las calles angostas. Lucía, apretando su bolso entre las manos, se acercaba al café donde debía celebrarse su cumpleaños. Pero en lugar de risas festivas, escuchó un murmullo traicionero que le heló el corazón.
—Olvídate de esta fiesta— murmuraba Álvaro, inclinándose hacia el oído de Raquel, la mejor amiga de Lucía. —Vámonos a mi casa. Lucía no volverá hasta la madrugada. —Su voz rezumaba arrogancia.
—Sí, claro— contestó Raquel con sarcasmo. —¿Y qué hago cuando vuelva? ¿Saltar por la ventana?
—¿Para qué? —Álvaro la rodeó con su brazo, su tono rebosaba seguridad. —Si me dices que sí, echo a Lucía. No tiene cabida en mi vida.
Lucía se quedó paralizada, como si un rayo la hubiera alcanzado. Conocía a Raquel—nunca había escondido sus coqueteos. Pero Álvaro… Tres años juntos. Tres años esperando un anillo en su dedo. Vivían en su nuevo piso, comprado con una hipoteca. La reforma, las facturas, las deudas… todo cayó sobre sus hombros. Lucía lo veía como algo temporal, creyendo que el registro civil era solo un trámite. Pero ahora las escamas caían de sus ojos. Para él, solo era una comodidad, un puente sobre sus problemas económicos. No habría familia. Nunca.
Hace seis meses murió su madre. Álvaro la decepcionó entonces con su frialdad. No asistió al funeral, no ayudó con los preparativos, solo soltó con indiferencia:
—Vende lo que puedas. Sabes que tengo la hipoteca, la reforma. A lo mejor tus familiares te prestan algo. Cuando vendas la casa, arreglarás tus cuentas.
*”Arreglarás tus cuentas”.* Esas palabras le cortaron como un cuchillo. Pero Lucía lo justificó: estaba cansado, fue un lapsus. Le gustaba su carácter hosco. *”Un hombre que lo guarda todo dentro no te traicionará”*, presumía ante sus amigas. Raquel reía con ellas, ocultando sus verdaderas intenciones. Ahora la verdad salía a la luz, y Lucía, ahogándose en dolor, agitó la mano frenéticamente para detener un taxi que pasaba. El coche se detuvo, ella se coló dentro y cerró la puerta de golpe.
—¡Deprisa, más deprisa! —gritó al conductor, como si huyera de algo.
Apenas arrancó el coche cuando su teléfono vibró con la llamada de Álvaro.
—¿Dónde estás? Estoy aquí solo, como un idiota, todos preguntan por ti. ¿Qué pasa? —su voz sonaba falsa.
Lucía apagó el móvil y, furiosa, lo arrojó por la ventana. Las lágrimas brotaron sin control, sollozando como una niña a la que le arrebatan todo. El coche aceleraba mientras ella, sumida en la desesperación, de repente se dio cuenta de que no había dado una dirección.
—¿Adónde vamos? —preguntó, temblorosa.
—A casa —contestó el conductor con calma.
Lucía miró alrededor: el coche avanzaba por un camino rural oscuro, lejos de la ciudad.
—¿A casa? ¿Dónde? —su corazón palpitaba de miedo.
—¿Quieres que te diga la dirección? —su voz sonaba burlona, casi amenazante.
—¡Pare ahora mismo! —gritó Lucía, la pánico ahogándola.
—¿Aquí en medio del campo? —el conductor soltó una risotada. —¿Qué vas a hacer?
—¡Llamaré a la policía! —exclamó, pero al instante recordó que ya no tenía teléfono. Le había contado todo a ese desconocido: la traición, su dolor. Él sabía que nadie la buscaría. Si la dejaba en el monte, ahí acabaría todo.
Estiró el brazo hacia la puerta, intentando abrirla en marcha, pero en la oscuridad sus dedos no encontraban el tirador. La desesperación la inundó. *”Que sea lo que sea”*, pensó. *”Si me mata, al menos el dolor se acaba.”* Las lágrimas caían en silencio, resignadas.
El coche frenó en seco. El conductor abrió su puerta sin decir palabra.
—Sal.
—¡No saldré! —De pronto, Lucía sintió un impulso ardiente por vivir. No se rendiría sin luchar.
—No seas tonta, Lucía —su voz se suavizó—. Hemos llegado.
Ella alzó la vista y se quedó inmóvil. Delante de ella estaba Mateo, su compañero de instituto. El mismo que se marchó después de la escuela y forjó una carrera en alguna gran ciudad.
—¿Mateo? —susurró, incrédula.
—¿A quién esperabas? —sonrió con una expresión cálida y familiar.
—¿Eres taxista? —preguntó, desconcertada.
Mateo se rio.
—¿Taxista? Solo te vi agitando los brazos como si estuvieras a punto de lanzarte bajo las ruedas.
—Es que yo… —Lucía titubeó, sintiéndose ridícula.
—Lo sé todo —Mateo le rodeó los hombros con su brazo—. Ha sido un viaje provechoso. Nunca habías sido tan sincera.
Lucía soltó una risa entre lágrimas que ya se secaban, y un alivio cálido le invadió el pecho. Estaba frente a su casa en Pinarillo, y el mundo, de repente, dejó de derrumbarse.
—Volví por ti —susurró Mateo, entrelazando sus dedos con los de ella—. Qué suerte que no te casaste…




