Amor Traicionado

**Amor traicionado**

La aldea de Pinar, escondida entre los interminables campos y arboledas de la provincia de Cuenca, respiraba quietud. El viento de la tarde susurraba entre las hojas, y las farolas alumbraban débilmente las angostas calles. Lucía, apretando su bolso entre las manos, se acercaba al café donde debía celebrarse su cumpleaños. Pero en lugar de risas festivas, escuchó un susurro traicionero que le encogió el corazón.

—Olvídate de esta fiesta— murmuró Álex, inclinándose hacia Elena, la mejor amiga de Lucía—. Vente a mi casa. Lucía no volverá hasta la noche—. Su voz rezumaba suficiencia.

—Sí, claro— respondió Elena con ironía—. ¿Y cuando vuelva? ¿Tengo que tirarme por la ventana?

—¿Para qué?— Álex la rodeó con un brazo, su tono rebosaba seguridad—. Si me dices que sí, echo a Lucía. No tiene cabida en mi vida.

Lucía se quedó helada, como si un rayo la hubiera golpeado. Conocía a Elena—nunca había tenido reparos en liarse con alguien. Pero Álex… Tres años juntos. Tres años esperando que le pusiera un anillo en el dedo. Vivían en su nuevo piso, comprado con una hipoteca. La reforma, las facturas, las deudas… todo cayó sobre sus hombros. Ella pensó que era algo temporal, que el registro civil sería solo un trámite. Pero ahora veía claro: para él solo era una comodidad, un puente sobre sus problemas económicos. Nunca habría una familia.

Seis meses antes había muerto su madre. Álex la decepcionó entonces con su frialdad. No fue al funeral, no ayudó con los trámites, solo soltó un:

—Vende algo. Ya sabes, tengo la hipoteca, la reforma… A lo mejor tus familiares te prestan algo. Cuando vendas la casa, saldas cuentas.

“Salda cuentas”. Esas palabras le cortaron como un cuchillo. Pero entonces lo justificó: estaba cansado, fue un lapsus. Le gustaba su hosquedad silenciosa. “Un hombre que lo guarda todo dentro no traiciona”, presumía ante sus amigas. Elena reía con ellas, ocultando sus planes. Ahora la verdad salía a la luz, y Lucía, ahogándose en dolor, agitó desesperada su brazo para parar un taxi. El coche se detuvo, ella se coló dentro, cerrando la puerta de golpe.

—¡Deprisa, deprisa!— gritó al conductor, como si huyera de una persecución.

El coche aún no arrancaba cuando el móvil de Lucía vibró con la llamada de Álex.

—¿Dónde estás? Estoy aquí como un idiota, todos preguntan por ti. ¿Qué pasa?— Su voz estaba cargada de falsedad.

Lucía apagó el teléfono y, llena de rabia, lo arrojó por la ventana. Las lágrimas brotaron a raudales, sollozó como una niña a la que le han arrebatado todo. El coche aceleraba, y en medio de su desesperación, Lucía se dio cuenta de que no había dicho ninguna dirección.

—¿Adónde vamos?— preguntó, con la voz temblorosa.

—A casa— respondió el conductor con calma.

Lucía miró alrededor: el coche circulaba por un camino rural oscuro, lejos de la ciudad.

—¿A casa? ¿Qué casa?— Su corazón latía con fuerza, el miedo la invadía.

—¿Quieres que te diga la dirección?— La voz del conductor sonó burlona, áspera y amenazante.

—¡Pare! ¡Ahora mismo!— gritó Lucía, la pánico ahogándola.

—¿Aquí, en medio del campo?— El conductor soltó una risotada—. ¿Qué vas a hacer tú aquí?

—¡Llamaré a la policía!— exclamó, pero recordó que ya no tenía móvil. Le había contado todo a ese extraño: la traición, su dolor. Él sabía que nadie la buscaría. Si la dejaba en el bosque, sería el fin.

Lucía intentó abrir la puerta en marcha, pero sus dedos no encontraban el tirador en la oscuridad. La desesperación la inundó. “Que sea lo que sea”, pensó. “Si me mata, al menos no habrá más dolor”. Las lágrimas caían en silencio, resignadas.

El coche frenó en seco. El conductor abrió su puerta sin decir nada.

—Baja.

—¡No!— De pronto, un deseo ardiente de vivir la llenó. No se rendiría sin luchar.

—No seas tonta, Lucía— La voz del conductor se suavizó—. Hemos llegado.

Ella levantó la vista y se quedó inmóvil. Ante ella estaba Javier, su compañero de instituto. El mismo que se fue después de la escuela, que hizo carrera en alguna gran ciudad.

—¿Javier?— susurró, sin creerlo.

—¿A quién esperabas?— Sonrió con una sonrisa cálida, conocida.

—¿Ahora eres taxista?— preguntó Lucía, incrédula.

Javier se rió:

—¿Taxista? Solo te vi agitando el brazo como si quisieras lanzarte bajo las ruedas.

—Es que yo…— Lucía dudó, sintiéndose ridícula.

—Lo sé todo— Javier le rodeó los hombros con un brazo—. Un viaje útil. Nunca habías sido tan sincera.

Lucía rió, las lágrimas se secaron y un alivio le aligeró el pecho. Estaba frente a su casa en Pinar, y el mundo parecía dejar de desmoronarse.

—Volví por ti— murmuró Javier, acariciando sus dedos con su mano cálida—. Qué bueno que no te casaste…

A veces, la vida te arranca una mentira de los ojos para mostrarte lo que siempre estuvo ahí. Y cuando menos lo esperas, aparece alguien que te recuerda tu propio valor.

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