En la vieja casa a las afueras de Pueblorruedo, perdido entre los bosques de Castilla, olía a polvo y esperanza. Lucía, traqueteando en el autobús destartalado por la carretera llena de baches, sentía el estómago revuelto. El polvo le tapaba los pulmones, y el corazón se le encogía de melancolía. ¿Por qué había tomado esta decisión? Vivir sola en una aldea, encima en su estado, era una locura. Pero la elección estaba hecha, y no había vuelta atrás.
Lucía llevaba tres años enferma. La última visita al médico le dio un débil rayo de esperanza: el tratamiento funcionaba, pero nadie sabía por cuánto tiempo. “Con su diagnóstico, todo es impredecible”, dijo el doctor con frialdad. Ella no discutió. La vida había perdido su sabor hacía tiempo. Con su marido, Adrián, compartían techo, pero eran extraños. Cuando la enfermedad la consumió, él se distanció aún más, como si ya buscara un reemplazo para no quedarse solo. El amor había muerto años atrás, y Lucía lo había aceptado.
Pero ayer sucedió algo que lo cambió todo. Al regresar del hospital, exhausta, arrastrando los pies, encontró su pequeño piso convertido en una taberna. Adrián, celebrando el inicio de sus vacaciones, había invitado a toda su cuadrilla. El humo de cigarrillo, las blasfemias y el olor a alcohol impregnaban cada rincón. Lucía se marchó al parque, vagó durante horas, pero al volver solo encontró basura, botellas vacías y los ronquidos de su marido. Por la noche, él, despertándose, alargó la mano hacia otra botella de vino. Ella intentó hablar, pero recibió un gruñido:
—El piso es mío, ¿entiendes? Me lo dio la fábrica. Si quiero beber, bebo. Y tú aquí no pintas nada.
“¿Quién soy aquí?”, pensó Lucía, tragando lágrimas. Su trabajo, humilde y mal pagado, no valía la pena. “Mañana lo dejaré y me iré —decidió—. Al pueblo, a la casa de mi madre. Al menos pasaré mis días en silencio, sin gritos de borrachos.”
La casa la recibió con olor a madera vieja y hierbas secas. El corazón le dio un vuelco al reconocer cada recuerdo. Desde la muerte de su madre, solo había vuelto una vez, para el funeral. Pero la casa estaba cuidada, como si los vecinos la hubieran vigilado. La llave, como en su infancia, seguía bajo la baldosa del porche. La cerradura chirrió pero cedió. Lucía entró, respiró el aire polvoriento y susurró:
—Hola, casa.
Las tablas del suelo crujieron, como saludando a su dueña. Abrió las contraventanas, dejando entrar la luz del sol, y, tras cambiarse, fue al pozo por agua. Allí la esperaba la vecina, Martina.
—¿Lucita? ¡Eres tú! —exclamó la mujer, llevándose las manos a la cara—. ¡Has vuelto! Mi Isidro cuidaba la casa, y no fue en vano. Qué bien que hayas venido. Pasa esta noche, cenaremos juntas.
Lucía limpió los cristales, quitó el polvo, fregó los suelos hasta que brillaron. La casa revivió, respiró calidez. El cansancio cayó sobre ella como una losa, recordándole su enfermedad. Pero decidió encender la chimenea para ahuyentar la humedad. Esa noche, en casa de Martina, compartió su dolor mientras cenaban, y la mujer, escuchando, movió la cabeza:
—Viniste, y has hecho bien. Aquí te quieren, Pueblorruedo es tu hogar. Pero déjate de tonterías sobre morirte. ¡Ponte a trabajar en Correos, necesitan cartero! El pueblo es pequeño, lo recorrerás sin esfuerzo. Y ve a la tía Eusebia, ella te dará hierbas. Todas las dolencias vienen de los nervios, ya lo sabes. Aquí tienes paz y tranquilidad.
Lucía se durmió con una sonrisa, pensando en la bondad de los vecinos. Por la mañana, una energía extraña la despertó: ganas de vivir, de crear, algo que no sentía desde hacía años. Desayunó y fue a Correos. El dinero nunca sobra, y tampoco quería estar ociosa. Mientras caminaba por las calles del pueblo, los vecinos la miraban con afecto. Todos se detenían, sonreían, le deseaban salud.
—¡Buenos días! —respondía ella, sintiendo calor en el alma.
El verano dio paso al otoño. El trabajo de cartera se convirtió en un placer: pasear sin prisa por la aldea, asomarse a cada puerto, cambiar unas palabras. El aire, limpio y embriagador, llenaba sus pulmones. Lucía sentía una paz que nunca conoció en la ciudad. Sus mejillas se sonrojaron, su rostro se volvió fresco como una manzana madura. Las infusiones de la tía Eusebia le sentaban bien: dormía como un lirón, comía con apetito, y la debilidad retrocedía.
La enfermedad se marchó. Lucía vivió en Pueblorruedo muchos años más, rodeada del calor de su hogar y la bondad de la gente. La felicidad, al parecer, no pedía mucho: solo paz en el alma, el cobijo de las viejas paredes y la certeza de ser querida. ¿Y la enfermedad? En verdad, había venido de los nervios, como todas las penas…




