El viejo y su guardián fiel
El pueblo de Valdeleña, sumergido bajo la sombra de robles centenarios, se desvanecía poco a poco. Antes, bullía de vida, pero ahora solo quedaban una veintena de casas donde ancianos, olvidados por el mundo, pasaban sus últimos días. Hubo un tiempo en que Valdeleña floreció: sus robustas casas de madera, con tejados ennegrecidos por el tiempo, guardaban recuerdos de cuando los artesanos eran famosos por sus arneses y carromatos. Pero las máquinas llegaron, los caballos dejaron de ser necesarios, y el pueblo empezó a languidecer. El bosque circundante, lleno de riquezas, en invierno se volvía peligroso: lobos hambrientos merodeaban, obligando a los vecinos a tener jaurías de perros cuyos ladridos rasgaban la noche, avisando del peligro.
En los años cincuenta, el oficio de peletero, que había alimentado al pueblo durante siglos, decayó. Valdeleña se convirtió en una granja estatal. Los antiguos maestros se hicieron pastores y lecheras. El viejo Gonzalo Méndez había trabajado toda su vida como porquero. Desde los diez años cuidaba cerditos, y de adulto se encargó del ganado reproductor, famoso en toda la comarca. Pero en los noventa, la granja fue saqueada, el ganado vendido, y a Gonzalo, como a los demás ancianos, lo mandaron a la pensión. Los jóvenes se marcharon a la ciudad, y el pueblo quedó vacío. Su hijo vendió las vacas y se fue con su familia, dejando al viejo con su esposa enferma, Adela, en una casa grande rodeada de establos vacíos. La vida se redujo a la cocina, un viejo televisor y un silencio infinito.
Pero una primavera, un viejo amigo de Gonzalo, Vicente Roldán, llegó a Valdeleña con un regalo: un diminuto bulto pelirrojo de pelo. «Por tus setenta años, Gonzalo. Es un cachorro de mastín español, de pura sangre, con excelente linaje. Será tu compañero fiel, dispuesto a dar la vida por ti», dijo Vicente, mostrando una foto de un perro enorme cubierto de medallas. «Críalo, y hará famosa a nuestra región en las exposiciones». Gonzalo tomó al cachorro, que se acurrucó confiado contra su pecho. El viejo le preparó un lecho en una caja, pero el pequeño gemía, buscando calor. Adela refunfuñó: «Ahora, además, a cuidar un perro». Gonzalo encontró un biberón viejo, llenó leche y meció al cachorro como a un bebé. «Echa de menos a su madre», murmuró, ignorando los rezongos de su esposa.
El cachorro creció rápido. Lo llamaron César, por su carácter altivo. Solo reconocía a Gonzalo, desconfiaba de extraños y pronto se convirtió en un guardián formidable, que entendía a su dueño con media palabra. En un año, aquel pequeño bulto se transformó en un coloso que vigilaba el corral de gallinas y gansos, y por las noches se acurrucaba en la cama de Gonzalo, calentándole los pies.
Pero la desgracia llegó a Valdeleña. Casas abandonadas en las afueras empezaron a arder. Las ancianas se alarmaron, rogando a Gonzalo y a César que patrullaran el pueblo. Así, el viejo se convirtió en el guardián nocturno. Juntos recorrieron las calles, y los incendios cesaron. Pero pronto llegaron forasteros: madrileños que compraban casas vacías y los campos donde antes pastaba el ganado. Para el invierno, en lugar de los prados surgió una urbanización de lujosas villas, cercadas por muros de hormigón. Los nuevos dueños contrataron a Gonzalo para custodiar su riqueza.
«Unos huyen del pueblo a la ciudad, otros de la ciudad al pueblo —reflexionaba Gonzalo, paseando con César—. Y nosotros, los viejos, aquí, sin que nadie nos necesite». Pasó el tiempo, y la salud de Adela empeoró. Los médicos le recetaron dieta e insulina, pero Gonzalo la sorprendía comiendo dulces a escondidas, como si apresurara su final. En diciembre, murió en silencio. En el entierro, las vecinas se quejaban de que Adela no tuvo misa, porque la iglesia de Valdeleña fue derruida hacía siglos.
Sobre la tumba, Gonzalo juró construir una ermita. Ahorró dinero, y medio año después viajó a un pueblo vecino donde había una antigua ermita de San Isidro. Al volver, cavó los cimientos y empezó la obra. En otoño, una cruz se alzó sobre la pequeña ermita de madera. Las ancianas llevaron íconos, entre ellos una vieja imagen de San Nicolás, que había sobrevivido a tiempos difíciles. La consagraron en su honor, y se convirtió en lugar de oración para lugareños y veraneantes.
En invierno, antes de Reyes, Gonzalo sintió inquietud. Revisaba la ermita cada noche. En Nochebuena, adormilado, saltó sobresaltado por una corazonada. Tomó su escopeta y corrió con César hacia la ermita. El perro se adelantó, y al minuto, disparos rompieron la noche. Gonzalo, tropezando en la nieve, llegó al lugar. César yacía en la cuneta, la sangre manchando la nieve. El viejo cayó de rodillas, abrazando su cabeza, y lloró como un niño. «César, mi fiel… ¿Por qué?», gemía, maldiciendo su suerte.
Las vecinas y veraneantes acudieron. «Llora por el perro, pero no tanto por Adela», cuchicheó una. De pronto, un grito: «¡Han robado el santo! ¡Se llevaron a San Nicolás!». Todos corrieron a la ermita, menos Gonzalo, que seguía acariciando a César. «Hemos pasado tanto juntos… ¿Recuerdas cuando sacaste al niño del río? ¿O cuando me cuidaste enfermo?». César le lamió débilmente la mano, y Gonzalo, al verlo vivo, rasgó su camisa para vendarle la herida y gritó: «¡Traed un carro!».
En casa, le inyectó penicilina, puso llantén en la herida y se sentó junto a él. «Duerme, César. Aún correremos juntos», susurró, acariciándole. Recordó cómo César entendía sus palabras. Una vez, vigilando una villa, apostó con unos jóvenes que el perro comprendía el habla. Uno, riendo, dijo: «Ahora cogeré un cuchillo y mataré al viejo». César lo derribó al instante, inmovilizándolo. «Ahí tienen su respuesta», se rio Gonzalo.
Un año después, en Navidad, César salvó de nuevo a su dueño. Olfateó peligro en una villa, saltó la valla y sujetó a un joven. Gonzalo lo reconoció: era quien disparó a César y robó el santo. «Canalla —escupió el viejoEl joven, temblando bajo las fauces de César, prometió devolver el santo y nunca más volver, y así lo hizo, dejando al viejo y a su guardián en paz bajo las estrellas de Valdeleña.





