Eco del amor: drama de un corazón roto

**Diario de un corazón dividido**

En el pintoresco pueblo de Ribera, donde las brumas matinales flotan sobre el río y los jardines se visten de flores, Laura y su marido llegaron a casa de sus padres. Adrián abrió el maletero del coche y comenzó a sacar las bolsas con regalos. De repente, Laura distinguió una figura a lo lejos. Al fijarse mejor, se quedó petrificada, sin creer lo que veía. Por la calle caminaba Lucía, riendo, del brazo de un desconocido. Le hizo un gesto de saludo desde la distancia, con una sonrisa amable.

—¿Cómo es posible? ¿Dónde está Javier? —exclamó Laura, sintiendo cómo el corazón se le oprimía de angustia. Más tarde, supo la amarga verdad que destrozaría su mundo.

Laura se mudó de casa de sus padres al terminar el segundo año de universidad. La vivienda estaba en una urbanización rodeada de árboles y con un estanque cercano. Su padre había hecho todo lo posible por ella; adoraba a su familia y era el modelo de hombre que ella admiraba. Los chicos de la facultad no le interesaban—demasiado seria, aunque hermosa. No iba de fiesta, ni siquiera a tomar un café. Prefería la soledad, estudiando con excelencia y pasando las tardes en casa, leyendo o disfrutando de sus padres.

—Ya tendrá tiempo de divertirse —decían ellos, creando un hogar cálido.

Una joven pareja se instaló en la casa de al lado: Javier y Lucía, cinco años mayores que Laura. No tenían hijos, pero eran atractivos, especialmente él… Javier. A veces, Laura lo observaba desde la ventana cuando volvía del trabajo, a veces solo, otras con Lucía—alta, de pelo oscuro y elegante.

En Navidad, sus padres invitaron a los vecinos a cenar. Aceptaron, llegando con vino y un postre casero. Los recibieron con cariño, compartiendo una velada agradable. Mientras su madre servía la comida y los hombres hablaban de todo, Laura observaba a Lucía, discreta y algo curiosa. Javier, en cambio, era encantador: amable, divertido. Tras charlar con su padre, preguntó a Laura por sus estudios, recordó su época universitaria y le dijo que la vida le deparaba grandes cosas. Cuando se marcharon, Laura quedó perturbada. Su mirada dulce, su voz suave, sus manos expresivas… no podía sacárselos de la cabeza. Comprendió que era amor. El primero, el verdadero, el que desgarra el alma.

Javier ocupaba todos sus pensamientos. En clase, se distraía soñando con encontrárselo por casualidad. Lo saludaba a distancia, atrapaba su sonrisa y se perdía en fantasías. Su madre notaba su melancolía, intentaba sonsacarle algo, pero Laura callaba. ¿Cómo decir: “Estoy enamorada del vecino, que es casado”? Su madre se preocuparía, se lo contaría a su padre… Así que cargó con el dolor en silencio.

El verano trajo vacaciones y más encuentros. Una tarde, junto al estanque, tropezó con Javier—en bermudas, con una caña de pescar. La invitó a acompañarle. Al regresar, le dijo:

—¿Te ha gustado? Podemos repetir. A Lucía no le entusiasma la pesca.

Desde entonces, cuando se cruzaban, él se acercaba, le preguntaba cómo estaba. Una vez, le revolvió el pelo y ella le apretó la mano contra su mejilla. Un gesto fugaz, pero Javier la miró fijamente y murmuró:

—Laurita, eres especial.

Esa noche lloró hasta el amanecer, decidida a evitarlo. Aquello no llevaba a nada bueno.

Tres años de tormento. Encuentros casuales, sus sonrisas amables, las miradas frías de Lucía, las pocas visitas. Laura ardía por dentro, guardando su secreto. Terminó la carrera—matrícula de honor, un trabajo, la vida adulta. Los vecinos seguían sin hijos, el contacto se desvaneció. Quizá Lucía sospechaba algo, pero nunca habló. Javier preguntaba por su trabajo, sus planes, pero ya no la invitaba a pescar.

Poco después, en una exposición, conoció a Adrián. Pintor, siete años mayor, la cautivó hablando de arte. Empezaron a salir. Adrián era apasionado, viajero, con taller propio y detalles románticos. A los seis meses, le pidió matrimonio. Laura aceptó, esperando escapar de su amor por Javier. La decisión fue dolorosa. Noches enteras llorando, sabiendo que se casaba sin amor, huyendo. Javier aparecía en susY mientras el viento acariciaba su rostro, Laura cerró los ojos y sonrió, sabiendo que, al fin, su corazón había encontrado paz.

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