Desde aquel día en que Lucía se casó, habían pasado muchos años. Y con cada año, la distancia entre nosotros crecía como un río sin puente. Parecía habernos borrado de su vida. Sus llamadas eran escasas, sus visitas aún más raras. Y cuando nos veíamos, sus ojos brillaban fríos, como estrellas lejanas.
Aquel viernes, vacilé antes de marcar su número. Víctor y yo planeábamos celebrar modestamente nuestro aniversario: treinta años juntos. Solo queríamos reunir a la familia, hacer una parrillada, compartir la mesa. Anhelábamos calor, voces conocidas, aunque fuera por unas horas…
—¿Dígame? —respondió al fin Lucía, con la voz entrecortada.
—Cariño, soy mamá. ¿Estás en el gimnasio otra vez? ¿Puedes hablar?
—No, mamá. Estoy lavando el coche de Pablo.
—¿Y por qué tú?
—¿Quién si no, mamá? Llevarlo al lavadero sale caro. No estoy hecha de cristal.
—Bueno, hija… Te llamaba para invitarte el domingo. Es nuestro aniversario. Nos gustaría charlar, estar todos juntos…
—¿Y por qué ahora les dio por celebrar? —soltó una risa cortante—. ¿Los años pesan y el diablo tienta?
—Treinta años, Lucía. ¿Cómo no celebrarlos?
—Lo siento, mamá. No podemos. Nos invitaron a una boda —el amigo de Lucas se casa. Las bodas son únicas; ustedes tendrán más aniversarios.
Apreté el teléfono, ocultando el nudo de rabia que hervía en mi pecho.
—Qué pena… Teníamos tantas ganas…
—Nosotros también, mamá. Pero ¿cómo decir que no? No te enfades, ya les felicitaremos después.
—Está bien —susurré—, llamaré a tu hermano.
Miguel tampoco pudo. Tenía sus propios planes. Cuando colgué, las lágrimas cayeron solas. Como una niña a quien le niegan un caramelo. Como una madre a quien olvidaron.
—Carmencita, ¿qué pasa? —Víctor entró en la cocina y me encontró llorando en silencio.
—Nada… Es que los niños no vendrán. Y yo, tonta, soñaba con tenerlos a todos aquí…
—Basta. Es nuestro día. Tú y yo somos suficiente.
Esa noche, el sueño no llegó. El rencor me ahogaba. Dentro de mí, algo gritaba: «¿Por qué? ¿Acaso no les importamos? ¿No hicimos lo suficiente? Les dimos estudios, pisos, les ayudamos en todo… Y ahora somos extraños…»
—Carmen —murmuró Víctor—, tienen sus vidas. Pero me tienes a mí. Y yo estoy aquí.
—Me siento vacía, Víctor… —fue todo lo que pude decir—. Tú en el trabajo todo el día, y yo sola…
Al día siguiente, llegó temprano, antes de lo habitual. Sonreía.
—¿Qué ocurre?
Sacó de detrás de la espalda un ramo enorme.
—Para ti. Y mañana nos vamos al lago. Una semana. Solo tú y yo.
La casita parecía sacada de un cuento: de madera, con vistas al agua, flores por doquier, pájaros cantando. Al despertar, el aroma de pétalos cubría la cama. Globos flotaban en las esquinas, y en el espejo, una frase: «¡Feliz aniversario, amor mío!»
Contuve las lágrimas. Y al mirar por la ventana, vi a Víctor con una cesta. La abrió, y un pequeño «miau» emergió. Un gatito anaranjado, esponjoso y torpe, me miró con ojos curiosos.
—¿Aceptas a un nuevo miembro de la familia? —sonrió como un chiquillo.
—Víctor… Esto es el mejor regalo de mi vida…
Pasamos una semana como en nuestra luna de miel. Siete días, pero con recuerdos para una vida entera. Y al volver, los teléfonos no paraban.
—¡Mamá! ¿Dónde estaban? ¡Llamamos mil veces! ¡No contestaban!
—Tranquila, hija. Estábamos de viaje. ¿No tenemos derecho a vivir un poco para nosotros?
—Claro… Es que no llamabas, no te preocupabas…
—Ahora te toca a ti preocuparte. Papá y yo hemos decidido vivir para nosotros.
—¿Para ustedes? ¿En serio, mamá?
—Estamos en nuestra segunda luna de miel. Y ahora no hay espacio para nadie más.
Pasó un año. Víctor y yo vivimos diferente. Él dejó el trabajo, ajustamos gastos, pero somos más felices. Los niños ahora llaman, visitan. Nos miramos el uno al otro y agradecemos al destino por no dejarnos caer en el olvido. Por recordar que, en esta vida, lo único que importa es NOSOTROS.







