10 de enero
El pueblo de Valdeluna, hundido entre olivos centenarios y encinas, se marchitaba poco a poco. Antes rebosaba vida, pero hoy solo quedaban una veintena de casas, habitadas por ancianos que el mundo olvidó. Hubo un tiempo en que Valdeluna era próspero: sus robustas casas de piedra, con tejados de teja roja, guardaban recuerdos de cuando los artesanos del pueblo eran famosos por sus aperos de labranza y carretas. Pero llegaron los tractores, el trabajo con animales desapareció, y el pueblo comenzó a morir. El bosque cercano, lleno de riquezas, en invierno se volvía peligroso —lobos hambrientos merodeaban, obligando a los vecinos a tener perros guardianes cuyos ladridos rasgaban la noche, advirtiendo del peligro.
En los años cincuenta, el oficio de guarnicionero, que por siglos alimentó al pueblo, decayó. Valdeluna se convirtió en una granja colectiva. Los antiguos maestros se hicieron pastores y lecheros. Don Ramón Herrera pasó su vida como porquero. Desde los diez años cuidó cerditos y, de adulto, se encargó del ganado reproductor, famoso en la comarca. Pero en los noventa, la cooperativa se desmanteló, el ganado se vendió, y a Ramón, como a los demás viejos, lo mandaron a la jubilación. Los jóvenes se fueron a la ciudad, y el pueblo quedó vacío. Su hijo vendió las vacas y se marchó con su familia, dejando a Ramón y a su enferma esposa, Carmen, en una casa grande rodeada de establos abandonados. La vida se redujo a la cocina, la vieja televisión y un silencio infinito.
Pero una primavera, llegó a Valdeluna un viejo amigo de Ramón, Luis Vallejo, con un regalo: un pequeño bulto de pelo rojizo. «Por tus setenta años, Ramón. Es un cachorro de mastín español, de pura sangre. Será tu fiel guardián», dijo Luis, mostrando una foto de un perro enorme cargado de medallas. «Si lo crías bien, ¡hará que nuestra comarca brille en las exposiciones!» Ramón tomó al cachorro, que se acurrucó contra su pecho. Le hizo una cama en una caja, pero el animal lloriqueaba, buscando calor. Carmen refunfuñó: «Ahora tienes un perro para cuidar». Ramón encontró un biberón viejo, lo llenó de leche y meció al pequeño como a un bebé. «Echa de menos a su madre», murmuró, ignorando los reproches de su mujer.
El cachorro creció rápido. Lo llamaron León, por su carácter noble. Solo obedecía a Ramón, desconfiaba de los extraños y pronto se convirtió en un guardián imponente. En un año, aquel pequeño bulto se transformó en una bestia poderosa, ahuyentando gallinas y ocas del patio, y por las noches, se acurrucaba en la cama de Ramón, calentándole los pies.
Pero la desgracia llegó a Valdeluna. Las casas abandonadas comenzaron a arder en la periferia. Las ancianas suplicaron a Ramón patrullar el pueblo con León. Así, el viejo se convirtió en vigilante nocturno. Con el perro, recorría las calles, y los incendios cesaron. Sin embargo, pronto aparecieron forasteros —madrileños adinerados que compraban casas vacías y los pastos donde antes pastaba el ganado. Para el invierno, surgió un barrio de lujosas villas rodeadas de vallas. Los nuevos dueños contrataron a Ramón para proteger sus propiedades.
«Unos huyen del campo a la ciudad, otros de la ciudad al campo —murmuraba Ramón, paseando con León—. Y nosotros, ancianos, sobramos». El tiempo pasó, la salud de Carmen empeoró. Los médicos le recetaron dieta e insulina, pero Ramón la veía comiendo dulces a escondidas, como si apurase su final. En diciembre falleció en silencio. En el funeral, las vecinas se quese lamentaban de que Carmen se había ido sin extremaunción, pues la iglesia de Valdeluna había sido derribada décadas atrás.





