¡Sorpresa con chispa! O cómo Jorge casi quema la casa por el Día de la Mujer
El mundo de Lucía estalló antes incluso de pisar el portal. El olor a humo se colaba por el ascensor, el agua jabonosa bajaba por las escaleras, y el aire estaba tan tenso que casi le susurraba: “No entres… mejor date la vuelta”. Pero Lucía, mujer hecha y derecha, directora de una gran empresa, no era de las que se achican.
Al abrir la puerta, dejó sobre la consola el ramo de la cena de empresa, se quitó los zapatos como si se despojara del peso del día y se enfundó las zapatillas de casa. Aunque, visto el charco de agua, más bien le hubieran venido mejor unas botas de goma. Dentro de la casa sonaban ruidos extraños, algo chisporroteaba, humeaba… y en un rincón, el gato berreaba como un poseso.
—¡Jorge! ¿Qué coño está pasando aquí? —gritó, abriéndose paso entre el vapor y el olor a grasa quemada.
Su marido apareció desde el pasillo. En ropa interior, descalzo, la cara llena de arañazos y hollín, un ojo morado y la cabeza envuelta en una toalla como un tuareg en el desierto. Parecía que no había estado preparando un regalo, sino luchando en una batalla campal.
—Lucita… pensé que llegarías más tarde… la cena de empresa, tú siempre eres la última en irte…
Lucía, sin inmutarse, se sentó en el pouf, cerró los ojos y dijo con calma:
—Explica. Todo. Y nada de “mi alegría” o “tranquila”. Yo me preocupé cuando en los noventa me amenazaron los sobornos. Me preocupé cuando el negocio estuvo al borde del cierre. Desde entonces, el pánico no vive conmigo. Ahora, cuéntame qué has hecho.
Jorge tragó saliva.
—Quería hacerte una sorpresa. Por el día de la mujer, te lo mereces… decidí limpiar, lavar la ropa, hacer un asado, fregar el suelo…
—¿Un asado? —preguntó Lucía.
—Bueno… no. La asadora. Empezó a perder agua. No enseguida, primero metí la carne en el horno, luego fui al baño, luego a la asadora… y ahí estaba el gato.
—¿El gato está vivo?
—¡Claro! —se ofendió Jorge—. Solo un poco mojado. Y algo alterado. Te juro que cuando encendí la asadora, él no estaba dentro. Apareció después… de alguna manera.
—¿Apareció? ¿En una asadora CERRADA?
—Bueno, igual se coló…
Lucía se tapó la cara con las manos.
—Vale, sigue. Pero enseña al gato. Quiero asegurarme de que por lo menos él sobrevivió.
—Eeeh… está en el salón. Atado. Por su seguridad. Y para que se seque.
—¿Tiene las patas?
—Las cuatro. Solo que… inmovilizadas. Temporalmente.
—¿Y luego?
—Entonces fui a lavar la ropa, y noté olor a quemado. Abro el horno y la carne está hecha carbón. Eché un poco de aceite y salió una llamarada. Me chamuscó las cejas. El gato empezó a gritar, corro a la asadora, pero no se abre. Y el gato ahí, mirando como un demonio. ¡Y berreando! Yo, entre el infierno del horno y el de la asadora. Agarré una palanca, la golpeé… el gato salió disparado, y entonces empezó el caos…
—Dios mío… —susurró Lucía.
—Rompó dos jarrones, se hizo sus necesidades en la alfombra, arrancó las cortinas, arañó el papel pintado, tiró la botella de cava, los vecinos de abajo amenazaron con llamar a la policía y a un exorcista… Yo lo agarré y lo até. Para secarlo. Y para que dejara de chillar le tapé la boca con una bufanda… Pero todo está bien, ¡te lo juro!
Lucía fue al salón. Lo que vio habría dado un infarto a cualquiera, pero no a ella. El gato, atado al radiador, con la cara envuelta en una bufanda, humo, charcos y cristales rotos. Parecía una escena de guerra. Jorge iba detrás, intentando justificarse:
—Es que no quería estar quieto, y yo no quería que se quedara mojado…
Lucía lo soltó, lo secó con la toalla que llevaba Jorge y lo abrazó.
—Eres un desastre, Jorge. Podría haberse asfixiado. Aunque después de pasar por la asadora, ya nada lo asusta.
Se sentó con el gato en el sofá y miró a su marido:
—¿Y bien?
—¿”Y bien” qué? —se agachó él—. ¿Me ahorco ahora o más tarde?
—Felicítame, bobo. Hoy es el Día de la Mujer.
Jorge se iluminó, salió corriendo y al minuto volvió con aire solemne, se arrodilló frente a ella y le tendió las manos.
—Lucita, mi sol. Treinta años a tu lado y todavía me sorprendes. Eres fuerte, hermosa, paciente y la mujer que amo. ¡Feliz Día de la Mujer!
Le entregó una cajita con un anillo y un ramo arrugado y medio deshojado.
—Las flores estaban enteras… hasta que el gato… ya sabes…
Lucía suspiró, olió las rosas.
—Y hasta huelen. Milagrosamente, no a chamuscado. Jorge, no más experimentos. Solo flores. Solo un abrazo. Y no le prendas fuego a la casa. ¿Vale?
—Solo quería que fuera especial. En el trabajo te regalan maravillas, y yo… quería algo de corazón. Con chispa. Y mira cómo salió…
—Salió —sonrió Lucía—. Con chispa, con corazón… y casi con los bomberos de visita. Vamos. A salvar la casa. Y a pedir perdón a los vecinos, no sea que llamen al exorcista de verdad. Aunque quién sabe, igual ella también tiene un Jorge en casa… igual de “creativo”.
El gato, en ese momento, bostezó, enroscó la cola en la pierna de Lucía y, como en señal de complicidad, lanzó un bufido hacia Jorge. La celebración fue un éxito. Para el recuerdo.






