La amarga verdad al acostarse: «He venido para quedarme»

Lucía regresó a casa destrozada. Todo en su interior le gritaba que su marido, una vez más, no había dormido allí. Y, a juzgar por la ropa tirada y los platos sin lavar, había salido deprisa, dejando tras de sí solo rastros de indiferencia. Comenzó a ordenar como siempre, pero al acercarse a la cama, se detuvo de golpe. En la funda de la almohada había un pelo largo, rojizo, que no era suyo. Con manos temblorosas, fue a la cocina: dos copas, pintalabios. Lucía lo miraba todo como a través de un cristal empañado. Pero esta vez no lloró. Supo con firmeza que era hora de actuar.

Una vez, Lucía tuvo un sueño sencillo: encontrar a su príncipe azul. Proveniente de un pueblo pequeño, siempre soñó con la gran ciudad, una vida bonita y felicidad. Estudió y trabajó por las noches en un restaurante, ayudando a su tía Carmen, quien, tras el divorcio, apenas podía con los turnos. El dinero no alcanzaba. Su madre le enviaba algo, pero en la nueva familia de su padrastro, ella siempre fue invisible. Todo lo que logró, lo consiguió sola. Y creyó que el amor la sacaría de aquella monotonía.

Y el amor llegó. Al restaurante donde trabajaba iba a menudo Álvaro, mayor que ella, seguro de sí mismo, con dinero. Se enamoró a primera vista, sin saber que él no solo tenía coche, sino también una fila de admiradoras. Él la eligió a ella. Hasta dejó atrás a aquella “prometida” que, al final, solo era la ahijada de su padre.

La boda fue de ensueño: lujosa, costosa, deslumbrante. Los padres de Álvaro la recibieron con sonrisas forzadas, pero cedieron: su hijo, el preferido, siempre hacía su voluntad. La suegra controlaba todo, desde el vestido hasta el color del pelo de Lucía. Ella asentía. Creía que por fin la aceptaban. El primer año fue un cuento de hadas.

Pero el tiempo pasó. El embarazo no llegaba. Y un día, su suegra le soltó: “Te he concertado cita con el médico. Hay que saber qué pasa”. Lucía se sentía bien, pero no se atrevió a discutir. El diagnóstico fue claro: nunca tendría hijos.

Volvió a casa sin saber cómo decirlo. Pero pronto entendió que no hacía falta. Su suegra ya lo había hecho. “No importa, lo superaremos. Lo importante es estar juntos”, dijo. Álvaro la apoyó: “No te abandonaré”. Lucía lo creyó. Pero luego vinieron médicos, clínicas, tratamientos. Y él empezó a llegar tarde. Después se mudó a otra habitación. Y, al final, dormía más en casa de sus padres.

La vida seguía, pero no juntos. Su amiga Sara tuvo un hijo, Javier, que se convirtió en su luz. Pero Sara y su marido murieron en un accidente. Javier quedó huérfano. Mientras Lucía planeaba visitarlo, su hermano David, el mismo que le regalaba caramelos y cuadernos de joven, ya lo había recogido. “Somos mayores”, dijeron los padres de Sara. “Él es joven y pronto se casa. Que lo críe él”.

Lucía no podía aceptar que una extraña criaría a Javier. Se obsesionó con la idea de llevárselo. Quizá David accedería. Pero él dijo: “Es mi sobrino. Juré a mi hermana que no lo dejaré jamás”. Y entonces, como en un delirio, añadió: “Si quieres, cásate conmigo. Lo criaremos juntos. Siempre te quise, pero tú no me hiciste caso”. “¿Estás loco?”, gritó Lucía. Luego se arrepintió. Demasiado tarde.

Volvió a casa hecha pedazos. Y allí estaba: un pelo ajeno, pintalabios, copas. La verdad le dolió como un cuchillo. ¿Realmente estaba con sus padres? ¿Y aquellos “viajes de trabajo”?

Todo lo que los unía era obligación, costumbre, miedo a quedarse sola. Rápidamente empacó sus cosas, dejó una nota: “Será mejor así…”. Álvaro tendría hijos. Sus suegros, nietos. David, una familia. Javier, una madre. ¿Y ella? ¿El amor? Quizá ya estaba cerca.

David abrió la puerto, somnoliento: “¿Otra vez? ¿Qué quieres?”. Lucía cerró los ojos y susurró: “He venido… para quedarme”.

A veces, la felicidad no llega como se espera. Pero basta con tener el valor de abrirle la puerta.

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