Pasión al Rojo Vivo

Estofado de Amor

Vicente y Lourdes acaban de regresar del supermercado. Cargados con las bolsas, las llevan a la cocina y comienzan a desempacarlas. Vicente, distraído con sus cosas, de repente se gira hacia Lourdes y le dice con una sonrisa ligera:

—Lourdes, vete a descansar. Yo prepararé algo especial… mi plato estrella. ¡Estofado!

—¿Sabes hacer estofado? —Lourdes se queda paralizada, boquiabierta de sorpresa.

—Sí, claro, ¿qué tiene de raro? —responde él, sinceramente extrañado.

—No es eso… es solo que… —De pronto, Lourdes se cubre el rostro con las manos y rompe a llorar. Sin hacer ruido, pero con un peso inmenso, como si un torrente de emociones hubiera reventado.

Vicente, desconcertado, se acerca y se sienta a su lado.

—Lourdes, ¿qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?

Ella tarda en responder, pero finalmente, secándose las lágrimas, dice:

—Nadie… en todos estos años… me ha preparado estofado. Ni una sola vez. Mi madre lo hacía, hace mucho… pero luego, solo yo, siempre cocinando para los demás. Y él… Jorge… solo comía, bebía, se divertía… mientras yo cargaba con todo.

Vicente baja la mirada. Sabe que Lourdes acaba de divorciarse. Y sabe lo difícil que ha sido para ella.

El divorcio con Jorge era inevitable. Se perdió en una juerga justo antes de las vacaciones familiares, no apareció en la estación de tren donde lo esperaban su esposa e hijo. Entonces Lourdes lo entendió: se acabó. Ya basta. No podía soportarlo más.

Al principio, sintió alivio. Noches sin portazos ni charlas borrachas en la cocina. Sin el ruido del frigorífico a las tres de la mañana. Sin amigos apestando a alcohol. Silencio y libertad. Pero, seis meses después, ese silencio se volvió ensordecedor. La asfixiaba.

Sí, Lourdes tenía a su hijo Adrián, tenía trabajo, tenía amigas leales. Pero le faltaba lo principal: un hombro en quien apoyarse. Compañía. Calor.

Buscando una salida, acudió a su hermano Pablo:

—¿No conoces a alguien decente?… Alguien que no ande de juerga y no meta sus zapatos sucios en mi vida.

Pablo se animó:

—Tengo a uno. Vicente. Es sencillo, pero confiable. No es un galán, pero es buena persona. Créeme, no te recomendaría a cualquiera.

En su primer encuentro, Vicente le pareció demasiado simple a Lourdes. Delgado, alto, con rasgos alejados de los cánones de revista. Poco llamativo, pero… sus ojos eran amables. Auténticos.

«El roce hace el cariño», pensó ella, y decidió intentarlo. No podía ser peor.

Las primeras citas fueron reservadas, incluso un poco incómodas. Pero, de repente, Vicente desapareció. Por una semana. Lourdes asumió que no le había gustado. Se sintió herida, incluso ofendida. Hasta que él reapareció, con un pastel y flores.

—Me mandaron de viaje de trabajo. Perdona por no avisarte.

A partir de entonces, empezaron a verse más. Paseaban, conversaban. Lourdes aún escondía a Adrián— temía asustar ese calor recién nacido en su interior.

Un día, se encontraron en el supermercado. Las bolsas, como era habitual, estaban pesadas. Vicente hizo un gesto:

—Tengo el coche. Vamos, las metemos en el maletero.

—¿Tienes coche? No lo sabía…

Mientras cargaban las bolsas, apareció Jorge. Borracho, como siempre. Con el rostro torcido. Miró a Vicente y soltó una burla:

—¡Vaya sorpresa! ¿Ya te buscaste otro, eh? ¡Pero yo tengo derecho a ver a mi hijo!

—¿Tu ex? —susurró Vicente.

—Sí… —Lourdes suspiró.

—Vete, Jorge —dijo ella en voz baja—. No hoy.

—¡Ah, qué miedo! ¡Y tú, pringao, cuidado! —Jorge se alejó tambaleándose.

Vicente se contuvo. Por Lourdes.

En casa, ella guardaba los alimentos en silencio. Luego se sentó en un taburete y se abrazó a sí misma.

—¿Te has disgustado? —preguntó él en voz baja.

—Sí…

—¿Todavía lo quieres?

—No. Hace tiempo que enterré esos sentimientos. Solo quedan rencores.

—Entonces todo está por delante. Descansa, voy a preparar el estofado.

—¿De verdad sabes? —volvió a sorprenderse.

—Claro.

Y de nuevo, las lágrimas. De cansancio. De alivio. Porque, por fin, había alguien que no exigía, no usaba, no destruía… solo quería cocinar para ella.

Vicente se movía por la cocina. Mientras, Lourdes se durmió suavemente en la habitación. Él se acercó, le arropó con la manta, cerró las cortinas. Se detuvo un momento… y le acarició el pelo. Como a algo sagrado.

De pronto, un ruido en la cerradura.

«¿Será Adrián?…» pensó.

Pero era Jorge quien entraba por la puerta.

Un minuto después, ya estaba de nuevo en el rellano, dando un portazo.

—¡No te atrevas a volver! —gritó Vicente. Y regresó a la cocina, a revisar las patatas.

Media hora más tarde, Lourdes salió, desperezándose. Sonrió.

—¿Ha venido alguien?

—Debe de haber sido un sueño —respondió él con suavidad.

Mientras pensaba: «Ahora la protegeré. Siempre».

Esa noche, Lourdes dijo:

—Quiero que conozcas a Adrián. Y… mañana cambiaré las cerraduras.

Un mes después, se casaron. Pablo estaba feliz. Le repetía a Adrián:

—Aquí tienes a tu padre. De verdad. Cuídalo.

Y el niño asentía.

Vicente, por su parte, volvía a preparar estofado por la noche. Y no podía creer que la felicidad verdadera empezara así de sencillo. Con amor, con bondad… y con un simple estofado.

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