Desde pequeña, he sentido que para mi madre siempre fui la segunda. No la última, no. Simplemente, la segunda. Detrás de alguien más merecedor, más exitoso, más “correcto”. Detrás de mi hermana mayor, Lucía. Y no sería tan grave —al fin y al cabo, todos los hermanos son distintos— pero mamá convirtió nuestras diferencias en una obra de teatro donde yo era la eterna fracasada y Lucía, la niña de oro sobre el pedestal.
Recuerdo mis esfuerzos por demostrarle a mamá que yo también valía algo. Que no era menos. Que merecía su orgullo, su cariño, su mirada cálida. Pero cada paso adelante se esfumaba. Llegaba con diplomas de concursos escolares —silencio. Entraba en la universidad pública con una plaza difícil —”Lucía, en cambio, terminó sin ningún suspenso, eso sí que es mérito”. Conseguí trabajo después de graduarme —”Lucía ya está casada, y tú aún corretras con tus papeles”. Ella tiene hijos —yo tengo una hipoteca. Ella, familia —yo, “ambiciones inútiles”. Cada “lo logré” mío se estrellaba contra su “¿y qué?”.
Dolía. Constantemente. Como si tuviera que justificar siempre quien era. Como si mis esfuerzos no bastaran por no ser como ella, Lucía. Como si mi amor no fuera suficiente para que mamá dejara de verme solo como “la otra hija”. Pero aguanté. Seguí esperando, creyendo que quizás algún día… lo valoraría.
El otoño pasado, mamá se jubiló. Con poco dinero y la salud frágil, me encargué de pagar su luz, el agua, las medicinas y la compra. Ayudé como pude, aun cuando apenas llegaba a fin de mes. Hace un mes, renové por completo su piso en Madrid: cables nuevos, papel pintado, una cocina moderna. Gasté hasta el último euro. Solo quería que estuviera cómoda.
Tres días después fue su cumpleaños. No pude comprarle un regalo. Ni un céntimo quedaba. Pero fui: con flores, una tarta y palabras sinceras. La abracé, la besé en la mejilla, le deseé salud. Y entonces… Se levantó frente a todos y preguntó en voz alta:
—¿Y el regalo? ¿No sabes que no se viene a un cumpleaños sin traer nada?
El salón se paralizó. La vergüenza me quemó como nunca. No supe qué responder. Y ahora lo entiendo: esa fue la gota que colmó el vaso. Basta. No seguiré alargando la mano hacia un sol que no me da calor. No seguiré mendigando un amor que quizá nunca fue para mí.
No estoy enfadada. Estoy cansada. Y hoy sé con certeza: de ahora en adelante, viviré para mí. No por su aprobación, ni por competir con “la hermana perfecta”, ni por su bendición. Mi dinero, mis fuerzas, mi tiempo dejarán de gastarse en quien solo ve en mí a “la que no es Lucía”.
A veces, para aprender a quererse, hay que dejar de intentar demostrárselo a los demás. Incluso a aquellos que te dieron la vida.







