Ella prometió que su hija se quedaría con la abuela… Pero todo cambió.
—Arturo, ¿qué te pasa? Pareces nublado como un día de invierno —le dio una palmada en el hombro Alejandro cuando salían del gimnasio.
—Mi vida se desmorona, y yo finjo que todo está bien —respondió Arturo sin levantar la mirada.
—Vamos a una cafetería, tomaremos algo y me cuentas. Noto que el asunto es serio.
Entraron en un pequeño café cerca del gimnasio y pidieron un cortado y una porción de tarta de Santiago. Alejandro comenzó a relatar cómo él y su esposa elegían un cochecito para su hijo recién nacido, riéndose de los momentos graciosos. Pero Arturo solo asentía, ausente.
—¿Dónde estás? Parece que estás en un entierro, y yo aquí contándote historias —dijo Alejandro, impaciente.
Arturo respiró hondo y entrelazó los dedos:
—Sabes que María tiene una hija, Lucía. Cuando empezamos a salir, la niña solo tenía dos años. Todo este tiempo vivió con los padres de María en Jaén. Ella les enviaba dinero, la visitaba, pero me aseguró que la niña crecería con su abuela. Incluso después de casarnos y mudarnos a Madrid, insistía: «Seremos solo nosotros dos, siempre». Pero hace seis meses, trajo a Lucía a vivir con nosotros. Dijo que era más práctico: el colegio estaba cerca. Pero a mí no me alivia. Me molesta. No quiero vivir así.
Alejandro guardó silencio y luego, con un suspiro pesado, respondió:
—Mira, sabías que tenía una hija. ¿De verdad creíste que pasaría la vida lejos, sin estar con su madre?
—Lo sé… ¡Pero María me lo prometió! Dijo que Lucía estaría con la abuela. Y ahora la tengo aquí, en medio de todo, pidiendo atención. Amo a María, pero no puedo fingir que esa niña es mía.
—Entonces, o la aceptas como tuya o te vas. No hay medias tintas. Si quieres estar con María, ama también a Lucía. O deja el lugar para alguien que sí pueda.
De camino a casa, Arturo repasó la conversación. Recordó cómo María le pidió que llevara a Lucía a sus clases de baile, cómo esperaba que se llevaran bien. Él se enfadaba, se irritaba, la evitaba. Ese día, le tocó llevarla a su clase de flamenco. Aceptó, pero en silencio. Lucía intentó hablar, contándole cómo le gustaba pintar en el colegio, lo que esperaba de la Navidad.
—Arturo, ¿no me quieres? —preguntó de repente.
—¿Por qué dices eso? —respondió, sorprendido.
—No hablas conmigo, no sonríes. ¿Te caigo mal? En mi clase hay un niño al que no soporto… quizá tú me veas igual que yo a él.
No tuvo tiempo de responder; llegaron al estudio. Pero sus palabras le clavaron el corazón. No pudo pensar en otra cosa. Esa noche, cuando María acostaba a Lucía, se acercó a ella:
—María, ¿volverá Lucía con la abuela? Quizá después de Reyes…
Ella se volvió, con los ojos llenos de incredulidad:
—¿En serio? Llevamos seis años casados. Desde el principio supiste de Lucía. Es mi hija. Ahora debe estar con nosotras. Mi madre ya no puede, está mayor. Y una niña necesita a su madre. ¿Qué te molesta?
—No fue lo que acordamos. Yo esperaba que tuviéramos hijos propios, no criar a la hija de otro. Lo siento, pero no la siento mía.
María palideció. Retiró las manos del alféizar y dio un paso atrás:
—¿De otro? ¿Lo dices en serio? Viviste seis años conmigo, hablabas del futuro, del amor… ¿y ahora mi hija te estorba? Necesito pensar. Hoy duermes en el salón.
Arturo se tumbó en el sofá, pero no pudo dormir. Sus pensamientos revoloteaban como pájaros enjaulados. Sabía que María tenía razón, pero también sentía el dolor de una traición. Creía en unas reglas, y todo había cambiado.
Al amanecer, soñó: Lucía corría hacia él, riendo, lo abrazaba, y él la levantaba en brazos mientras ella susurraba: «Papá». Despertó sudando frío. Algo en ese sueño le llegó más hondo de lo que esperaba.
Se levantó, se miró al espejo. La respuesta era clara: aceptar a Lucía y ser parte de esa familia, o marcharse antes de destruirlo todo. La elección era suya.






