Felicidad en Fragmentos

La Felicidad en Pedazos

Adrián recibió una llamada de su madre: le pedía que colgara una estantería en la cocina. Al día siguiente, pasó por su casa, pero ella no estaba. La puerta del piso estaba abierta con su propia llave. La estantería estaba allí, como su madre le había dicho, pero el taladro… ¿Dónde estaba? Tal vez en el altillo, lleno de trastos viejos.

Subió a una silla, abrió la puerta y ¡ahí estaba el taladro! Tiró del cable, se enredó, el taladro se resbaló y golpeó un jarrón. Este se hizo añicos. Adrián maldijo, sabiendo lo mucho que su madre lo quería. Recogió los pedazos, colgó la estantería y se marchó. Por teléfono, le dijo a su madre que le compraría un jarrón nuevo para el Día de la Mujer. Pero no se libró fácilmente: ella se lamentó un buen rato.

Pasó el tiempo, pero no encontraba un jarrón igual. Justo el último sábado antes del día especial, Adrián lo vio… en las manos de una chica. El dependiente le dijo que era el último que quedaba. Se acercó, se disculpó y le contó la verdad: cómo había roto el jarrón y que su madre no lo perdonaría si no encontraba uno igual.

La chica, llamada Lucía, tras una pausa, sonrió y le extendió el jarrón. «Tómalo, salva tu conciencia de los reproches». Ella escogió otro, y Adrián se quedó con aquel.

Al salir de la tienda, empezaron a hablar. Él bromeó, ella se rió. Y pronto, la invitó a su casa… para el Día de la Mujer, con su madre. Lucía se sorprendió, pero aceptó.

Al día siguiente, llegaron juntos a casa de la madre de Adrián. Ella estaba encantada con el regalo y aún más con Lucía. «Mira, hijo, todo pasa por algo: de no ser por el jarrón, no tendrías a esta chica a tu lado», le dijo riendo.

Desde entonces, la vida de Adrián cambió. Él y Lucía pasaban cada vez más tiempo juntos: paseando por el parque, hablando de libros y películas, haciendo planes. La presentó a su hija, que venía de visita, y por suerte, se llevaron bien al instante. Lucía se conmovió por la bondad y atención de Adrián. Y su madre recordaba a menudo el día en que su hijo rompió el jarrón, seguro de que fue una señal del destino.

La propia Lucía se maravillaba de cómo un encuentro casual podía convertirse en algo tan profundo. Medio año después, se casaron. La boda fue sencilla, pero llena de cariño. La madre de Adrián brindó, agradeciendo otra vez al destino por el jarrón roto. Y él, mirando a su esposa, supo que había encontrado a la persona que siempre esperó. Cada vez que pasaba junto a aquella estantería, sonreía al recordar cómo un jarrón destrozado le había llevado a la felicidad que ni siquiera se atrevía a soñar.

Rate article
MagistrUm
Felicidad en Fragmentos