Llamada del pasado: el regreso del padre

Llamada del pasado: el regreso del padre

Iván cerró la puerta del frigorífico, secándose las manos con un trapo.

—Bueno, ahora debería funcionar. Congelará, pero hay que comprobarlo —dijo a la dueña—. ¿Tiene algún tuppers de plástico vacío? Echaremos agua y lo meteremos en el congelador. Esta noche le llamaré. Si el agua se ha congelado, todo estará correcto.

En ese momento, el teléfono volvió a sonar. Un nuevo cliente, pensó Iván, y contestó:

—¿Dígame? Sí, reparación de electrodomésticos. ¿Qué se le ha estropeado? Sí, soy Rodríguez Iván Vicentico, si eso le importa. —Se quedó mudo un segundo—. ¿Cómo dice? ¿Padre? —Casi se le cayó el móvil de la mano.

La voz al otro lado se presentó: Rodríguez Vicente Paulino. Iván tardó unos segundos en asimilarlo. Era su padre, al que no había visto ni escuchado en más de veinte años. El corazón se le aceleró y en su mente aparecieron recuerdos fragmentados como ráfagas.

—¿Y qué… quiere usted? —Vaciló, sin saber cómo dirigirse a ese hombre—. ¿Quedar y hablar? Claro, por supuesto, solo han pasado dos décadas. Lo siento, estoy trabajando, luego le devuelvo la llamada. —Colgó con un gesto seco y murmuró entre dientes—: Vaya sorpresa…

¿Ahora aparece después de tanto tiempo? Seguro que viene a pedir algo. ¿El qué? Su hijo ya es mayor, él ya envejeció y ahora necesita ayuda. ¿Cuántos años tendrá? Más de cincuenta, seguro. Dinero, sin duda. Iván resopló y volvió a concentrarse en su trabajo.

—¿Quedamos así? —le dijo a la clienta—. Esta noche le llamo y comprobará el agua en el táper. Si se congela, el congelador está bien.

La mujer le dio las gracias, e Iván se dirigió a su siguiente reparación. Una anciana necesitaba que le arreglara la lavadora porque perdía agua. La señora, muy conversadora, le insistió en tomar café con magdalenas. La avería era sencilla: la goma de la puerta estaba mal ajustada. Iván la recolocó y la fuga se detuvo. Otro técnico le había pedido un precio exagerado, pero él cobró lo justo. No le gustaba aprovecharse de los jubilados. La señora, encantada, repetía que hacía mucho que no topaba con gente tan amable. Iván sonrió incómodo, tomó su café y prometió volver si algo más se rompía.

Pero su mente no podía alejarse de la llamada de su padre. Imágenes borrosas asaltaban su memoria. Cuando sus padres se divorciaron, Iván tenía cinco años. Su padre bebía, había perdido el trabajo. Su madre lloraba, pero creía en sus promesas. Un día, estando ella de turno, su padre fue a recogerle a la guardería. De camino, se pararon en un parque. Él sacó una botella de cerveza del bolsillo y empezó a quejarse ante su hijo pequeño: que su madre no le respetaba, que él hacía lo que podía, pero la vida era difícil. Se emborrachó, se desplomó en el banco y se quedó dormido. Iván sintió vergüenza. Intentó despertarle, pero su padre le apartaba. La gente los miraba. Al final, decidió que a su padre no le importaba, y se marchó solo. El camino parecía interminable, se perdió, hasta que una vecina lo encontró.

Su madre no gritó aquella noche. Solo le dijo a su padre, con voz fría:

—Vete. Dejaste a tu hijo solo. ¿Qué clase de padre eres?

El padre se fue a otra ciudad. A veces enviaba dinero y juguetes. Su madre se burlaba:

—No necesitamos a ese padre, ¿verdad, Ivanito?

Cuando Iván cumplió diez años, su madre le presentó a tío Luis.

—Cariño, Luis quiere casarse conmigo. Va a cuidar de nosotros. ¿Te gustaría que te compráramos una bici nueva?

Su padrastro resultó ser buena persona. Quería a su madre, pero nunca fue un padre para Iván. Parte del amor de ella ahora era de Luis, e Iván se sentía de más.

Esa noche, Iván buscó el número de su padre y marcó con desgana. El hombre contestó al instante:

—Iván, quedemos. Tenemos que hablar. Mañana a las siete, en el paseo de siempre, junto a la fuente. ¿Puedes?

—Vale, iré —gruñó Iván.

Su madre le había contado que Luis quería adoptarle, darle su apellido. Eran una familia. Pero Iván se negó. Quería seguir siendo Rodríguez Iván Vicentico, mantener ese invisible lazo con su padre. Su madre quería borrar el pasado, olvidar a su exmarido, pero Iván seguía esperando. No sabía el qué. Hasta que se dio cuenta: no había nada que esperar.

Al día siguiente, caminó hacia el paseo con una decisión tomada: si su padre pedía dinero, se lo daría, y ahí acabaría todo. Él había enviado regalos, dinero; le devolvería el favor y se olvidaría. Su madre tenía a Luis, a ella no le importaba.

—Le da vergüenza, por eso manda cosas —decía cuando llegaban los paquetes.

Junto a la fuente, Iván distinguió a un hombre mayor. El tipo se levantó del banco y se acercó. «Por favor, nada de ñoñerías como “hijo, al fin nos vemos”», pensó Iván. Y, sobre todo, esperaba que su padre no oliera a alcohol.

—Buenas tardes, Iván —el hombre le tendió la mano.

—Buenas —respondió Iván, estrechándosela y notando que tenía un apretón firme.

—Te lo diré claro —empezó su padre—. Prometí a tu madre ayudaros, pero no entrometerme mientras fueras un niño. Yo le daba asco, y tú me tenías miedo. Me fui a otra ciudad. Al principio no encontraba trabajo, bebía por desesperación. Tras una borrachera, acabé en el hospital casi muerto. La enfermera que me cuidó se convirtió en mi mujer. Tenía una hija, Clara, y la crié como si fuera mía. Me puse a arreglar coches, electrodomésticos, lo que fuera. Monté un equipo. Pero tú ya eres mayor. Quería verte, hablar. Eres lo único que tengo de sangre. Necesito pedirte…

Iván le miró fijamente. Ahí viene, pensó. El dinero. Pero su padre no parecía un borracho: vestía bien, su mirada era clara. Tenía sus mismos ojos, sus mismas orejas. Hasta metía las manos en los bolsillos como él. Podría haber sido un verdadero padre.

—Iván, tengo un negocio de reparaciones con un socio —continuó—. Veo que los dos somos del mismo palo. He vuelto a esta ciudad y he traído a mi familia. Quiero abrir una sucursal aquí. Te ofrezco ser mi socio y, con el tiempo, el dueño. Piénsalo, hijo. Sé que soy un extraño para ti. Pero quiero darte lo que no pude antes. Apoyarte como un padre.

Iván se quedó helado. Esperaba otra cosa. No venía a por dinero, sino a ofrecerle un negocio. En unos días, aceptó.

Poco a poco, Iván fue conociendo a su padre de nuevo. El rencor, la sensación de abandono se esfumaron. El trabajo en común los unió como piezas de un puzle finalmente completado. Ahora Iván Vicentico no iba solo de casa en casa. Tenía una gran empresa de reparaciones con su padre. A los jubilados siempre les hacía descuento.

Además, Iván le pidió matrimonio a su novia, Marta. Llevaban dos años juntos, pero no se atrevía. Ahora lo tenía claro: quería serY cuando su hijo nació, lo llamó Vicente, en honor al padre que al fin había vuelto.

Rate article
MagistrUm
Llamada del pasado: el regreso del padre