Tenía solo 16 años cuando trajo a casa a su novia embarazada, un año mayor que él.

Tenía solo dieciséis años cuando la llevó a su casa… A una chica, desde hacía tiempo embarazada, un año mayor que él.

Lucía estudiaba en el mismo instituto que él, pero en otro curso. Durante días, Ignacio observó cómo aquella desconocida se encogía en un rincón, llorando en silencio. No escapó a su mirada el vientre incipiente, la misma ropa durante semanas, ni la mirada vacía, desprovista de esperanza.
Resultó que casi todos conocían su historia… El nieto de un hombre influyente en la ciudad había salido con ella y luego desapareció, diciendo que se iba por trabajo a otra región. Sus padres no querían saber nada de ella. Se lo dijeron sin rodeos.
Y su propia familia, como en plena Edad Media, temiendo el “qué dirán”, la echó de casa y se fue a una finca en el campo. Unos la compadecían; otros reían a sus espaldas.
—Es su culpa. ¡Hay que pensar con la cabeza!—

Ignacio no podía quedarse de brazos cruzados. Lo pensó bien y se acercó.
—No será fácil, pero basta de llorar. Vente a mi casa. Nos casaremos. Pero te advierto: no sé mentir ni haré tonterías contigo ni con el niño. Solo intentaré estar allí y prometo que todo saldrá bien.

Lucía se secó las lágrimas y lo miró. ¿Qué podía decir? Un chico normal, sin pretensiones. ¡Y ella había soñado con otro futuro! Pero en su situación, no tenía opción y aceptó.

Sus padres quedaron en shock. Su madre le rogó que recapacitara, pero él fue firme.
—Mamá, no te preocupes, todo irá bien. Tengo dos becas, la normal y la social. Haré horas extras y lo sacaremos adelante.
—¡Pero querías seguir estudiando!
—¿Y qué? Vivimos decentemente. Papá trabaja en la fábrica, tú en la tienda. La gente vive sin carrera. Mamá, ¡no es el fin del mundo!

Lucía se instaló en su habitación. Él le cedió la cama y se mudó a un incómodo sofá cama. Los primeros días fue como una sombra, caminando de su mano al instituto y de vuelta. Hasta que estalló.
—¡Estoy harta! Tus padres me miran mal. No les gusto. ¿Y por qué nunca pasas tiempo conmigo? Siempre estudiando o trabajando.

Ignacio se sorprendió.
—¿No crees que es normal? Sí, a mis padres no les caes bien, pero te han acogido. ¿Miradas? Los tuyos ni te quieren ver. ¿Y los padres del padre de tu hijo? ¿Dónde están? Estudio porque no quiero suspender y perder la beca. Trabajo porque necesitamos dinero. No me interesan tus series cursis.

Lucía lloró.
—¿Por qué eres así?
—Te lo advertí: no sé mentir. Por cierto, ¿cuándo vamos al registro civil?

—No puedo ir así. Cómprame un vestido bonito, de talle alto, que no se note.
—¿Estás loca? Presentaremos el certificado de embarazo. Necesito ahorrar para el cochecito y la cuna.

Su madre recurrió al valium y la tila, pero poco a poco aceptó la situación. Hasta empezó a mirar ropa de bebé. Al fin y al cabo, no era tan terrible. Que se casaran, que ellos les ayudarían. Pero la chica era ingrata, descontenta con Ignacio, con ellos, con el piso pequeño. Bueno, quizá cambiara al dar a luz.

Pero Lucía no cambió. Cuando Ignacio llegó sucio y sudoroso del lavadero con una gata, se enfureció.
—¡Eres idiota! ¿Para qué queremos esta gata sarnosa? ¡Tírala! ¡Fuera de aquí!

Él se mantuvo firme.
—No. Va a tener gatitos. Se queda, así que déjalo. Mejor caliéntame la cena.

—¿Ah, sí? —casi chilló—. ¡Elige! ¿Ella o yo? ¡Hasta la gata me mira mal!

Ignacio frunció el ceño.
—No elijo. Es mi casa. La gata se queda, y si no te gusta, te vas. Hasta mi madre me respeta más. Quizá seas tú la que debería dejar de mirar a todos con desdén.

Lucía lloró, se quejó, hasta tuvo celos de aquella gata flaca. ¿Dónde veía Ignacio que estaba preñada? Pero era cierto: pronto nacieron cuatro gatitos.

Él estaba agotado, pero cuando el arrepentimiento asomaba, lo ahuyentaba. Aguantarían. Lucía daría a luz, se calmaría… Los gatitos ayudarían.

Pero todo salió mal. El abuelo, ese hombre influyente, regresó de un viaje y se enteró. Buscó al nieto, lo reprendió y lo amenazó: si su bisnieto crecía en otra familia, lo desheredaría. Y el “niño” no quería perder su herencia.

Lucía se fue con él al instante, olvidando a Ignacio. Afortunadamente, llevaba los documentos (iba a la consulta después de clase). Las cosas no importaban: ¡le comprarían ropa nueva! ¡Y nunca más pisaría ese instituto cutre!

Ignacio quedó destrozado. ¿Ni una palabra? Ni adiós, ni llamada. Tiró sus cosas y pasó horas a oscuras, abrazando a su gata. Ella lo entendía, ronroneando, consolándolo en silencio.

Asistió al parto solo, sin dejar que sus nerviosos padres se acercaran. Habló con la gata, la tranquilizó, vigiló cada paso. Todo salió bien: cuatro gatitos sanos. Cambió la manta, dejó agua y comida. Solo al acostarse recordó que ese día también era su cumpleaños.

Ahora tenía diecisiete…

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MagistrUm
Tenía solo 16 años cuando trajo a casa a su novia embarazada, un año mayor que él.