Descubrí su segundo teléfono… Pero la verdad no era lo que esperaba

Descubrí que tenía un segundo móvil… pero la verdad no era la que esperaba.

Con Álvaro llevábamos más de diez años juntos. Después de tanto tiempo, uno pensaría que dos personas se vuelven más cercanas, que se entienden sin palabras. Pero últimamente sentía como si un muro invisible nos separara. Él se había vuelto distante, ensimismado. Intentaba no dramatizarlo—el trabajo, la edad, el cansancio, quizás solo había desaparecido aquel sentimiento romántico de antes. Pero aún así dolía. Habíamos pasado por mucho: mudanzas, problemas económicos, enfermedades de los padres, criar a nuestro hijo… ¿Acaso eso no une?

Una tarde cualquiera, mientras ordenaba nuestro dormitorio, decidí revisar la ropa de invierno. Del armario se deslizó una chaqueta vieja de Álvaro, que llevaba años sin usar. De repente, del bolsillo interior, cayó un móvil. Pequeño, barato, con la carcasa gastada. Estaba cargado y en modo silencioso. Me pareció extraño. El teléfono parecía activo, funcional, pero mi marido nunca lo había mencionado.

Mi primer impulso fue guardarlo y fingir que no lo había visto. Pero la curiosidad pudo más. No buscaba una pelea, pero cuando aparecen secretos en una relación, eso ya es peligroso.

Abrí el menú. No había llamadas, ni entrantes ni salientes. Solo mensajes. Y todos eran entrantes. Entonces, el corazón se me encogió. Lo primero que leí:

«Otra vez discutimos… Pero sabes que te quiero con locura. Hasta pronto.»

Otro decía:

«¿Estás enfadado? No era mi intención. Estoy agotada. Voy al supermercado, no te pongas así.»

Y un tercero:

«No tenías que gritarme así. Me has hecho daño. Pero aún así te beso.»

Me quedé petrificada. ¿Esas palabras estaban escritas… por una mujer? No, al contrario, eran de un hombre. Y claramente iban dirigidas a una mujer. Seguí leyendo. Todos los mensajes eran iguales: cariñosos, dolidos, apasionados. Y ninguno tenía respuesta.

Temblaba de rabia. Las manos me vibraban y un nudo me apretaba la garganta. ¿Acaso él… estaba con un hombre? ¿O era una mujer que fingía ser él? ¿O quizás se escribía a sí mismo? No entendía nada, y esa incertidumbre me aterraba.

Pasé hasta el primer mensaje. Decía así:

«No sé expresarme. Cuando estás cerca, me bloqueo. Se me hace más fácil escribir. Este es mi diario secreto sobre ti. Este móvil es como mi confidente. Aquí escribiré todo lo que siento por ti. A veces no me entiendes, pero te amo. Solo a ti. Y si algún día encuentras este teléfono, sabrás que cada palabra es para ti.»

Me senté en la cama y lloré. Era sobre mí. Todo ese tiempo, él había estado… escribiendo un diario. Hablaba de nuestras peleas, de sus sentimientos, de todo lo que no podía decirme en persona. Había mensajes de casi dos años. Había intentado salvar nuestra relación a su manera. Callaba, pero escribía.

Cuando volvió del trabajo esa noche, no me quedé callada. Solo le alcancé el móvil y dije: «Lo encontré todo». No se asustó, no se justificó. Solo suspiró, se sentó a mi lado y me abrazó. Guardamos silencio un buen rato.

Entonces se nos ocurrió una idea: crearíamos un buzón virtual compartido. Escribiríamos ahí todo lo que no nos atrevíamos a decir en voz alta. Sentimientos, preocupaciones, reproches, deseos. Lo leeríamos por turnos. Y luego hablaríamos. Y nos abrazaríamos.

Así salvamos nuestro matrimonio. Y, aunque parezca extraño, volví a enamorarme de mi marido. Del mismo Álvaro con el que un día lo había comenzado todo. Del hombre que encontró su manera silenciosa de amar.

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Descubrí su segundo teléfono… Pero la verdad no era lo que esperaba