El destino en el corazón: la elección de una vida
Cuando entregó los análisis, Isabel sintió que el corazón se le encogía de pena. Dentro de ella crecía una personita —quizá una niña, rubia, con una sonrisa traviesa—. Pero el miedo y la desesperación ahogaban esos pensamientos. Subió a un autobús atestado para ir a la consulta. Al bajar, en una parada, casi se cayó entre la multitud. De repente, algo se deslizó de su hombro. Dio un grito: la correa de su bolso había sido cortada. Los ladrones le habían robado todo —el dinero, los documentos, los resultados de las pruebas—.
Las lágrimas la ahogaban, pero no había remedio. Isabel volvió a casa. Parte de los análisis tuvo que repetirlos, otra parte, recuperarlos. La segunda vez, al salir del autobús, tropezó y se lastimó la pierna. El dolor le atravesó el cuerpo, y en su alma nació un temor supersticioso: «Si voy una tercera vez, no llegaré». Entonces lo decidió: el niño nacería. El miedo se esfumó, y su corazón sintió alivio.
El embarazo transcurrió con calma. La ecografía confirmó que era una niña. Isabel ya imaginaba cómo la llamaría —Lucía—. Pero en la segunda ecografía, los médicos la dejaron atónita: sospechaban síndrome de Down en el feto.
—Hay que hacer una amniocentesis, un análisis del líquido amniótico —dijo la doctora, escribiendo la orden—. Pero le advierto: el procedimiento es arriesgado, podría provocar un aborto o una infección.
Con el corazón apesadumbrado, Isabel aceptó.
El día de la prueba, acudió a la consulta con Javier. Él se quedó en el pasillo, jugueteando nervioso con las llaves. Isabel, con las piernas temblorosas, entró en la sala. La doctora conectó el aparato para escuchar el latido del feto. Sonaba tan rápido que parecía a punto de estallar.
—Esperaremos —decidió la médica—. Le pondremos magnesio para calmarlo.
La mandaron al pasillo. Allí se sentó, apretando las manos, mientras Javier intentaba animarla. Media hora después, la llamaron de nuevo. El latido se había normalizado, pero ahora el bebé estaba de espaldas —en esa posición no podían tomar la muestra—.
—Esperaremos más —suspiró la doctora—. A ver si se gira.
A la tercera, todo era perfecto: el feto se había girado, el corazón latía con normalidad. Le desinfectaron el vientre con yodo. Hacía un calor sofocante, y la ventana de la sala estaba abierta para que entrara algo de aire. La enfermera cogió la bandeja con los instrumentos y, en ese instante, entró volando una paloma. El ave, enloquecida de miedo, revoloteó por la sala, chocó contra las paredes, se abalanzó sobre la gente. La enfermera gritó, la bandeja se le cayó de las manos y los instrumentos se esparcieron con estrépito por el suelo.
De nuevo, la mandaron al pasillo. Javier, al oír el alboroto, se levantó de un salto:
—¿Qué pasa ahí dentro?
—Entró una paloma, lo ha revuelto todo —respondió ella, sintiendo que algo se helaba en su interior.
—Isabel, es una señal —murmuró él—. Vámonos a casa.
Se marcharon sin mirar atrás.
A su debido tiempo, Isabel dio a luz a una niña. La llamaron Lucía —blanca, traviesa, con unos ojos que brillaban—. Cuando Lucía cumplió diez años, Isabel, al ver su sonrisa, recordó aquel día en la consulta. La paloma, como un ángel, irrumpió en sus vidas para evitar un error. Lucía estaba sana, y cada una de sus risas le recordaba a Isabel que el destino había elegido por ellos.
Pero en su corazón aún habitaba la sombra del miedo. ¿Qué habría pasado si no hubiera escuchado las señales? ¿Si la paloma no hubiera entrado? Abrazaba a Lucía con más fuerza, sintiendo cómo el amor por su hija ahogaba todas las dudas. La vida no era más fácil, el dinero seguía escaseando, pero Lucía —su pequeño milagro— valía todas las pruebas.






