**Estofado de Amor**
Víctor y Lucía acababan de llegar del supermercado, cargados con bolsas que depositaron en la cocina antes de empezar a desembalarlas. Víctor, ensimismado en sus pensamientos, se giró bruscamente hacia ella con una sonrisa leve:
—Lucía, vete a descansar. Yo prepararé algo especial… mi plato estrella. ¡Estofado!
—¿Sabes hacer estofado? —preguntó Lucía con los ojos abiertos de asombro.
—Sí, ¿y qué tiene? —respondió él, sinceramente sorprendido.
—No… es que… —De pronto, Lucía se tapó el rostro con las manos y rompió a llorar en silencio, como si un torrente de emociones hubiera desbordado su corazón.
Víctor, confundido, se acercó y se sentó a su lado.
—Lucía, ¿qué pasa? ¿Ocurre algo?
Ella tardó en responder, pero al fin, secándose las lágrimas, murmuró:
—Nadie… en todos estos años… me había preparado estofado. Ni una vez. Mi madre lo hacía, hace mucho… Después, siempre era yo quien cocinaba para los demás. Y él… Carlos… solo comía, bebía, se divertía… Mientras yo cargaba con todo.
Víctor bajó la mirada. Sabía que Lucía se había divorciado recientemente y lo duro que había sido para ella.
La separación de Carlos era inevitable. Se había perdido en una juerga justo antes de las vacaciones familiares, sin aparecer en la estación, donde su esposa y su hijo lo esperaban. Entonces Lucía entendió: ya basta. No aguantaría más.
Al principio, sintió alivio. Noches sin portazos ni charlas ebrias en la cocina. Sin el ruido del frigorífico a las tres de la madrugada. Sin el olor a alcohol de sus amigos. Silencio y libertad. Pero, a los seis meses, ese silencio se volvió ensordecedor. La ahogaba.
Sí, Lucía tenía a su hijo Álvaro, su trabajo, sus amigas fieles. Pero le faltaba lo esencial: un hombro en el que apoyarse. Compañía. Calor.
Desesperada, acudió a su hermano Javier:
—¿Conoces a alguien decente?… Alguien que no ande de juerga ni invada el alma con sus miserias.
Javier sonrió:
—Sí, conozco a uno. Víctor. Es sencillo, pero de fiar. No es un Adonis, pero es buena persona. Créeme, no te recomendaría a cualquiera.
La primera vez que lo vio, a Lucía le pareció demasiado corriente. Delgado, alto, con rasgos alejados de los cánones de moda. Nada llamativo, pero… sus ojos eran sinceros, cálidos.
*«El cariño nace con el tiempo»*, pensó, y decidió darle una oportunidad. Peor no podía estar.
Las primeras citas fueron discretas, incluso algo torpes. Hasta que Víctor desapareció una semana. Lucía asumió que no le gustaba. Se sintió herida. Hasta que él volvió con un pastel y flores.
—Me mandaron de improviso a un viaje de trabajo. Perdona por no avisarte.
A partir de entonces, se vieron más. Paseaban, hablaban. Lucía aún escondía a Álvaro, temerosa de asustar ese calor que empezaba a crecer en su pecho.
Un día se encontraron frente al supermercado. Las bolsas, como siempre, pesaban demasiado. Víctor señaló con la cabeza:
—Tengo el coche aquí. Vamos, lo guardamos en el maletero.
—¿Coche? No lo sabía…
Mientras cargaban las compras, apareció Carlos. Borracho, como siempre. Con el rostro torcido. Al ver a Víctor, espetó con sorna:
—¡Qué sorpresa! ¿Ya te buscaste un hombre? ¡Y yo que solo quería ver a mi hijo!
—¿Tu ex? —susurró Víctor.
—Sí… —suspiró Lucía.
—Vete, Carlos —dijo ella con firmeza—. Hoy no.
—¡Ah, qué miedo! Y tú, pringado, ¡cuidado! —farfulló Carlos antes de alejarse tambaleándose.
Víctor se contuvo. Por Lucía.
En casa, ella guardaba los alimentos en silencio. Luego se sentó en un taburete y se abrazó a sí misma.
—¿Te ha afectado? —preguntó él en voz baja.
—Sí…
—¿Aún lo quieres?
—No. Esos sentimientos murieron hace tiempo. Solo queda rencor.
—Entonces todo está por venir. Descansa, yo haré el estofado.
—¿De verdad sabes? —volvió a sorprenderse.
—Claro.
Y de nuevo, las lágrimas. De agotamiento. De saber que, al fin, alguien no exigía ni usaba, sino que simplemente quería cocinar para ella…
Víctor se afanaba en la cocina cuando Lucía se quedó dormida en el salón. Él la cubrió con una manta, cerró las cortinas. Se detuvo un instante y le acarició el pelo, como si fuera sagrado.
De pronto, un ruido en la cerradura.
*¿Álvaro?*
Pero quien entró fue Carlos.
Un minuto después, él ya estaba en el rellano, con la puerta golpeando tras de sí.
—¡Vuelve a aparecer y verás! —gruñó Víctor antes de regresar a vigilar las patatas.
Media hora más tarde, Lucía despertó, desperezándose.
—¿Ha venido alguien?
—Debe de haber sido un sueño —contestó él con dulzura.
Y pensó: *«Ahora la protegeré. Siempre»*.
Esa noche, Lucía dijo:
—Quiero que conozcas a Álvaro. Y… mañana cambiaré las cerraduras.
Un mes después, se casaron. Javier estaba feliz. Le repetía a Álvaro:
—Mira, hijo, este es tu padre. El de verdad. Cuídalo.
Y el niño asentía.
Mientras Víctor preparaba otra vez el estofado, aún no podía creer que la felicidad auténtica empezara así. Con amor, con bondad… y con un simple estofado.





