El último camino bajo la lluvia
Un frío aguacero otoñal azotaba el camino embarrado que conducía al pueblo de Valdelinares. Sergio Navarro, encorvado bajo los torrentes de agua, avanzaba con obstinación. El barro se pegaba a sus suelas, cada paso era una batalla, pero no se detenía. Hoy debía estar allí, al lado de su Margarita. Finalmente, entre el velo gris de la lluvia, aparecieron las siluetas del viejo cementerio.
—Ahí está tu abedul— susurró Sergio, y su voz tembló de dolor.
Se acercó a la humilde lápida y se arrodilló pesadamente, sin notar cómo la ropa empapada le helaba el cuerpo. La lluvia se mezclaba con sus lágrimas, resbalando por su rostro surcado de arrugas. No sabía cuánto tiempo permanecería así, sumergido en recuerdos. Pero, de repente, unos pasos resonaron a sus espaldas. Sergio se volvió y se quedó inmóvil, el corazón apretado por la sorpresa.
Esa mañana había sido húmeda y melancólica. Sergio Navarro, envuelto en un viejo abrigo, esperaba en la parada del autobús de la ciudad. El autobús se retrasaba, y eso lo irritaba. A su lado, una joven reía con despreocupación mientras hablaba por teléfono, ignorando su mirada ceñuda.
—¿Podrías hablar más bajo?— soltó él bruscamente, sin contener su irritación.
—Perdone— respondió ella, desconcertada, bajando el teléfono—. Mamá, te llamo luego, ¿vale?
Se hizo un silencio incómodo. Sergio se sintió avergonzado; su grosería le había molestado incluso a él mismo. Tosiendo, murmuró:
—Disculpe, hoy no estoy de humor.
La joven lo miró con una sonrisa amable:
—No pasa nada, este tiempo pone nervioso a cualquiera. A mí me encanta la lluvia otoñal. ¡Huele como si el otoño respirara!
Sergio no respondió, solo asintió. Nunca había sido de hablar con desconocidos. Eso siempre lo hacía Margarita. Ella se encargaba de todo: desde las facturas hasta las conversaciones familiares. Sergio había aceptado su cuidado como algo natural, sin pensarlo, mientras ella estuvo a su lado. Sin ella, su mundo se había quedado vacío, como un campo quemado.
La chico, sin inmutarse por su silencio, continuó:
—¿Sabe? Es bueno que el autobús se retrase. Así los rezagados llegan a tiempo. Mi amiga, por ejemplo, todavía no ha venido.
Sergio quiso replicar que eso era un pobre consuelo para quienes se helaban bajo la lluvia, pero entonces recordó a Margarita. Si cuarenta años atrás no hubiera alcanzado ese autobús, sus caminos quizá nunca se habrían cruzado. ¿Cómo habría sido su vida? ¿Habría sido más feliz sin él?
Margarita siempre supo ver luz en los días más oscuros. Su sonrisa era como un rayo de sol, y su bondad calentaba a todos.
—Ni siquiera sabía cuándo le costaba— pensó Sergio, y los ojos le escocieron de lágrimas.
Para distraerse, decidió seguir la conversación:
—¿Vas a Valdelinares? Es un pueblo pequeño, casi sin jóvenes.
—Sí— asintió ella—. Soy la nieta de tía Carmen, voy a visitarla. ¿Y usted?
—A ver a mi mujer— respondió Sergio en voz baja—. Allí están sus raíces.
—¿Cómo se llamaba? Quizá la conozco.
—Hernández. Margarita Isabel.
La joven lo pensó, pero negó con la cabeza:
—No, no la recuerdo.
—Al casarse conmigo, se mudó a la ciudad— explicó él—. Solo volvía para ver a sus padres, y después… ya casi no iba.
Calló, hundiéndose en los recuerdos. Margarita adoraba Valdelinares, soñaba con que visitaran el pueblo más a menudo. Pero Sergio nunca tenía tiempo. Ahora tenía todo el tiempo del mundo, pero ya no tenía familia. Su hijo, Pablo, tenía su propia vida, y a los nietos apenas los veía.
—¡Ahí viene mi amiga!— exclamó la joven, saludando con la mano—. ¡Por aquí, Lucía!
Se volvió hacia Sergio, sonriendo:
—Ahora llegará el autobús.
Y así fue. A lo lejos apareció el autobús. El trayecto a Valdelinares duraba unas dos horas. Sergio recordó una vez, en su juventud, cuando Margarita perdió el autobús y pasearon por la ciudad hasta medianoche. Eran días llenos de esperanza y calor.
Luego vino la rutina. Casi nunca discutían—de hecho, era imposible enfadarse con ella. Su paciencia y bondad no tenían límites. Pero Sergio cambió, empezó a dar por sentado su amor, sin valorar los momentos que compartían.
Si pudiera decirle algo a su yo joven, sería una palabra: «Valórala».
Cuando el autobús entró en el pueblo, el corazón de Sergio latió con fuerza. Una cita de un libro vino a su mente: «El infierno es el nunca más».
La lluvia en Valdelinares no cesaba, repiqueteando en el techo del autobús. Sergio se levantó con dificultad:
—Aquí me bajo.
Bajó bajo el aguacero sin mirar atrás. La joven y su amiga también descendieron, resguardándose bajo un toldo. Al ver hacia dónde se dirigía, ella gritó:
—¡Espere! ¡Allí solo está el cementerio!
Sergio se detuvo, se volvió, pero no dijo nada. Su mirada lo expresó todo. La joven bajó los ojos, comprendiendo.
El día en que Margarita se fue para siempre quedó marcado a fuego en su memoria. Habían discutido por una tontería. Él, como siempre, se encerró en sí mismo, rechazó la cena y calló. Margarita, que siempre se preocupaba por él, intentó reconciliarse, pero él se mantuvo frío.
—Voy a la tienda— dijo ella, secándose las lágrimas—. ¿Necesitas algo?
—Nada— gruñó él.
Salió, y nunca más la volvió a ver. Un coche la atropelló en el paso de cebra. En un instante, la vida de Sergio se derrumbó, dejando solo vacío y culpa.
Ahora caminaba por el camino encharcado, sin sentir el frío. La lluvia le golpeaba el rostro, pero seguía avanzando hacia el cementerio. Al llegar a la tumba de Margarita, se arrodilló.
—Aquí está tu abedul, mi niña— susurró, ahogado por el dolor.
Las lágrimas fluían, mezclándose con el agua. Perdió la noción del tiempo, sumido en la pena. Pero de pronto, de nuevo, unos pasos sonaron tras él. Sergio se volvió y se quedó paralizado. Allí estaba la chica de la parada, empapada pero con una sonrisa cálida. En sus manos sostenía un paraguas.
—Perdone que la moleste— dijo suavemente—. Pero su esposa no querría que se resfriara. Venga con nosotras, espere a que escampe.
Sergio, apoyándose en su brazo, se levantó lentamente. Ella continuó, como temiendo su silencio:
—Estoy segura de que le amó y fue feliz con usted. Y le habría perdonado.
—¿Se nota tanto que me culpo?— preguntó él con voz ronca.
—La culpa acompaña a la pérdida— respondió ella—. Quien ha perdido a alguien lo sabe. Pero no la haga sufrir más. Cuídese. Venga, está empapado.
Sergio la escuchó, y en sus palabras había algo de Margarita—la misma ternura, la misma bondad. Lentamente, con insegSergio dio un paso adelante, dejando atrás la tumba bajo la lluvia, mientras la joven sostenía el paraguas como un puente hacia una vida que aún podía ser vivida.





