El último viaje bajo la lluvia

Un frío aguacero otoñal azotaba el camino embarrado que llevaba al pueblo de Valderrey. Don Fernando Martínez, encorvado bajo los torrentes de agua, avanzaba con obstinación. El barro se pegaba a sus suelas, cada paso era una batalla, pero no se detenía. Hoy debía estar allí, junto a su Margarita. Al fin, entre el manto gris de la lluvia, se distinguieron las siluetas del viejo cementerio.

—Ahí está tu olivo— susurró Fernando, y su voz tembló de dolor.

Se acercó a la modesta lápida y cayó de rodillas, sin notar cómo la ropa empapada le helaba el cuerpo. La lluvia se mezclaba con sus lágrimas, resbalando por su rostro surcado de arrugas. No sabía cuánto tiempo permanecería así, ahogado en recuerdos. Pero de pronto, escuchó pasos a sus espaldas. Se volvió y se quedó inmóvil, el corazón oprimido por la sorpresa.

Aquella mañana había sido húmeda y melancólica. Fernando, envuelto en su vieja gabardina, esperaba en la parada del autobús de la ciudad. El retraso del transporte lo irritaba. A su lado, una joven reía con despreocupación, hablando por teléfono, sin reparar en su ceño fruncido.

—¿Podría hacer menos ruido?— soltó él, sin contener el malhumor.

—Perdone— respondió ella, confundida, bajando el teléfono—. Mamá, te llamo luego, ¿vale?

Quedó un pesado silencio. Fernando se sintió incómodo; su propia grosería lo hirió. Carraspeó y murmuró:

—Disculpe, no estoy de buen humor hoy.

La chica lo miró con una sonrisa dulce:

—No pasa nada, este tiempo pone a todos de los nervios. A mí me encanta la lluvia de otoño. ¡Huele como si el propio otoño respirara!

Fernando guardó silencio, apenas asintió. No era hombre de charlas con extraños. Eso siempre lo había hecho Margarita. Ella se ocupaba de todo: las facturas, los parientes, la vida entera. Él aceptaba sus cuidados como algo natural, sin preguntarse nada mientras estuvo ahí. Sin ella, su mundo quedó vacío, como un campo arrasado.

La muchacha, sin dejarse intimidar por su mutismo, continuó:

—¿Sabe? Es bueno que el autobús se retrase. Así llegan los rezagados. Mi amiga, por ejemplo, aún no ha venido.

Fernando quiso replicar que eso no consolaba a quienes tiritaban bajo la lluvia, pero le vino a la mente Margarita. Si hace cuarenta años no hubiera alcanzado aquel autobús, quizás sus caminos nunca se habrían cruzado. ¿Habría sido más feliz sin él?

Margarita siempre supo ver luz en los días más oscuros. Su sonrisa era un rayo de sol, su bondad calentaba a cualquiera.

—Ni siquiera supe cuando ella sufría— pensó Fernando, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Para distraerse, intentó seguir la conversación:

—¿Va a Valderrey? Es un lugar perdido, casi no hay jóvenes allí.

—Sí— asintió ella—. Soy la nieta de tía Carmen, voy a visitarla. ¿Y usted?

—A mi esposa— respondió él en voz baja—. Allí está enterrada.

—¿Cómo se llamaba? Quizá la conocí.

—Delgado. Margarita Pilar.

La joven reflexionó, pero negó con la cabeza:

—No, no la recuerdo.

—Se mudó a la ciudad conmigo— explicó Fernando—. Solo volvía para ver a sus padres. Tras su muerte, apenas venía.

Calló, sumergido en los recuerdos. Margarita adoraba Valderrey, soñaba con que volvieran juntos más a menudo. Pero él nunca tenía tiempo. Ahora el tiempo le sobraba, pero la familia se había esfumado. Su hijo Javier tenía su propia vida, los nietos no venían.

—¡Ahí está mi amiga!— exclamó la chica, saludando con la mano—. ¡Por aquí, Ana!

Se volvió hacia Fernando, sonriente:

—Ahora sí llegará el autobús.

Y así fue. A lo lejos apareció el vehículo. El trayecto a Valderrey duraba unas dos horas. Fernando recordó cuando, jóvenes, Margarita perdió una vez el autobús y pasearon por la ciudad hasta medianoche. Era un tiempo de esperanza y calor.

Luego vino la monotonía. Casi nunca discutían—con ella era imposible pelear. Su paciencia y ternura no tenían límites. Pero él cambió, dio por sentado su amor, sin valorar los momentos que compartían.

Si pudiera decirle una palabra a su yo joven, sería: “Aprecia”.

Cuando el autobús entró en el pueblo, el corazón de Fernando latió con fuerza. Una cita de un libro vino a su mente: “El infierno es el nunca más”.

La lluvia en Valderrey no cesaba, repiqueteando en el techo del autobús. Fernando se levantó con esfuerzo:

—Esta es mi parada.

Bajó al aguacero sin mirar atrás. Las chicas también descendieron, guareciéndose bajo un tejadillo. Al ver hacia dónde iba, una de ellas gritó:

—¿Adónde va? ¡Ahí solo está el cementerio!

Fernando se detuvo, se volvió, pero no dijo nada. Su mirada lo expresó todo. La joven bajó los ojos, comprendiendo.

El día en que Margarita se fue para siempre quedó marcado a fuego en su alma. Habían discutido por una tontería. Él, como siempre, se encerró en sí mismo, rehusó cenar y calló. Margarita, que siempre se preocupaba por él, intentó reconciliarlo, pero él fue frío.

—Voy a la tienda— dijo ella, secándose las lágrimas—. ¿Necesitas algo?

—Nada— gruñó él.

Salió, y no la volvió a ver. Un coche la atropelló en el paso de cebra. En un instante, la vida de Fernando se derrumbó, dejando solo vacío y culpa.

Ahora caminaba por el camino encharcado, insensible al frío. La lluvia le golpeaba el rostro, pero avanzaba hacia el cementerio. Al llegar a la tumba de Margarita, cayó de rodillas.

—Aquí está tu olivo, mi niña— susurró, ahogado en pena.

Las lágrimas fluían, mezclándose con el agua. Perdió la noción del tiempo, hundido en el dolor. Pero de nuevo, pasos a su espalda. Se giró y se quedó quieto. Era la muchacha de la parada, empapada, pero con una sonrisa cálida. En sus manos sostenía un paraguas.

—Perdone que le moleste— dijo suavemente—, pero su mujer no querría que se pusiera malo. Venga con nosotras, espere a que escampe.

Fernando, apoyándose en su brazo, se levantó lentamente. Ella continuó, como temiendo su silencio:

—Estoy segura de que le quiso y fue feliz con usted. Y le habría perdonado.

—¿Se nota tanto que me culpo?— preguntó él, con voz áspera.

—La culpa es compañera de la pérdida— respondió ella—. Quien ha perdido a alguien lo sabe. Pero no la haga sufrir más. Cuídese. Venga, está empapado.

Fernando la escuchó, y en sus palabras había algo de Margarita—la misma ternura, la misma bondad. Lentamente, titubeante, dio un paso adelante, hacia el calor y la luz que aún lo mantenían en este mundo.

Hoy aprendí que el amor, cuando se pierde, deja un vacío que nada llena. Pero a veces, en medio de la tormenta, alguien tiende una mano. Y aunque el corazón siga doliendo, hay que agarrY, aunque el dolor no se fuera del todo, entendí que el amor de Margarita seguía vivo en aquellos pequeños gestos de bondad que aún encontraba en el mundo.

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