Llamada del pasado: el regreso del padre

La llamada del pasado: el regreso del padre

Ignacio cerró la puerta del frigorífico mientras se secaba las manos con un trapo.

—Bueno, ya está arreglado. Debería enfriar, pero hay que comprobarlo—dijo a la dueña—. ¿Tiene un recipiente de plástico vacío? Si llenamos uno con agua y lo metemos en el congelador, esta noche le llamaré. Si el agua se congela, todo irá bien.

En ese momento, el teléfono sonó de nuevo. Otro cliente, pensó Ignacio, y respondió:

—Dígame, al habla. Sí, soy de reparación de electrodomésticos. ¿Qué necesita? Ah, sí, soy Ignacio Martínez Vázquez, si eso le importa. ¿Perdón? ¿Padre?—Casi se le cayó el teléfono.

La voz se identificó—Martínez Víctor Fernández. Era su padre, al que no veía ni sabía de él desde hacía más de veinte años. El corazón le latía con fuerza mientras fragmentos de recuerdos desfilaban por su mente.

—¿Y qué… quiere usted?—Ignacio vaciló, sin saber cómo dirigirse a aquel hombre—. ¿Quedar y hablar? Claro, solo han pasado dos décadas. Disculpe, estoy en un trabajo, le llamaré más tarde—. Cortó la llamada y murmuró con sarcasmo—: Vaya, vaya…

¿Aparecerse después de tanto tiempo? Seguro que viene a pedir algo. ¿Qué? El hijo ya es mayor, el padre envejece, y ahora necesita ayuda. ¿Cuántos años tendrá? Más de cincuenta, seguro. Dinero, sin duda. Ignacio resopló y volvió al trabajo.

—¿Quedamos así?—le dijo a la mujer—. Esta noche le llamo, compruebe el recipiente. Si el agua se congela, el congelador funciona.

La mujer le dio las gracias e Ignacio se dirigió a su siguiente reparación. Una anciana lo había llamado porque su lavadora goteaba. La señora, muy habladora, lo invitó a tomar un café con galletas. El arreglo era sencillo: el cierre de goma de la puerta estaba desajustado. Ignacio lo recolocó y la fuga cesó. Otro técnico le había pedido una fortuna, pero él cobró lo mínimo—no podía aprovecharse de los jubilados. La mujer, encantada, repetía que hacía mucho que no topaba con gente tan amable. Ignacio sonrió incómodo, bebió su café y prometió volver si algo más se estropeaba.

Pero su mente seguía ocupada con la llamada de su padre. Imágenes borrosas surgieron en su memoria. Cuando sus padres se divorciaron, Ignacio tenía cinco años. Su padre bebía, había perdido el trabajo. Su madre lloraba, pero creía en sus promesas. Un día, cuando ella estaba trabajando, su padre lo recogió de la guardería. Se sentaron en un banco del parque y su padre sacó una cerveza, quejándose ante su hijo pequeño: la madre no lo respetaba, él se esforzaba, pero la vida era dura. Luego se emborrachó, se tumbó en el banco y se durmió. Ignacio, avergonzado, intentó despertarlo, pero su padre lo apartó. La gente miraba, y el niño, sintiendo que a su padre no le importaba, se fue solo. La calle parecía interminable, se perdió, hasta que una vecina lo encontró.

Su madre no gritó aquella noche. Solo dijo en voz baja:

—Vete. Dejaste a tu hijo solo. ¿Qué clase de padre eres?

Su padre se mudó a otra ciudad. A veces enviaba dinero o juguetes. Su madre se burlaba:

—Estamos bien sin él, ¿verdad, Ignacio?

Cuando cumplió diez años, su madre lo presentó a tío Rafael.

—Cariño, Rafael quiere casarse conmigo. Nos cuidará. ¿Vamos a comprarte una bici nueva?

Rafael era buena persona, pero nunca fue su padre. Una parte del amor de su madre ahora era para él, e Ignacio se sintió desplazado.

Esa noche, con renuncia, buscó el número de su padre y lo llamó. Contestó al instante:

—Ignacio, quedemos. Mañana a las siete, en el bulevar de siempre, junto a la fuente. ¿Puedes?

—Vale, iré—masculló Ignacio.

Su madre una vez dijo que Rafael quería adoptarlo, darle su apellido. Eran una familia. Pero Ignacio se negó. Quería seguir siendo Martínez Ignacio Vázquez, mantener ese lazo invisible con su padre. Su madre quería borrar el pasado, pero él esperó. ¿Qué? Ni él lo sabía. Hasta que entendió que no había nada que esperar.

Al día siguiente, caminó hacia el bulevar, decidido: si su padre pedía dinero, se lo daría, pero ahí acabaría todo. Su padre le envió regalos; pagaría esa deuda y sanseacabó. Su madre tenía a Rafael, eso no le importaba.

—Le da vergüenza, por eso manda cosas—decía al recibir los paquetes.

Junto a la fuente, Ignacio vio a un hombre mayor. Se levantó del banco y avanzó. «Nada de cursilerías como “hijo, al fin nos encontramos”», pensó. Y rezaba para que su padre no oliera a alcohol.

—Buenas tardes, Ignacio—el hombre tendió la mano.

—Buenas—la estrechó, notando su firmeza.

—Seré claro—empezó su padre—. Le prometí a tu madre ayudarlos, pero no interferir mientras fueras niño. Le repugnaba yo, y tú me tenías miedo. Me fui. Al principio no encontraba trabajo, bebía. Tras una borrachera, acabé en el hospital. La enfermera que me cuidó se convirtió en mi mujer. Tenía una hija, Lucía, la crié como mía. Monté un taller, reparaba coches, electrodomésticos, de todo. Formé un equipo. Pero ya eres mayor. Quería verte. Eres mi única sangre. Te pido…

Ignacio lo miró, expectante. Aquí viene: el dinero. Pero su padre no parecía un borracho—bien vestido, mirada firme. Sus ojos eran los suyos, incluso el gesto de meter las manos en los bolsillos. Pudo haber sido un verdadero padre.

—Ignacio, tengo una empresa de reparaciones—continuó—. Veo que somos de la misma pasta, nos dedicamos a lo mismo. Regresé a la ciudad, traje a mi familia. Quiero abrir una sucursal aquí, contigo como socio. Luego será tuya. Piénsalo, hijo. Sé que soy un desconocido. Pero quiero darte lo que antes no pude. Ser tu padre de verdad.

Ignacio se quedó pasmado. Esperaba otra cosa. No pedía dinero, sino un futuro. En unos días, aceptó.

Ignacio redescubrió a su padre. El rencor se desvaneció. El trabajo en común los unió como piezas de un puzle. Ahora, Ignacio Vázquez no reparaba solo. Tenían una gran empresa. A los jubilados, siempre les hacía descuento.

Además, Ignacio le propuso matrimonio a su novia, Marta. Dos años juntos, pero no se decidía. Ahora entendió: estaba listo para ser esposo, padre, cabeza de familia.

Esa noche, su padre le confesó:

—Fui un necio, me perdí. El tiempo no me disculpa, ni la edad. Hay que ser humano.

Ignacio lo perdonó. Mientras haya vida, hay segundas oportunidades.

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