Visitante inesperada

**La Visita Inesperada**

En el pequeño pueblo de Valdeflores, el aire olía a pan recién hecho que María del Carmen horneaba en su viejo horno de leña. De repente, alguien llamó a la puerta, rompiendo la tranquila calma de la cocina como si fuera humo dispersado. María se secó las manos en el delantal y corrió a abrir.

—Mamá, te presento a Lola, mi prometida —dijo su hijo Miguel en la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja.

María miró a la joven y se quedó paralizada, como si un rayo la hubiera alcanzado. Lola era alta, casi metro noventa, con una minifalda, tacones altísimos, maquillaje llamativo y un bolso enorme en la mano.

—Hola —logró decir María, disimulando su sorpresa—. ¡José Luis, ven aquí! —gritó a su marido—. ¡Miguel ha traído a nuestra futura nuera, ven a conocerla!

José Luis, arrastrando las zapatillas, apareció con una camiseta desgastada. Al ver a Lola, se quedó boquiabierto, como si hubiera visto un fantasma.

—Buenas —murmuró antes de escabullirse de vuelta al dormitorio para cambiarse.

María lo siguió con la mirada, llena de reproche. Cuando su hijo le había dicho dos días antes que no vendría solo, se había alegrado. Miguel ya pasaba de los treinta, era hora de formar una familia. Se había imaginado a una chica sencilla, quizá con trenzas y un vestido modesto. ¿Pero Lola? Jamás se lo habría imaginado. Tacones de aguja, uñas brillantes, un bolso del que asomaban plumas de quién sabe qué. Era un desafío a todo lo que María consideraba normal.

—Pasa, Lola —dijo, manteniendo la compostura—. ¡José Luis, coge el bolso, no te quedes ahí plantado!

José Luis, ya con una camisa limpia, cargó con las maletas de Lola y guió a los invitados dentro. María aprovechó para susurrarle a su hijo:

—Miguel, ¿a quién nos has traído? ¿Qué es ese aspecto?

—Mamá, no empieces —se rio Miguel—. Es solo por fuera. Por dentro es oro, ya lo verás.

María resopló con escepticismo y, santiguándose, murmuró:

—Ay, Dios mío, qué sorpresa me has dado.

La casa se llenó de bullicio. Los hombres cuchicheaban en la mesa mientras Lola se instalaba en el dormitorio de María y José Luis, desplegando sus cosas. María observaba con asombro cómo del bolso salían sombreros con plumas, bañadores y telas brillantes.

—¿Esto qué es? —preguntó, levantando con dos dedos algo que parecía hilo dental.

—Es lencería —respondió Lola sin preocupación—. ¿Quiere que le regale algo? Tengo más.

—No, gracias —refunfuñó María, sintiendo que se le subía la sangre a la cara—. Y, por cierto, ¿por qué estás organizando tú nuestra habitación?

—Miguel no tiene espacio, y el tío José Luis dijo que no les importaba —sonrió Lola.

—¿El tío José Luis, eh? —dijo María, lanzándole una mirada a su marido—. Vaya, vaya.

Agarró a José Luis del brazo y lo sacó al patio.

—¿Te has vuelto loco? ¿Les has dado nuestra habitación? ¿Ahora dormiremos en el sofá, tan hospitalario eres? —le susurró furiosa.

En ese momento, desde el establo, llegó el mugido de la vaca.

—¡Ay, no he ordeñado a Clavel por culpa de ustedes! —exclamó María, y corrió hacia el corral.

Lola, al oírla, salió detrás.

—¿Puedo intentarlo? —preguntó tímidamente—. Nunca he ordeñado una vaca.

María la miró de arriba abajo.

—¿Con eso? —señaló irónicamente los tacones de Lola.

—¡Enseguida me cambio! —Lola volvió corriendo y reapareció en pantalones cortos y una camiseta.

María suspiró.

—Venga, vamos. Pero ponte un pañuelo.

—¿Puedo usar un sombrero? —preguntó Lola animada—. Tengo uno precioso, con flores.

—¡Un pañuelo! —cortó María—. Qué cosas se le ocurren…

En el establo, le entregó un cubo a Lola.

—Se ordeña así. Yo voy a preparar el desayuno.

Pasó media hora y Lola no regresaba. María puso la mesa y, refunfuñando, fue al corral. Al ver la escena, no pudo evitar reírse. Lola, con el pañuelo torcido, daba vueltas alrededor de la vaca, mirándola por todos lados y murmurando algo.

—¡No sé dónde está! —se justificó cuando María, entre risas, le mostró cómo ordeñar correctamente.

Después del desayuno, Lola decidió tomar el sol. Tendió una manta, se puso el bañador y se tumbó en el patio. José Luis, que llevaba una semana evitando trabajar, agarró la guadaña y se puso a cortar la hierba junto a la valla, echando miradas a la invitada.

—Lola, ¿me ayudas a recoger frambuesas? —preguntó María con dulzura—. Haremos mermelada y compota.

—¡Claro, tita Mari! —se animó Lola.

En el frambuesal, María le dio un tarro. Lola empezó a recolectar las frutas con tanto entusiasmo que María se sorprendió. Pero entonces la llamó una vecina, y estuvieron charlando un buen rato. María se quejó de que había soñado con una nuera diferente, y la vecina le aconsejó que no juzgara tan rápido.

Al volver al jardín, María descubrió que Lola había desaparecido.

—Lola, ¿dónde estás? —gritó.

—¡Aquí! —respondió desde un matorral de ortigas.

Lola apareció, llena de cardos, con el pelo revuelto.

—¿Qué haces ahí? —exclamó María—. ¡Esa es tierra ajena, la casa está abandonada!

—Pero las frambuesas son más grandes aquí —respondió Lola orgullosa, mostrando el tarro lleno.

—Ay, qué desastre —suspiró María—. Vamos, que te quite los cardos del pelo.

En el porche, peinándola, María aprovechó para preguntarle sobre su vida. Lola habló sin reservas:

—Me crié con mi abuela. Mis padres siempre viajaban y luego ya no volvieron. Después del colegio, trabajé de camarera, de lavaplatos… Luego me llamaron de una agencia de modelos, pero no me gustó. Y cuando conocí a Miguel, me ofreció un trabajo en su oficina, sirviendo café. Allí es agradable, todos son amables.

María escuchó, y su corazón se ablandó sin querer. Bajo esa apariencia llamativa había una chica que había pasado por muchas dificultades.

Esa noche, todos se reunieron en la terraza a tomar el té. Lola, mirando a María, dijo suavemente:

—Tita Mari, ¿me enseña todo lo que sabe? Aquí es tan acogedor, tan tranquilo…

María guiñó un ojo a su hijo.

—¿Y te casarás con mi Miguel?

Lola se sonrojó.

—Todavía no me lo ha pedido —murmuró.

Miguel se rio a carcajadas.

—¡Qué lista eres, mamá! Parece que no me vas a dejar dar más vueltas.

—Ya has dado bastantes —refunfuñó María—. Mira, Lola, si no te pide nada—Si no te pide nada, vuelve aquí y yo misma te buscaré un buen marido —dijo María, mientras Lola se reía y Miguel la abrazaba, prometiendo no tener que esperar mucho más.

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