Madre escoge al hombre sobre mí

Aún hoy no logro entender en qué momento todo se torció. Cómo fue que la mujer que siempre fue mi apoyo, mi amiga, mi guía, pudo borrar todo de un golpe y traicionarme. Todo por un hombre. Un hombre que no vale ni la sombra de lo que ella solía ser.

Mi madre me tuvo tarde, a los 30. Siempre decía que yo era su razón de vivir, su sostén, su «hija para ella sola». Nunca conocí a mi padre: en mi partida de nacimiento, línea en blanco, y jamás mencionó ni una palabra sobre él. Vivíamos con lo justo, pero con cariño. No teníamos lujos, pero sí amor. Ella era contable, y por las noches hacíamos galletas, veíamos series y hablábamos de todo. Estaba segura: teníamos un vínculo irrompible. No salía con nadie, no tenía citas, vivía por mí. Hasta los 15, fue una auténtica idilio.

Pero entonces llegó él. Carlos. Un compañero de otro departamento. Un día volvió a casa con los ojos brillantes, y lo supe: alguien nuevo estaba en su vida. En semanas, empezaron las citas, los susurros al teléfono, los vestidos nuevos. Me alegré por ella, de verdad. Pero dentro de mí crecía una inquietud. Y no me equivoqué.

Un día me soltó: «Nos mudamos con Carlos. Tiene un piso de dos habitaciones, tú tendrás la tuya». Intenté protestar—no por celos, sino porque algo no encajaba. Él ni me hablaba, me miraba como si fuera un mueble. Pero ella no escuchó. «No lo entiendes, soy feliz», repetía. No tuve más remedio que ceder.

Al principio era silencio. Vivíamos como vecinos. Él en su mundo, yo en mi cuarto, ella en medio, como un puente. Luego se casaron. Una semana antes de mi graduación. Y todo se vino abajo. Él cambió—no es que antes fuera cariñoso, pero ahora era un tirano. Nos humillaba, daba órdenes, gritaba tonterías.

—Dos mujeres en casa y ni siquiera hay comida. ¿Tú dónde estás, en la calle? —rugía—. ¿Te pintas para salir a ligar, eh?

Gritaba, le prohibía salir, revisaba su teléfono, leía sus mensajes. Ella lloraba, y luego él llegaba con flores. Y otra vez lo mismo. Mil veces le pedí: «Vámonos, estoy contigo, no tengas miedo». Y ella solo secaba las lágrimas: «No lo entiendes, eres una niña. Yo lo amo».

¿Amar? Tanto, que al final él le prohibió pagarme la carrera. Mi madre alquilaba nuestro piso, ahorraba para mí, yo soñaba con estudiar Derecho. Estudiaba día y noche. Y cuando no entré en la pública, confié en su ayuda.

Pero Carlos dijo:
—La mujer debe estar en la cocina. ¿Yo voy a pagarle la universidad? Cásate con un rico y estudia lo que quieras.

Exploté. Le dije todo lo que pensaba. Hice las maletas y me fui. Mi madre… ni siquiera me detuvo. Me llamó desagradecida y dijo que debía pedirle perdón a Carlos.

No lo hice. Desde entonces, no hablamos. Ni un día, ni un minuto. Ella se fue con él, se disolvió en su brutalidad. Ahora habla como él, se mueve como él, hasta sus bromas son vulgares, como las suyas. Si llama—si es que llama—su voz es fría. Distante. Como si no fuera su hija, sino una conocida del pasado.

Ya no lucho. Entendí que mi madre ya no existe. La que me amaba, me hacía magdalenas, me arropaba con una manta—esa murió el día que eligió a un hombre en vez de a su hija. Su pérdida es mi cicatriz. Pero yo elijo no dejar que este dolor devore lo poco que queda vivo en mí.

Que viva su vida. Pero cuando se quede sola, que recuerde a quién traicionó por un extraño.

Rate article
MagistrUm
Madre escoge al hombre sobre mí