Matrimonio sin amor

Matrimonio sin amor

Diego se casó con Ana para vengarse de su amada. Quería demostrarle que su traición no lo había destruido. Con Laura había estado casi tres años. El amor por ella lo enloquecía: habría puesto el mundo a sus pies con tal de verla sonreír. Diego soñaba con la boda, pero Laura lo frenaba: «¿Para qué apresurarnos? Aún no termino la carrera, tu negocio va a duritas penas. Ni coche decente ni casa. ¿Vivir con tu hermana en el mismo piso? Ni hablar, no pienso compartir cocina con Marta, aunque sea mi amiga».

Sus palabras lo hirieron, pero Diego sabía que decía la verdad. Él y su hermana se apiñaban en el piso familiar en Zaragoza, y el negocio heredado de sus padres, muertos en un accidente, apenas sobrevivía. Tuvo que dejar la universidad para salvarlo. Vendieron la casa de campo junto con Marta, pues el negocio era lo primero. En medio año, las deudas crecieron; ambos eran estudiantes: él en quinto año, Marta en segundo. El dinero de la venta cubrió las deudas, compró mercancía y dejó un pequeño respaldo. Pero Laura vivía el presente, sin paciencia. Sus padres le daban una vida cómoda, mientras Diego, convertido en cabeza de familia de la noche a la mañana, pensaba en el futuro. Creía que, con esfuerzo, tendrían casa y coche.

El golpe llegó inesperado. Diego esperaba a Laura frente al cine, como acordaron por teléfono. Le pidió que no pasara a recogerla, algo raro, pues odiaba el autobús. La buscó con la mirada hasta que apareció en un lujoso todoterreno. «Lo siento, terminamos. Me caso», soltó, empujándole un libro en las manos antes de perderse en el coche. Diego se quedó helado. ¿Cómo podían cambiar las cosas en dos días de viaje?

Marta lo vio y lo entendió al instante: «¿Ya sabes?» —«Asentí», respondió él. «Encontró a un ricachón. Boda el veintiocho. Me invitó de testigo, pero me negué. ¡Asquerosa! Andaba de trapicheos a tus espaldas». Marta lloró de rabia por su hermano. «Tranquila», la abrazó Diego. «Que tenga todo lo que quiera. Nosotros tendremos algo mejor».

Se encerró un día entero. Marta llamaba a la puerta: «Come algo, hice tortillas». Al anochecer, salió con los ojos ardiendo: «Prepárate». —«¿Qué planeas?» —«Me caso con la primera que acepte». Marta intentó razonar con él: «¡No puedes arruinar tu vida y la de otra!». Pero él no cedió: «Si no vienes, iré solo».

El parque de la ciudad estaba lleno. Una chica se rio de su propuesta, otra se escabulló, pero la tercera, al mirarlo a los ojos, dijo: «Sí». —«¿Cómo te llamas, preciosa?» —«Ana», respondió. Diego la arrastró a ella y a Marta a una cafetería para celebrar el «compromiso». El silencio entre ellos era tenso. Marta callaba, Diego hervía de sed de venganza. Decidió que su boda sería el mismo día que la de Laura.

«¿Hay alguna razón por la que le propones matrimonio a una desconocida?», preguntó Ana en voz baja. «Si es un impulso, me voy sin resentimientos». —«No, ya diste tu palabra. Mañana vamos al registro y luego a conocer a tus padres», cortó él, guiñándole un ojo: «¡Tutéame!».

El mes antes de la boda se vieron a diario, conociéndose. «Explícame, ¿por qué lo hiciste?», preguntó Ana una vez. «Cada uno tiene sus secretos», evadió él. «¿Y tú por qué aceptaste?» —«Me imaginé como una princesa entregada al primer pretendiente. En los cuentos, eso acaba en felicidad. Quise comprobarlo».

La realidad era más dura. Ana había sufrido un amor que le destrozó el corazón y perdió sus ahorros. Aprendió a distinguir a la gente. Los aduladores los apartaba de inmediato. No buscaba al «elegido», pero deseaba a un hombre decidido e inteligente. En Diego vio fuerza y seriedad. De haber estado con amigos y no con su hermana, habría seguido de largo.

«¿Qué clase de princesa eres? ¿La Bella Durmiente o Doña Jimena?», preguntó él pensativo. «Bésame y lo sabrás», bromeó Ana. Pero no hubo besos. Diego organizó la boda; Ana solo eligió entre sus opciones. Hasta el vestido lo compró él, repitiendo: «Serás la más hermosa».

En el registro se toparon con Laura y su novio. Diego forzó una sonrisa: «Felicidades», le dio un beso en la mejilla. «Que seas feliz con tu magnate». —«No montes un numerito», espetó Laura. Examinó a Ana: elegante, segura, con porte de reina. Laura se sintió derrotada. Los celos la corroían; la felicidad se esfumaba como si hubiera apostado mal.

«Todo bien», dijo Diego a Ana, fingiendo calma. «Aún puedes echarte atrás», susurró ella. «No, esto se acaba como debe ser», contestó él. Pero al mirar los ojos tristes de su esposa en el altar, comprendió el daño hecho. «Te haré feliz», prometió, convencido.

Comenzó la vida en común. Marta y Ana se hicieron amigas, apoyándose mutuamente. La temperamental Marta aprendió a contenerse, y Ana, con talento para los números, ordenó las finanzas. En un año abrieron otra tienda, luego equipos de reformas. El negocio creció; las ganancias se triplicaron. Ana, como una maestra en estrategia, presentaba ideas que Diego creía suyas. Todo parecía perfecto, pero su alma añoraba algo. No sentía el fuego que lo consumió con Laura. Todo era previsible. «Rutina», pensaba. «No la amo, y punto».

Ana impulsó el negocio: construyeron casas llave en mano. La primera fue la suya. Cuanto más éxito tenían, más recordaba Diego a Laura: «No esperó. ¿Qué diría al ver mi coche, mi mansión?». La duda «¿y si…?» lo atormentaba. Ana veía cómo se apagaba. Intentaba ganarse su amor, pero el corazón no obedece. «No todos los cuentos se cumplen», pensó con amargura, pero no se rindió.

Marta también notó el cambio. «Vas a perder más de lo que crees», le espetó al sorprenderlo revisando el perfil de Laura. «¡No me sermonees!», rugió él. «¡Idiota! Ana te quiere de verdad, y tú juegas», gritó Marta. Diego se enfureció: «¡Menuda me sale dando órdenes!». La obsesión por Laura crecía. Le escribió.

Ella se quejó: su marido la echó, dejó la carrera, no tenía trabajo, vivía en una habitación alquilada en Alicante. Diego dudó: ¿ir o no? Ana se fue una semana a cuidar de su tía enferma en el pueblo, y la tentación fue irresistible. Quedaron.

Voló a Alicante, emocionado, imaginando el reencuentro. Pero la realidad lo golpeó. «¡Cariño!», Laura se colgó de su cuello. El olor a cuerpo sin lavar y perfume barato le revolvió el estómago. Falda corta, maquillaje vulgar… era una sombra de la Laura que amó. «La gente mira», se apartó. «¡Me da igual!», rió, bebiendo cerveza. «Préstame dinero, te lo agradeceré», guiñó. Diego buscó una excusa para irse. «Tengo trabajo», dijo, levantándose. «¿Nos vemos otra vez?», gimoteó Laura. «Difícil», pagó la cuenta, dejándole algo para «divertirse».

Condujo de vuelta maldiciRegresó a casa con el corazón acelerado, sabiendo que su verdadera felicidad no estaba en el pasado, sino en los brazos de Ana.

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