Mi marido, Javier, no para de reprocharme que no cocino platos exquisitos como hace la mujer de su amigo Pablo. Sofía es una mujer estupenda y un auténtico genio en los fogones. No lo discuto, cocina de maravilla, pero eso le lleva una infinidad de horas. La cocina es su pasión, el lugar donde crea desde que amanece hasta que anochece. ¿Y yo? Voy como un pulpo en un garaje entre el trabajo, nuestro hijo y la casa, y sus críticas me clavan como puñaladas.
Sofía está ahora de baja maternal, y su vida es el sueño de cualquier madre. Sus padres, aunque divorcidos, adoran a su nieto y se lo llevan encantados por las mañanas. Abuelos y abuelas se pelean por pasear al niño, darle de comer, y luego lo devuelven a casa por la tarde. Sofía se levanta, entrega al pequeño a sus felices familiares, vuelve a la cama y luego arregla la casa sin prisas. Tiene el día entero para inventar auténticas obras de arte culinarias. Nadie la interrumpe, nadie la molesta… pura libertad. Experimenta, prueba nuevas recetas, y cada noche en su mesa hay algo original. Su familia le da esa oportunidad, y de verdad me alegro por ella.
Pero Javier no lo entiende. Mira a Sofía y ve el ideal al que, según él, yo debería aspirar. “Ella está de baja, con el niño, ¡y aún así lo hace todo! —me suelta—. Y tú siempre con prisas, lo mismo de siempre.” Sus palabras duelen como bofetadas. ¿De dónde voy a sacar cinco o seis horas al día para cocinar? Yo trabajo, y al salir recojo a nuestra hija Lucía de la guardería. Llegamos a casa pasadas las siete. Intento hacer algo rápido: carrillada estofada, pollo asado, unos macarrones con una ensalada de tomate y pimiento. Es comida que nos saca del apuro, pero para él solo es motivo de burla.
Si me pongo a hacer platos complicados como Sofía, cenaremos a medianoche, y la familia se acostará con el estómago vacío. Pero Javier no lo ve. No hace más que repetir: “Sofía siempre inventa algo nuevo para Pablo, y a ti parece que te da igual.” Su admiración por sus logros culinarios suena a acusación de mi mediocridad. Estoy harta de justificarme. Si Sofía tuviera una baja maternal normal —de esas en las que no tienes ni tiempo para ducharte—, seguro que también calentaría croquetas del súper, y Pablo se las comería sin rechistar.
Me alegro por Sofía y por Pablo. Es un crack, porque en vez de tirarse en el sofá, crea en la cocina y hace feliz a su marido. Pero me duele que Javier no pare de compararme con ella. Como si no viera lo diferentes que son nuestras vidas. Yo trabajo a jornada completa y luego salgo pitando a por Lucía. Sofía está de baja, y gracias a sus padres tiene días enteros para ella. ¡Claro que tiene más tiempo! A mí también me gustaría una baja como la suya, pero nuestros padres no se desviven por cuidar a su nieta. La quieren, pero no están para aguantar el trote todo el día.
Javier no ceja. “Al menos los fines de semana podrías cocinar algo especial”, refunfuña. ¿Acaso no soy humana? ¿No merezco descansar? Cinco días a la semana currando, ¿y encima tengo que pasarme el finde en los fogones para satisfacer sus caprichos? A veces pienso que busca excusas para divorciarse. ¿De verdad no se da cuenta de lo injusto que es? ¿O lo hace adrede para herirme? Estoy cansada de demostrar que hago todo lo que puedo. Solo quiero que por fin me vea a mí —no a Sofía—, a su mujer, que se deja la piel para sacar a la familia adelante.






