**Diario personal**
Antes de la boda, Jorge me llevaba en brazos. Después, fue como si ya no me quisiera.
Cuando conocí a Jorge por primera vez, pensé que me había tocado la lotería. Era exactamente el hombre que describen en las novelas románticas: atento, cariñoso, detallista. No solo se interesaba por mí, sino que vivía por mí. Todos los días, llamadas constantes: «¿Cómo estás?», «¿Te has abrigado bien?», «¿Has comido hoy?». Si se nublaba y empezaba a llover, aparecía en la puerta de mi trabajo con un paraguas. Cada mañana, un ramo nuevo en mi escritorio —rosas, claveles, girasoles—. Mis compañeras me envidiaban, y yo no podía creer mi suerte.
Me envolvía en su calor. Paseábamos bajo las estrellas de Madrid, de la mano, riendo como niños. Luego vino la propuesta de matrimonio —típica, con anillo, de rodillas, en el café donde tuvimos nuestra primera cita. Incluso viajó a Sevilla para conocer a mis padres. Tan serio era el compromiso. Yo flotaba de felicidad, como si viviera dentro de una película donde era la protagonista.
Pero el cuento de hadas se esfumó tras firmar en el registro.
Al principio, los cambios fueron sutiles. Desaparecieron los mensajes matutinos, las llamadas de «¿Cómo estás, cariño?». Los ramos de flores dejaron de llegar, como si nunca hubieran existido. Los besos se volvieron mecánicos, como un trámite más, no un gesto de amor. Antes no podía apartar la mirada de mí; ahora, ni siquiera me veía.
Y en casa… En casa se convirtió en un extraño. Donde antes tomaba la iniciativa —arreglaba lo que se rompía, ofrecía ayuda— ahora solo suspiraba: «Llama a un técnico» o «Tú lo querías, tú te encargas». Ni friega los platos, ni barre, ni clava un miserable clavo. Y eso que antes presumía de ser un manitas.
No entiendo qué pasó. Yo sigo siendo la misma —atractiva, cuidada, esbelta—. Los hombres aún me miran por la calle. Pero él… Parece que perdió el interés. Como si yo fuera un mueble más en su vida.
Mi madre dice: «Es normal. El matrimonio no es solo romance. Lo importante es que trabaje, que traiga dinero a casa, que no beba ni ande de juerga. Aprecia lo que tienes». Pero yo no quiero conformarme. No acepto vivir con alguien que solo ocupa espacio. Necesito sentirme amada, no simplemente acomodada.
Ayer, intenté captar su mirada. Ni se inmutó. Estaba absorto en el móvil, sonriendo ante la pantalla. Y entonces, algo se rompió dentro de mí: ¿y si hay otra? ¿Será eso lo que lo vuelve frío, distante?
No quiero creerlo, pero… ¿y si tengo razón?
¿Cómo hablarlo? ¿Cómo sacar la verdad? Porque lo amo —a pesar de todo—, y no estoy dispuesta a cederlo a otra. Pero tampoco sé si podría perdonar una infidelidad.
Chicas, ¿alguna ha pasado por esto? ¿Qué hago cuando el hombre con el que me casé ya no es el mismo? ¿Cómo escapar de esta sensación de ser invisible? No sé qué hacer… pero el silencio ya no es una opción.





