Francisco López nunca imaginó que acabaría sus días en una residencia de ancianos. Padre de tres hijos, la vida le había jugado una mala pasada. Aún le costaba adaptarse al nuevo lugar. Hubo un tiempo en que su existencia era luminosa: un buen sueldo, un piso amplio en Madrid, coche, una esposa cariñosa y tres hijos maravillosos.
Él y su mujer, Carmen, criaron a un hijo y dos hijas con esmero. Su familia era envidiada: respetados, queridos, sin preocupaciones económicas. Pero con los años, Francisco notó ciertos… *fallos* en su educación. Quisieron inculcarles generosidad y bondad, pero el destino pintó otro cuadro. Hace diez años, Carmen falleció, dejándolo solo frente al vacío.
El tiempo pasó, y el padre envejecido se convirtió en un estorbo. Su hijo, Javier, emigró a Alemania hacía una década. Allí se casó, encontró un buen trabajo y formó una nueva familia. Visitaba a su padre y hermanas una vez al año, pero últimamente, hasta esos viajes escaseaban: el trabajo, los compromisos… Las hijas, que vivían cerca, estaban demasiado ocupadas con sus maridos, sus problemas, sus vidas.
Francisco miró por la ventana de la residencia: copos de nieve caían sobre Burgos. *23 de diciembre*. La gente corría con regalos, abetos bajo el brazo, riendo. Él, en cambio, se sentía invisible. Mañana era su cumpleaños—el primero que pasaría completamente solo.
Cerró los ojos y revivió los recuerdos: las cenas de Nochebuena, Carmen decorando la casa con esmero, los villancicos, los abrazos. ¿Y ahora? Silencio. Nadie lo llamaría. Nadie lo abrazaría.
El día transcurrió lento, gris. A la mañana siguiente, la residencia bullía: familias recogiendo a sus mayores para las fiestas. Francisco observaba con un nudo en la garganta. *A mí nadie me espera*.
De pronto, un golpe en la puerta.
—¿Sí? —dijo, confundido.
—¡Feliz Navidad, papá! ¡Y feliz cumpleaños! —resonó una voz cálida, conocida.
Francisco se quedó paralizado. Era Javier, plantado en el umbral, sonriendo. Lo abrazó con fuerza, y el viejo notó cuánto había madurado: alto, seguro, con canas en las sienes.
—¿Javi? ¿Eres tú o me está jugando una mala pasada la memoria? —balbuceó.
—Claro que soy yo, viejo. Vine ayer, quería darte la sorpresa —contestó Javier, apretándole el hombro.
Francisco no pudo hablar; las lágrimas le ardían en los ojos.
—¿Por qué no me dijiste que mis hermanas te metieron aquí? —continuó Javier, con voz quebrada—. Les enviaba mil euros al mes, *mil*, para que te cuidaran. ¡Y ellas callaban! No sabía nada hasta hace dos semanas.
El anciano bajó la cabeza.
—Vamos, recoge tus cosas. Salimos hoy mismo. Primero nos quedamos con los suegros en Bilbao, y luego tramitamos los papeles. Te vienes a Alemania conmigo. Vivirás con nosotros.
—¿A Alemania? Pero… ¿no soy demasiado viejo para eso? —murmuró Francisco, aturdido.
—Tonterías —Javier sonrió—. Mi mujer es un sol, ya lo verás. Y tienes que conocer a tu nieta. Lleva tu nombre, ¿sabes?
Los vecinos de la residencia cuchicheaban: *”¡Vaya hijo que crió Francisco! ¡Eso es tener sangre en las venas!”*.
Y así, Javier se lo llevó. Comenzó un nuevo capítulo para el viejo: rodeado de familia, bajo cielos distintos pero con el mismo amor. Porque, al final, la vida te enseña demasiado tarde si sembraste bien en tus hijos… o si solo regabas piedras.







