La Sombra de la Traición: El Camino hacia la Libertad

La Sombra de la Traición: El Camino Hacia la Libertad de Marina

Marina, agotada tras un largo día de trabajo, entró en su piso en Sevilla con las bolsas de la compra pesando como plomo. Las dejó caer en la cocina y, tras cambiarse de ropa, notó que su marido no estaba en casa.

—Qué raro —murmuró frunciendo el ceño—. ¿Dónde se habrá metido a estas horas? ¿Otra vez trabajando hasta tarde?

Su hijo, Arturo, estaba de visita con su tía en Cádiz. Marina preparó un cocido, cenó sola y, al acomodarse en el sofá, abrió las redes sociales. Entre las sugerencias, apareció el perfil de una chica desconocida: joven, radiante, con una sonrisa deslumbrante. Marina, movida por la curiosidad, entró en su perfil y al ver una foto, sintió un golpe en el estómago, como si el aire le hubiera faltado.

—¡Por fin hemos llegado! —Marina salió del taxi, todavía mareada del viaje. Bebió un sorbo de agua tibia de la botella. Los trayectos por carretera no eran lo suyo, y el taxista local parecía desconocer el significado de la palabra “frenar”.

—Mamá, ¿estás bien? —Arturo, tan apasionado de los coches como su padre, la miró con preocupación.

—Sí, cariño, solo es el mareo. Dame un momento y nos vamos al hotel.

Estas vacaciones no estaban planeadas. Marina había llegado al límite de convivir bajo el mismo techo que su marido. Aceptaba horas extras, paseaba durante horas con Arturo por el parque… Cualquier cosa con tal de no verlo. Cada vez que miraba las ventanas de su casa, donde estaba Óscar, sentía náuseas.

—Mamá, ¡mira, hay columpios! ¿Puedo ir a jugar? —Arturo tiró de su mano.

—Claro, cielo, ve. Yo subiré las maletas.

Una chica regordeta y sonriente se acercó a Marina:

—¡Hola, recién llegados! ¡Qué niño tan mono! Déjame que lo vigile y luego tú me ayudas a mí. ¡Aquí nos ayudamos todos! ¡Y por las noches hay actuaciones! ¿A qué te dedicas? ¿Cantas, bailas? Yo canto canciones populares. ¿Te apuntas? Ah, ¡me llamo Lola! —soltó sin parar.

Marina, que seguía con náuseas, solo deseaba meterse bajo el aire acondicionado y descansar. Las actuaciones no le interesaban.

—Gracias, pero no participo. Mi hijo juega solo, no quiero responsabilizarme de otros. Disculpa, tengo que irme —cortó secamente.

Lola frunció los labios pero se alejó. Marina, tambaleándose, llegó a la habitación. Aire acondicionado al mínimo, cortinas cerradas, la cama… Al fin, sola. Cerró los ojos y los recuerdos volvieron. ¿Cuándo había empezado Óscar, su persona más cercana, a provocarle solo irritación?

¿Quizás cuando, en lugar de ayudarla a reformar el baño, se fue con un amigo?

—Marina, David tenía el garaje hecho un desastre, había que ordenarlo. Luego nos invitó a cerveza y pinchitos —contaba él alegre mientras Marina limpiaba a Arturo, de tres años, de la pintura con la que se había embadurnado mientras ella ponía azulejos.

O aquella vez, cuando Arturo tenía cuatro años y se hirió gravemente en el parque. Marina, entre lágrimas, no sabía qué hacer. Llamó a Óscar, y él le espetó:

—Llama a una ambulancia, ¿por qué lloras? Llévalo tú, ¡encontrarás la solución!

Ella lo llevó, lo abrazó mientras los médicos curaban la herida, susurrándole palabras dulces para que no llorara. Esa noche, Óscar llegó, miró a Arturo y resopló:

—Ves, no era para tanto. Se curará pronto.

Marina empezaba a dormirse cuando llamaron a la puerta.

—¿Ahora qué? —refunfuñó, levantándose.

Era Lola.

—¡Se me olvidó decirte! Aquí nos ayudamos. Si necesitas algo del supermercado, mi marido y yo vamos, ¡avísanos!

—¿Ya nos tuteamos? —pensó Marina, cansada. Pero Lola parecía sincera, y le dio pena.

—Gracias, Lola, pero estoy agotada. Necesito descansar.

—¡Claro, descansa! —Lola sonrió y se marchó.

Marina se acostó, pero antes de cerrar los ojos, la puerta se abrió de golpe. Arturo entró con una niña de unos ocho años, llorando.

—¡Mamá, ayúdala! A Sonia se le ha deshecho la coleta, ¡y su mamá le ha dicho que no vuelva despeinada! ¡Está llorando!

—Vale, ven aquí, cariño —suspiró Marina.

Le hizo una trenza torpemente y le secó las lágrimas.

—Listo, lávate la cara y vete.

—¡Mamá, eres la mejor! ¡Vamos a jugar! —Arturo y Sonia salieron corriendo.

El sueño se había esfumado. Marina se revolvió en la cama sin conseguirlo. Normalmente, al llegar de viaje, organizaba todo para crear un ambiente acogedor. Óscar, en cambio, salía corriendo a la playa o al bar, y cuando ella y Arturo lo encontraban, ya estaba en medio de un grupo, con cerveza y chistes.

—Tu marido es el alma de la fiesta —envidiaban sus amigas.

Y Marina soñaba con que, aunque fuera una vez, fuera el alma de su familia.

Salió al balcón. El mar brillaba bajo el sol, como prometía la agencia de viajes. De pronto, olió humo. Al girarse, vio una columna de humo en el balcón vecino y empezó a toser.

—Oh, ¿te molesto? —Una mujer de unos treinta años asomó desde la habitación de al lado.

—No, es solo el viento —respondió Marina, quitándole importancia.

—Me acostumbré a que la habitación contigua estuviera vacía, por eso fumo. Soy Olga.

—Marina. Estoy aquí con mi hijo.

—Yo con mi hija, Sonia.

—¿Eres la que la riñó por las coletas? —Marina esbozó una sonrisa.

—¿Ya lo sabe todo el hotel? —Olga se rió—. Oye, ¿por qué hablamos a gritos? Baja, tengo vino. ¿Brindamos por el viaje?

—¡Vamos! —El ánimo de Marina mejoró.

Olga era morena, con una mirada traviesa. Ya había improvisado una mesa: uvas, vasos de plástico y una botella de cava.

—¡Por conocernos!

—¡Chicas, ¿aquí estáis de fiesta? ¿Me uno? —apareció Lola de repente.

—¡Claro, en la playa todo vale! —Olga le sirvió vino.

De pronto, Lola rompió a llorar.

—Chicas, no puedo más…

—¿Qué pasa? —exclamaron las dos.

—Vinimos de vacaciones con mi marido, pensé que estaríamos solos. ¡Pero mi suegra, Teresa, se coló! Es una exdirectora, siempre organizando cosas. ¡Y me obliga a montar espectáculos! Yo quiero estar en la playa, no planear eventos. Amo a mi marido, a mi familia, ¡pero también soy humana! Necesito descansar. Y ella: “Lola, sé amable. ¡Lola, eres la imagen de la familia!” ¡Odio mi nombre!

Olga y Marina se miraron. Cada una llevaba su carga. Olga habló primero:

—Lola, yo soñaría con tener una suegra, una familia. En el DNI de Sonia, en “Padre”, hay un guión; su papá está vivo, pero tiene otra familia y nunca la reconoció.

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