Traición en una taza de té: Una historia

**Traición en una Taza de Té: La Historia de Carmen**

Carmen regresaba a casa del trabajo con un paso ligero—ese día la habían dejado salir antes. Las calles de Getafe, bañadas por el cálido sol primaveral, invitaban a disfrutar del tiempo inesperadamente libre.
*¿Y si visito a Lucía?*—pensó—. *Hace tanto que no nos vemos.*
Sin dudarlo, entró en una pastelería a comprar un pastel de cerezas y, media hora después, llamaba a la puerta de su amiga.
—¡Hola!—Lucía abrió la puerta, y sus ojos brillaron con un destello misterioso.
—¡Venía a verte!—sonrió Carmen, entregando la caja con el postre.
—Pasa, tengo una sorpresa para ti—dijo Lucía, y en su voz había una nota extraña que hizo que Carmen se tensara.
—¿Qué sorpresa?—preguntó, pero antes de que su amiga respondiera, entró en la cocina. Allí se quedó paralizada, como si un rayo la hubiera alcanzado.

*”Las solteras no tienen lugar en la casa de una mujer casada”*, solía decirle su abuela. *”Mantén la distancia, no abras el corazón, o llorarás lágrimas amargas.”*

Carmen siempre había seguido los consejos de su abuela. No tenía muchas amigas—unas se perdieron con el tiempo, otras se alejaron tras peleas—, pero Lucía había sido su compañera fiel. Cuarenta años de amistad, desde la escuela primaria, compartiendo alegrías y penas. Mientras Carmen criaba a sus dos hijos con su marido Javier, enviándolos a estudiar a Madrid, Lucía soñaba con un futuro mejor para su hija Marina.

—Yo no tuve suerte en el amor—decía Lucía con tristeza—, pero al menos que Marina sea feliz.
—No digas eso—la consolaba Carmen—. Marina es inteligente, lo logrará. Tienes una hija maravillosa, un hogar… Claro, lo de tu ex fue duro.
—Duro fue aguantar sus infidelidades todos esos años—respondía Lucía, amarga—. Pensé que cambiaría, pero solo empeoró.

Carmen conocía bien la historia. El ex de Lucía, Adrián, nunca fue fiel. Mientras ella trabajaba día y noche para mantener a Marina y ayudar a sus padres, él buscaba otras mujeres. A veces lo ocultaba, pero siempre terminaba en escándalos. Hasta que, tres años atrás, se marchó con una joven.

—Marina ya es mayor, y tú y yo somos extraños—le dijo con frialdad antes de irse, llevándose todos sus ahorros.

En esos días oscuros, Carmen fue su único apoyo.

—Mamá, tú misma repites lo de la abuela—le decía su hija mayor, Ana—. ¿Por qué insistes en traer a Lucía?
—No digas tonterías—replicaba Carmen—. Lucía es como mi hermana.
—Bromeamos, mamá—intervenía su hijo pequeño, Pablo—. Pero si casi vive aquí.
—¿De verdad creen que Lucía querría llevarse a vuestro padre?—se indignaba Carmen—. ¡Somos como familia!
—Era broma—se reía Ana—. Con vuestra edad, ¿qué romance va a haber?

Carmen ignoraba sus comentarios. Javier, su marido, nunca le dio motivos para sospechar. Hombre tranquilo y trabajador, los fines de semana los pasaba en casa, arreglando cosas o leyendo el periódico. En el pasado, él y Adrián fueron amigos, pero tras el divorcio de Lucía, dejaron de hablarse. Carmen y Javier se quedaron de su lado.

—Lucía está sola—decía Carmen—. Hay que invitarla a celebraciones.
Y Javier asentía, ayudando sin quejarse: arreglando un grifo, llevando muebles, lo que fuera. Lucía, agradecida, les enviaba dulces o verduras de su huerto. Todo parecía normal.

—Eres ingenua—dijo una vez su compañera de trabajo, Raquel—. ¿No te da miedo dejar a tu marido con ella?
—¡Qué ridiculez!—se reía Carmen—. Lucía fue testigo en mi boda. Javier y yo llevamos treinta años juntos. A nuestra edad, los dramas ya no existen.
—La vida da sorpresas—murmuraba Raquel, escéptica.

Pero ese día, cuando entró sin avisar en casa de Lucía, su mundo se derrumbó. En la cocina, cómodo en su bata, Javier tomaba un plato de cocido.

—¿Qué haces aquí?—chilló Carmen—. ¡Dijiste que ibas de caza! ¿Otra vez necesita Lucía ayuda?

Lucía se adelantó, seria.
—Escucha, Carmen. Es mejor que lo sepas. Estamos agotados de escondernos.

Las palabras le golpearon como martillazos. Carmen miró a Javier, buscando una explicación, pero él bajó la vista.

—No sé cómo pasó—murmuró Javier—. Pero no podemos seguir mintiendo. Me voy a vivir con Lucía.

—¿En serio?—logró decir Carmen, ahogándose en rabia.

Días después, Lucía intentó justificarse.
—No me juzgues. Tú siempre fuiste feliz; yo sufrí años con Adrián. Merezco esto.
—¿Robar a mi marido era tu merecido?—rugió Carmen.
—No exageres—susurró Lucía.

Carmen había perdido a su esposo y a su mejor amiga. Javier se mudó con Lucía, y sus hijos, Ana y Pablo, lo repudiaron. Marina, la hija de Lucía, se disculpó con ella.

—No es tu culpa—respondió Carmen, exhausta—. Fui yo, por confiar.
—Siempre los vi como familia—dijo Marina—. Ahora Javier es mi padrastro. No sé cómo sentirme.
—Eso decídelo tú—suspiró Carmen—. Pero yo ya aprendí: no hay amistad entre mujeres, y la confianza es un error.

Ahora, sola en su piso de Alcorcón, solo hablaba con sus hijos y compañeros de trabajo. Javier desapareció de su vida, y aunque Lucía intentó acercarse, Carmen no tenía nada que decirle. El dolor era profundo, pero, en silencio, esperaba que el tiempo cerrara sus heridas.

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Traición en una taza de té: Una historia