Sueños Rotos: El Drama de Lucía
Lucía recorría con paso agitado el salón de su piso en Zaragoza, lanzando miradas ansiosas al teléfono. Su marido, una vez más, llegaba tarde, y su paciencia se agotaba como un hilo demasiado tensado.
—¿Dónde diablos se ha metido? —murmuró, apretando el móvil con fuerza, hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
El ruido de la cerradura de la puerta la sobresaltó. Apareció Javier, cansado pero con una sonrisa culpable. En sus manos llevaba un modesto ramo de margaritas.
—Para ti —dijo, tendiéndole las flores—. Perdona, me entretuve ayudando a mi madre.
—¿Entretuviste? —Lucía estalló, su voz temblaba de rabia—. ¿Y no podías llamar? ¡He estado aquí, volviéndome loca de preocupación!
—Se me fue de la cabeza —Javier bajó la mirada, jugueteando con el borde de su chaqueta—. Estaba con mi madre y luego… Escucha, hemos hablado y tomamos una decisión.
—¿Qué decisión? —Lucía se quedó inmóvil, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
Javier respiró hondo y comenzó a hablar. Lucía lo escuchó, y con cada palabra, su rostro se volvía más frío, petrificado por la incredulidad y el enfado.
Ya no recordaba cuándo había visto a su marido en casa más de una hora. Se iba al amanecer y regresaba pasada la medianoche, cuando ella ya dormía. Si es que regresaba. La primavera había llegado a la ciudad, y Javier parecía haberse convertido en otra persona. En invierno, corría a casa, se arropaba en una manta y rechazaba sus sugerencias de pasear. Ahora, sin embargo, se ausentaba día y noche.
La madre de Javier, Pilar Martínez, le había causado rechazo desde el primer momento. Cuando se conocieron, Lucía notó cómo la suegra la observaba con frialdad, como si estuviera evaluando una mercancía. En la mesa, Pilar solo hablaba con su hijo, ignorando por completo a su nuera. Lucía sentía lástima por el marido de Pilar, Antonio López, quien parecía consumido, hablando con su esposa en voz baja, como si temiera su ira, y sobresaltándose con cada palabra brusca de ella.
Ya entonces, Lucía supo que vivir bajo el mismo techo con esa familia sería una pesadilla. Por suerte, ella tenía su propio piso, y después de la boda, Javier se mudó con ella. Pilar no había puesto objeciones, incluso ayudó a su hijo a empacar, como si estuviera aliviada de librarse de su presencia.
En la fiesta de la casa nueva, la suegra apareció solo un rato: revisó el piso con mirada crítica, bebió un café y se marchó. Pasó un año de matrimonio, y Lucía no tenía de qué quejarse ni presumir. Vivían como todos: casa, trabajo, fiestas ocasionales. Sus padres estaban en otra ciudad, invitándola a visitarlos, pero ella había crecido acostumbrada a su independencia. Aquí tenía su trabajo, sus amigos, su hogar y su marido. Le parecía que su vida matrimonial no iba mal. Javier era sencillo, vivían con humildad, pero les alcanzaba.
A veces ayudaban a su suegra cuando ella lo pedía. Una vez al mes salían a cenar, hacían planes, soñaban con el futuro. Lucía soñaba con tener hijos, pero Javier evadía el tema. Entendía que soñar era fácil, pero criar a un niño era otra cosa. Javier, en cambio, fantaseaba con tener coche. Lucía admitía que sería útil, pero demasiado caro. No querían pedir un préstamo ni, mucho menos, ayuda familiar. Tendrían que ahorrar cada céntimo para un coche de segunda mano.
Javier justificaba sus ausencias con una simple excusa:
—Ayudo a mi madre. La temporada de la huerta empezó, y va todos los días. No puedo dejarla sola.
—¿Y a mí no me ayudas? —estallaba Lucía—. ¡Cuántas veces te he pedido que arregles el grifo del baño! ¡La puerta del balcón apenas cierra!
—Lucía, no compares… ¡Es mi madre! —se defendía él, quitándole importancia.
Estas discusiones eran cada vez más frecuentes. Lucía se cansó de ser una esposa de “fin de semana”, cuando los había. Incluso los sábados, Javier se iba con sus padres. A veces se preguntaba: ¿por qué nunca la invitaban?
Una vez, en casa de su suegra, probó unos calabacines en conserva. Estaban tan ricos que, sin darse cuenta, se comió media jarra.
—¿Los hicisteis vosotros? —preguntó, admirada.
—Claro —contestó Pilar con orgullo—. Trabajo toda la primavera y el verano para tener provisiones en invierno.
—Mi madre no hace conservas, casi había olvidado este sabor —dijo Lucía, esperando que su suegra le ofreciera algunas.
Pero Pilar hizo caso omiso.
—Qué familia más rara. ¿Cómo es que no hacéis conservas? Yo lleno tarros todos los años. Es duro, pero en invierno se agradecen los tomates, los pepinillos, la mermelada. Los vagos siempre tienen la despensa vacía —murmuró, lanzándole una mirada reprobatoria.
Lucía no volvió a mencionar el tema. De camino a casa, compró un bote de calabacines, frió unas patatas y lo comió todo sola.
Esa noche, Javier llegó tarde otra vez. Lucía, furiosa, paseaba de un lado a otro, apretando el móvil. Estaba harta de cenar sola, de esperar como una perra fiel. La puerta se abrió, y ella se tensó, lista para soltar todo lo que llevaba dentro. Javier entró con otro ramo de margaritas, sonriendo con culpa.
—Perdona, Lucía —dijo, entregándole las flores.
Ella las colocó en un jarrón en silencio, esperando que la velada se volviera romántica. Pero Javier se dejó caer en el sillón, la miró con astucia y comenzó:
—Mi madre y yo hemos hablado. ¿Para qué necesitamos este piso? Vamos a venderlo y comprar algo más barato.
Lucía se quedó helada. Javier, sin notar su reacción, siguió:
—Siempre te quejas de que no pasamos tiempo juntos. Si vendemos este piso, compramos uno más pequeño en las afueras, y con la diferencia nos compramos un coche. Además, estaremos más cerca de la huerta de mi madre, será más fácil llevarla.
Lucía lo miró fijamente, sintiendo una tormenta crecer en su pecho. ¿Qué clase de marido era? ¡Un apéndice de su madre! Quería gritar, pero se contuvo y dijo con voz gélida:
—Cariño, ¿tienes hambre?
—No, ya comí en casa de mi madre. Hoy hizo pollo asado, una delicia —Javier cerró los ojos, saboreando el recuerdo.
Algo se rompió dentro de Lucía. Ese hombre nunca sería ni un marido ni el padre de sus hijos.
—Sabes qué —dijo con tono glacial—, mejor vendéis la huerta y os compráis el coche. Así no tendrás que llevar a tu madre y estarás más en casa.
—¿Qué dices? —Javier se quedó pálido—. ¡Mi madre nunca aceptará! ¿Y adónde iremos en verano? Bueno, yo iré con ella. A mi padre no le gusta la huerta.
—Entonces te propongo otra cosa —Lucía se irguió, su voz temblaba de determinación—. Haz las maletas y vete con tus padres. Mañana vamos a pedir el divorcio. Necesito salir a airearme. Cuando vuelva, no quiero verte aquí.
JJavier asintió en silencio, recogió sus cosas y cerró la puerta tras de sí, mientras Lucía respiraba aliviada, sintiendo por primera vez en años que su vida era solo suya.




