La Tormenta en Casa: Un Drama Personal

**Tormenta en Casa: El Drama de Lucía**

Lucía acababa de despedir a su marido, Carlos, que salía hacia el trabajo, y con un suspiro de alivio, se dirigió al dormitorio de su acogedor piso en Valencia. Pero antes de que pudiera tumbarse, el timbre sonó con urgencia.

—¡Abre, que no tengo todo el día! — gritó una voz cortante desde el otro lado de la puerta. Era su suegra, Carmen.

Lucía, con el corazón encogido, abrió. Allí estaba doña Carmen, con la mirada tan afilada como sus palabras.

—¿Doña Carmen, qué pasa? —preguntó Lucía, tratando de disimular el mal presentimiento.

—¿Dormida a estas horas? ¡Arréglame la habitación, que me mudo aquí! —anunció, como si lanzara un desafío.

Lucía se quedó helada. —¿Cómo que se muda? ¿Por qué?

En casa de Lucía y Carlos reinaba la alegría: ella estaba en el quinto mes de embarazo. Pero la felicidad se empañaba cada vez que la suegra aparecía. Desde que doña Carmen supo del bebé, ahogaba a Lucía con una “atención” que más bien parecía un asedio.

Doña Carmen siempre había sido devota de su hijo, pero con la nuera, su “cariño” rayaba en lo insoportable. Cada palabra suya era un combinado de elogio y veneno.

—Te miro y me entran sudores —dijo una vez, apareciendo sin avisar—. ¿Has mirado al espejo? ¡Flaca como un espárrago! Y esas caderas… ¿Cómo vas a parir? Solo esos ojos bonitos debieron engatusar a mi Carlos, porque lo demás…

Lucía no sabía si reír o llorar. ¿Era un cumplido o un insulto?

—Seguro que eras una niña enfermiza —continuó doña Carmen—. ¿Tus padres no te daban de comer?

—¡Nunca estuve enferma! —protestó Lucía—. Mis padres me llevaban a la playa cada verano.

—Ah, claro, por lo delicada que eras —sentenció la suegra, como si cerrara un debate.

Así era su “cuidado”: imposible halagar sin arañar. Solo su hijo Carlos y su hija Marta, que vivía en otra ciudad, escapaban a sus críticas. A ellos los adoraba sin peros.

Para el séptimo mes, Lucía temía más a su suegra que al parto. Hasta quiso cancelar su cumpleaños para evitar ver a doña Carmen. Pero Carlos insistió:

—Quiero celebrarte, cariño. ¡Un día en familia es alegría!

Carlos, acostumbrado al carácter de su madre, no notaba lo que sufría Lucía.

—¿Celebramos tu cumple en casa? —propuso él—. Los restaurantes están llenos, y en tu estado…

—¿Por qué en casa? —respondió ella, sin entusiasmo.

—Para que no te contagies de nada.

—Bueno —suspiró—. Pero nada de banquetes; no tengo fuerzas para cocinar.

—¡Mamá vendrá temprano a ayudar! —anunció él, radiante.

Lucía palideció. —¿Fue idea de tu madre esto?

—¡No! ¡Lo decidí yo! —se defendió Carlos.

—¡Claro, como siempre! —saltó Lucía.

—Cariño, ella solo quiere lo mejor.

—¡Basta! Celebramos en casa, pero quien me ayude será mi madre.

—Pero los tuyos viven lejos, y mamá está a dos pasos.

—Mis padres vendrán la noche anterior. ¡Y se quedarán!

—¿Tan mal te caen mis ideas?

—Si sigues, les pido que traigan al perro —amenazó Lucía.

—Sabes que no soporto a los perros.

—¡Exacto! —Y cerró la puerta de un portazo.

La víspera del cumple, los padres de Lucía, Isabel y Manuel, llegaron con regalos, verduras de su huerto y ropita para el bebé. Isabel, nada supersticiosa, ya había comprado medio ajuar. Lucía y Carlos tenían la cuna y el carrito, pero lo ocultaban de doña Carmen.

—Mamá, no le menciones nada de las cosas del bebé a tu suegra —rogó Lucía.

—¿Sigue con sus creencias ridículas? —preguntó Isabel.

—No me deja respirar. Desde que estoy de baja, cada timbrazo me da un vuelco.

—¿Y Carlos?

—Él está en su mundo. Pero su madre…

—Esto no puede ser —dijo Isabel, seria—. Mañana hablaré con ella.

—¡No, por favor!

—Treinta años siendo madre, hija. No permitiré que te hagan esto.

Al día siguiente, los padres de Lucía amanecieron en la cocina.

—¡Feliz cumpleaños, hija! —Manuel la abrazó primero.

—Que seas muy feliz, preciosa —añadió Isabel.

Lucía les enseñó el regalo de Carlos: un anillo y entradas para una exposición que le gustaba.

—¡Qué suerte con tu marido! —sonrió Manuel—. Yo ni me acuerdo de lo que le gusta a tu madre.

Lucía se lavó la cara y ayudó a preparar la mesa. Hasta que el interfono sonó: era doña Carmen.

—¡Hola, consuegros! ¿Tan perdidos estáis que no veníais a ver a vuestra hija embarazada? Menos mal que yo estoy cerca…

Isabel no se mordió la lengua:

—Nosotros respetamos su espacio, no como algunos que se cuelan sin avisar. Pero el dinero para ayudar nunca falta.

Doña Carmen torció el gesto, pero calló. La fiesta transcurrió con tensión disimulada.

Al día siguiente, los padres de Lucía se marcharon, y Carlos fue al trabajo. Lucía, exhausta, se dirigió a la cama, pero el timbre volvió a sonar.

—¡Ábreme! —rugió doña Carmen.

Lucía, resignada, la dejó pasar.

—¿Otra vez durmiendo? ¡Pues arriba! Me instalo aquí hasta que nazca el niño.

—¿Qué? —Lucía sintió que el suelo se movía—. No hace falta, doña Carmen. Nos las arreglaremos.

—¡Tonterías! Compraréis un sofá para la habitación del bebé. Yo me quedaré ahí para cuidarlo, bañarlo, educarlo como debe ser.

Lucía llamó a Carlos, que llegó corriendo.

—Mamá, vete a casa. No necesitamos que te mudes.

Doña Carmen, herida, estalló:

—¡Desagradecidos! ¡No volveré a pisar esta casa!

Hasta el parto, la paz reinó. El día de la recogida, además de sus padres, apareció doña Carmen. Todos posaron para la foto y fueron al piso. No hubo banquete—el bebé era demasiado pequeño—, pero cuando los padres de Lucía se despedían, doña Carmen anunció:

—Yo me quedo. ¡Los jóvenes necesitan ayuda!

Lucía contuvo las lágrimas. Isabel intervino:

—Doña Carmen, cuando Marta tenga hijos, ayúdele a ella. Lucía tiene a su madre. Si necesita algo, me llamará. ¿La llevo a su casa?

—¿Con qué derecho me echáis? —chilló doña Carmen—. ¡Yo sí me preocupo por mi nieto!

Carlos la llevó a casa y fue claro:

—No vuelvas sin avisar.

Doña Carmen se enfureció, pero Carlos no cedió. Ahora no habla con ellos, esperando una disculpa. Pero Lucía y Carlos no piensan dársela. La paz, al fin, es demasiado dulce.

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