Los secretos familiares y el camino hacia la felicidad
María Dolores Gómez compró una cesta de fresas maduras y aromáticas en el mercado del pueblo de Almodóvar del Río y decidió llevárselas a su hijo y a su nuera. Como era fin de semana, seguro que estarían en casa. La puerta de su piso en el edificio antiguo de ladrillo estaba entreabierta, así que entró sin llamar. Justo cuando iba a preguntar si había alguien, escuchó a Lucía sollozar amargamente mientras hablaba por teléfono. «¿Qué le pasa a Lucía para llorar así?», se alarmó la suegra. Se acercó sigilosamente y, conteniendo la respiración, escuchó. Lo que oyó la dejó sin aliento.
María Dolores había comprado las fresas en el mercado y pensó en pasar por casa de su hijo. Era sábado, seguro que estaban. La puerta del piso estaba abierta, así que entró sin avisar.
Iba a llamarlos cuando, de repente, escuchó a Lucía llorar en la habitación mientras hablaba por teléfono. María Dolores se quedó inmóvil en el pasillo, escuchando.
—Ana, es como si yo no existiera—, sollozaba Lucía entre lágrimas. —Me compré un vestido nuevo, y él ni siquiera lo notó. Siempre está callado, como si nada le gustara. Por las noches se queda con el móvil hasta que se duerme. Es como si yo no estuviera. Después del trabajo, va directo a casa, así que no creo que haya otra. Antes hablábamos de tener hijos, pero ahora ni me atrevo a mencionarlo. Creo que ya no me quiere, pero no se atreve a decírmelo. Ana, esto se acabó. Sin Javier, no sé qué haré. No quiero a nadie más que a él.
—Gracias por escucharme—, continuó Lucía. —No tengo con quién desahogarme. Mi madre está ocupada con su vida, y mi suegra defendería a su hijo, así que me callo.
María Dolores entendió que la conversación había terminado y dijo en voz alta:
—¿Hay alguien en casa?
—Sí, hola, María Dolores—, salió Lucía, secándose las lágrimas.
—Lucía, he traído fresas frescas, pensé en compartirlas con vosotros—, sonrió María Dolores, entregando la cesta.
—Gracias, justo quería comprar—, contestó Lucía. —Pasa, ¿quieres un té? Tengo unos pasteles.
—Sí, gracias—, asintió María Dolores.
Mientras Lucía preparaba el té y sacaba los pasteles, María Dolores pensaba en lo que había oído. Parece que las cosas no iban bien en el matrimonio de su hijo.
—¿Cómo está Javier?— preguntó. —Casi no llama, ni venís a visitarnos. No me meto, sé que andáis ocupados…
—Ay, siempre está trabajando—, suspiró Lucía. —Llega, come, ve series y se duerme. No salimos, estamos en casa como dos ancianos.
María Dolores se rio. Le gustaba su nuera por su sinceridad. Llevaban tres años casados, después de un noviazgo. No podía haber mejor nuera: lista, guapa. La había acogido como una hija desde el primer día, sin celos.
—Qué raro se porta Javier—, dijo María Dolores pensativa. —Sois jóvenes, no tenéis hijos, deberíais salir más, disfrutar…
—Eso digo yo—, la voz de Lucía tembló. —Creo que ya no me quiere.
Rompió a llorar. María Dolores se sintió desconcertada, pero intentó consolarla:
—Lucía, claro que te quiere. Quizá tiene problemas en el trabajo o está agotado. Habla con él.
—Ya lo he hecho—, contestó Lucía entre lágrimas. —Dice que todo está bien, que no me invente cosas. Pero yo quiero un hijo, y para eso… hay que intentarlo.
—No sé cómo ayudar—, suspiró María Dolores. —No puedo obligar a Javier a escuchar, y no quiero meterte en problemas. ¿Y si se enfada porque me cuentas esto? Hay que pensar algo…
—Se me ocurre una idea—, dijo María Dolores animada. —Despertar sus celos, por así decirlo.
—¿Qué idea?— Lucía se secó las lágrimas. —Haré lo que sea por no perderlo.
—Al hijo de la vecina le ha venido su sobrino, Adrián. Alto, guapo, ojos oscuros. Trabaja en el teatro, las chicas se vuelven locas con él. ¿Qué tal si Javier siente celos? A una amiga le pasó: su marido se desentendió, pero cuando un compañero la llevó en coche, se puso celoso y todo mejoró. Le hablaré a Adrián, organizaremos un plan.
Lucía la miró sorprendida.
—No, esto es una tontería—, negó con la cabeza. —Quizá las cosas se arreglen solas…
—Tú decides, pero si cambias de opinión, aquí estoy—, guiñó María Dolores. —De momento, es lo único que se me ocurre.
—Gracias por apoyarme—, murmuró Lucía. —Ojalá no haga falta. ¡Ah, ya llegó Javier!
—Mamá, ¿qué pasa?— entró su hijo. —¿Ocurre algo?
—Hijo, he traído fresas—, sonrió María Dolores. —Estábamos con Lucía tomando té. ¿Cómo va el trabajo?
—Bien—, gruñó Javier. —¿Y papá?
—Se fue de caza con su amigo—, respondió María Dolores. —¿Y vosotros por qué no salís? Hace buen tiempo…
—No me apetece—, se encogió de hombros. —Prefiero ver películas en casa.
Lucía miró a su suegra y levantó las cejas. Tal como lo había dicho: no quería hacer nada.
Días después, Lucía llamó a María Dolores, llorando.
—¡Acepto su plan! ¡Esto es insoportable! Me corté el pelo, me lo teñí, todos dicen que me queda bien, ¡y Javier ni se da cuenta! ¿En serio cree que su idea funcionará?
—Lucía, ¡vamos a intentarlo!— dijo María Dolores animada. —Hablaré con Adrián.
Ese mismo día, María Dolores fue a casa de la vecina y le explicó el plan a Adrián. Se rio, pero aceptó ayudar. Le dio su número a Lucía.
Al día siguiente, Lucía llamó a su suegra, histérica.
—¡Su idea fue un desastre! ¡Javier se ha ido!
—¿Qué pasó?— preguntó María Dolores, alarmada.
—Estaba en casa después del trabajo—, explicó Lucía entre sollozos. —Me maquillé, me puse un vestido. Ni siquiera preguntó adónde iba. Adrián llamó, dije que salía. Entonces Javier preguntó con quién iba. Le dije que un cliente. Se calló. Adrián vino a buscarme, me vio desde la ventana. Me fui con él, pero solo estuvimos una hora en una cafetería. Cuando volví, Javier no estaba. Tampoco su coche. ¡Y se llevó sus cosas! ¡No contesta al teléfono!
—Hablaré con él—, prometió María Dolores. —Fue culpa mía.
Se arrepentía. ¿Por qué se había metido?
—Mamá, ¿estás en casa?— dijo Javier al entrar.
—Sí, hijo. ¿Qué pasa?
—Me quedaré aquí un tiempo—, anunció. —Si no te importa.
—Sí me importa—, contestó María Dolores firme. —Vuelve con tu mujer.
—No quiero. No puedo…
—¿Por qué? Lucía te adora.
—Yo también la amo—, su voz tembló. —Por eso la dejo ir. Que sea feliz con otro, que tenga el hijo que quiere. Yo… bueno, no puedo tener hijos.María Dolores lo abrazó con fuerza, susurrándole que juntos encontrarían una solución y que lo más importante era hablar con Lucía con el corazón abierto.





