Isabel no quería ayudar a su hija, pues en su día la dejó sin hogar. Todo el pueblo la juzgaba. Claro, ella vivía en una casa grande mientras su hija y sus nietos se apretaban en una choza. Y Lucía, por supuesto, echaba más leña al fuego, hablando mal de su madre. “Yo cargo agua del pozo, y ella tiene agua corriente. Compro leña con los últimos euros, y ella tiene gas”, se quejaba ante los que amaban ese tipo de historias. Isabel intentaba ignorar los rumores, caminaba con la cabeza bien alta. No iba a explicarles a todos por qué actuaba así.
Hace muchos años, tuvo una familia maravillosa: su marido y su querida Lucita. Un piso de tres habitaciones, comodidades. Isabel se quedaba en casa, dedicada a criar a su hija. La mejor escuela, actividades extraescolares. Todo iba sobre ruedas.
Pero cuando Lucía cumplió quince años, su marido enfermó. Isabel, como esposa amorosa, se volcó en luchar contra su enfermedad. Se necesitaba mucho dinero. Vendieron todo, menos el piso. Pero nada sirvió. Tres años después, él falleció.
La vida se volvió dura para Isabel y Lucía. No tenían apenas para vivir. Lucía, acostumbrada a cierta comodidad, se rebeló. Isabel encontró trabajo en una tienda: cajera, limpiadora cuando faltaba alguien. Eran migajas. Lucía terminó el instituto, pero no quiso estudiar más. “No hay dinero para la universidad, y a un ciclo no voy, no insistas”, le decía a su madre.
Eso sí, le encantaba salir de fiesta. Y sobre todo, era astuta. Cuando necesitaba dinero, era “mamita, mi vida”. Si no, “¿para qué me tuviste si no puedes ayudarme?”. Así una y otra vez, hasta que apareció Javier.
Al principio, Isabel se alegró. Por fin su hija entraba en razón. Javier parecía muy formal: bien vestido, se notaba que no compraba en rebajas. Sabía poner a Lucía en su sitio con solo una mirada. Y no era tacaño; compraba comida cara. Con Isabel, educado. “Madre” la llamó desde el primer día. Vamos, que era pura miel.
Vivieron los tres juntos, aparentemente felices. Isabel llegaba del trabajo y la casa estaba limpia, la cena servida. Los jóvenes nunca estaban, desaparecían hasta el amanecer. Pero Isabel no se metía. “Son jóvenes, que vivan”.
A los seis meses, empezaron los problemas. Lucía llegaba llorando, Javier de mal humor. Isabel no indagó. Grave error. Una noche, la llamaron a hablar. “Madre, Javier y yo queremos vivir solos. Necesitamos un piso”, empezó Lucía. “Pero si no os molesto, y no tengo dinero para ayudaros”, respondió Isabel. “No es eso. Vende el piso y repartimos el dinero”, la interrumpió.
Isabel dudó, pero su hija insistió. Unas veces con súplicas, otras amenazando con vender su parte. Al final, cedió. Los jóvenes fueron a la notaría con el comprador… y desaparecieron. Con todo el dinero. Isabel se quedó sin nada. Una mujer sin techo, ya entrada en años.
Alquilar con su sueldo era imposible. Buscó un trabajo con alojamiento. Lo que fuera. Y lo encontró: cuidar a una anciana, doña Carmen. Su hijo, un hombre adinerado, podía llevársela, pero ella no quería dejar su casa. Así que contrató a Isabel.
Doña Carmen era exigente. Casi no caminaba, pero exigía el orden que siempre había reinado en su hogar. Isabel tuvo que aprender: hacer pan en horno de leña, almidonar manteles y cortinas. Pero con paciencia, lo logró.
Vivieron juntas dos años. Ni amigas ni enemigas. Doña Carmen murió de repente. Por la mañana sonreía, al mediodía cayó al suelo. Su hijo lo arregló todo. Luego hizo una oferta a Isabel. “Conozco su historia—disculpe, indagué. Le vendo esta casa por un precio simbólico. Puede pagar a plazos”. Así, Isabel tuvo un hogar propio.
Apenas se instaló, cuando Lucía apareció. Con dos hijos pequeños. “Vaya casa. ¿Dónde está mi habitación?”, dijo como si nada.
Isabel fue clara. “Tu habitación estaba en aquel piso que vendiste con Javier. Por cierto, ¿dónde está mi parte? ¿Y por qué me buscaste ahora? Ah, ya: Javier te dejó y no tienes dinero”. Lucía se ofendió. “No empieces. Javier era un jugador. Me engañó como a ti. Me casé dos veces, todo mal. Cuando el último me echó, pensé: ‘Tengo a mi madre, ella no me fallará'”.
Isabel respondió firme. “Error. Eres adulta y madre. ¿Por qué habría de ayudarte? Ya te di todo lo que pude. Tu vida es tu problema. Esta noche podéis quedarse. Mañana, vete donde quieras”.
Lucía se quedó dos semanas. Luego, con la ayuda de una vecina, compró una casita con un subsidio y se mudó. A Isabel le costó. Amaba a su hija y añoraba a sus nietos, pero Lucía le prohibía verlos. Vivían cerca, pero distantes.
La reconciliación llegó con la desgracia. El novio de Lucía quemó la casa por descuido. Por suerte, ella y los niños no estaban. Cuando llegaron a casa de Isabel, esta les abrió. Al fin y al cabo, solo les tenía a ellos. Era hora de perdonar. El resto… solo Dios lo sabe.





