**Diario de Lucía**
Hoy me senté en la cocina, mirando fijamente el anillo con una piedra pequeña que me regaló Víctor hace poco. “Por nada en especial”, como siempre. Antes, esos detalles me hacían temblar el corazón; ahora solo traen un vacío que no sé explicar. No hay nada más triste que vivir junto a alguien a quien no amas…
Nos conocimos en la universidad. Él era “ese amigo”—el fiel, el callado, el bueno. Siempre estaba ahí, dispuesto a ayudar. Nunca lo tomé en serio, hasta que empezó a cortejarme. Con paciencia, sin prisa. Incluso me reía de él cuando hablaba con mis amigas.
Pero él no se rindió.
Al final, empezamos a salir. Luego se mudó conmigo. Todo parecía fluir sin esfuerzo. Excepto por un detalle: los sentimientos verdaderos jamás llegaron.
Víctor estaba contento con todo. Me preparaba manzanilla, lavaba los platos, planchaba mis vestidos. Y a mí me irritaba hasta su respiración. Me parecía débil, sin carácter, aburrido.
Mis amigas decían que tenía suerte, que los hombres así son para cuidar. Pero a mis espaldas susurraban: “No se lo merece, es fría, es cruel”.
Y él seguía aguantando. Incluso cuando coqueteaba con sus compañeros de trabajo. Incluso cuando lo apartaba de mí. Incluso aquel día en que le solté: “No me esperes, me voy. Estoy harta”.
Se quedó en el umbral, pálido, con la mirada apagada. Y no intentó detenerme.
Dos semanas después, conocí a Adrián—atrevido, carismático. Nos encontramos en un bar, donde yo, entre copas, montaba un espectáculo sobre la barra. Él se sentó a mi lado y dijo, en voz baja: “En un año, lamentarás haber dejado al que te amaba”.
Me reí.
Con Adrián todo fue como en las películas: cenas elegantes, noches en vela, regalos costosos. Hasta que llegaron las miradas frías, los reproches por mi risa fuerte, las críticas a mi ropa. Después, la infidelidad. Ni siquiera se disculpó:
“¿Qué esperabas? Nunca te prometí nada”.
Salí a la calle bajo la lluvia. Marqué el número de Víctor. Pero no llegué a llamar.
En casa, saqué viejas fotos: él y yo, felices. Él me abraza, y yo lo miro con ojos enamorados. ¿O solo pretendía estarlo?
Días después, tuve una crisis nerviosa. El corazón no aguantó. En el hospital, vi por primera vez en los ojos de Víctor no amor, sino indiferencia.
“¿Por qué viniste?”, susurré.
“No lo sé. Por costumbre”.
Y se fue. Solo dejó manzanillas—las que antes prefería a las rosas.
“¿Por qué temías ser amada?”, me preguntó la psicóloga.
Y rompí a llorar.
“Porque es un riesgo. Porque todos los que me quisieron se fueron. Mi padre desapareció cuando tenía siete años. Mi madre me dijo: ‘No confíes en nadie más’. Lo intenté. Me escondí tras el cinismo, la ironía. Pero Víctor atravesó todo eso…”.
Lloré en silencio, como si por fin me permitiera sentir.
“¿Quieres recuperarlo?”
“Es lo que más deseo. Pero él no quiere verme. Y entiendo por qué”.
Pasaron dos años.
Lo vi en una cafetería. Sentado junto a la ventana, hojeaba la carta mientras sus dedos marcaban un ritmo familiar. Me acerqué.
“Hola. ¿Puedo sentarme?”
Asintió. Callado. Me observó con atención.
“No espero que me perdones. Solo quería darte las gracias. Por cómo fuiste. Y perdóname por no saber amar”.
Me levanté y me marché.
Una semana después, me escribió: *”Probemos otra vez. Pero despacio”*.
Ahora no vivimos juntos. Salimos, reímos, guardamos silencios cómplices. Aprendemos a confiar de nuevo.
En mi nevera hay un imán con una frase: *”Si sientes frío, sé calor”*.
Y cada “despacio” nuestro es un paso hacia adelante. Un paso hacia ese lugar donde, tal vez, vuelva a creer que merezco ser amada. Y que yo también puedo amar.





