— ¿Y para qué me has contado todo esto? — preguntó Irene con una voz que ya no le pertenecía, fría como el mármol de una tumba.
— Ni yo lo sé — respondió Juana, igual de hueca, como si hablara desde el fondo de un pozo.
Intentó seguir, pero el gélido fulgor en los ojos de Irene la detuvo. Una mirada que taladraba, que no creía, que ya no reconocía a la persona frente a ella.
Ese viernes, como tantos otros, habían ido al café de siempre después del trabajo. Un ritual de años: una copa de vino, charlas tibias, risas, alguna que otra lágrima. Dos mujeres cansadas de la rutina, de sus familias, del ruido del mundo. Aquel rincón junto a la ventana era su refugio, el único lugar donde podían ser ellas mismas.
Pero esa noche todo se torció.
De pronto, Irene se levantó de un salto, iluminada por una alegría repentina. — Perdona, solo un momento — dijo, y salió disparada a la calle. Juana, con una ceja arqueada, la siguió con la mirada.
A través del cristal, vio a Irene abrazar a una mujer. Esbelta, elegante, con una sonrisa dulce como la miel. Juana se quedó helada.
Un segundo. Otro. El rostro de aquella mujer emergió de su memoria como un fantasma, y un escalofrío le recorrió la espalda.
Ella la conocía.
Cuando Irene regresó, algo se había roto. Juana forzó una sonrisa tensa:
— ¿Quién era?
— Ah, Verónica. Mi prima. ¿Por qué lo preguntas?
— Es solo… me pareció reconocerla.
— ¿Os conocéis? ¿Quieres que os presente? ¡Es encantadora!
— ¡No! — gritó Juana, demasiado alto, demasiado brusco. Varios comensales volvieron la cabeza. — Perdona… no hace falta.
Irene frunció el ceño:
— ¿Qué pasa?
Juana bajó la vista, apretando las manos bajo la mesa hasta que le dolieron los nudillos:
— Irenita… Verónica tuvo un marido. Se llamaba Diego, ¿verdad?
— Sí. ¿Y qué?
— Él estuvo conmigo. Fui yo quien destrozó su matrimonio.
Todo lo que Irene sabía sobre la separación de su prima provenía de sus propias palabras. Una infidelidad. Una decepción. Un divorcio silencioso y doloroso.
Y ahora, la confesión de Juana. Su amiga. La persona en quien más había confiado.
Juana habló como si desatara un nudo que llevaba años ahogándola:
— Verónica y yo éramos amigas desde la infancia. Juntas en todo: el jardín, el colegio, la universidad. Luego ella conoció a Diego. Al principio, me alegré. Pero después… después perdí la cabeza. Su mirada, su voz… me abrazó en su boda, durante un baile. Y sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No supe cómo pasó. Solo sabía una cosa: lo quería. Y ya no me bastaba con ser su amiga. Quise ser su rival.
Primero fueron miradas. Luego, tocamientos. Después, noches en secreto. Y finalmente… aquel día en que Verónica estuvo hospitalizada. Fui para ayudarla. Y salí siendo la amante de su marido.
Él vino a mí. Creí que comenzaba una vida nueva. Pero en realidad, era el infierno.
Diego comparaba. Juzgaba. Me reprochaba. Decía que Verónica era perfecta, y yo… no lo era. Cada aniversario de su boda se emborrachaba y lloraba. Siempre lloraba.
Viví en una ilusión. Hasta que entendí: él nunca me quiso. Fui un escondite, nunca un hogar.
Irene escuchó con los labios apretados, temblando. Tantos años de amistad. Tantas noches de confidencias, de consejos, de apoyo. Todo con alguien que había traicionado a su familia. Que había destrozado el alma de su prima.
— ¿Sabías que yo era prima de Verónica? — preguntó con voz ronca.
Juana negó con la cabeza:
— No. Hasta ahora no lo supe. Y escucha… da igual lo que me digas. Lo aceptaré. Soy culpable. Hace tiempo que lo sé.
Irene se levantó:
— Entonces se acabó. Adiós, Juana. Buena suerte. Me voy.
Juana llegó a casa. Todo estaba revuelto: ropa tirada, vino sobre la mesa, platos sucios. Diego había estado allí. Y no solo.
En el dormitorio, una chica dormía. Joven, ajena a todo.
Juana dio media vuelta y se marchó a la cocina, en silencio. Diego apareció poco después en el umbral, envuelto en su bata. Ebrio.
— Adelante. Grita, llora, reprocha. Pero me da igual. Me voy. Para siempre.
— Recoge tus cosas y lárgate.
Él no lo esperaba. Esperaba un drama. Resistencia. Que ella llorara como siempre.
Pero no hubo lágrimas. Se habían secado hace tiempo. Solo quedaba un vacío que latía dentro de ella.
Irene le contó todo a su prima. Verónica escuchó en silencio. Al final, dijo:
— Juana murió para mí hace años. Igual que Diego. Los perdoné. Pero jamás los dejaré entrar en mi vida de nuevo. Perdonar es fácil. Volver a confiar… eso es imposible.







