¿Amor Verdadero o Egoísmo?

**Diario de un hombre: Amor o egoísmo**

—¿Qué quieres decir con que no puedes elegir? —Lucía clavó la mirada en su amiga de toda la vida con una expresión de reproche, como si acabara de confesar un crimen—. Si dudas entre dos hombres, es porque no amas a ninguno. Es de cajón.

—A ti te parece fácil, a mí no tanto —suspiró Marta, agobiada—. Los dos me gustan. Cada uno a su manera. Y los dos son buenos en algo.

—Lo que pasa es que te gustas más a ti misma y los arrastras a los dos —remató Lucía, con dureza—. Quien ama de verdad no juega con los sentimientos de los demás. Es injusto. Y mezquino.

—Fácil es juzgar —Marta apartó la cara—. No todos somos tan perfectos como tú. Yo estoy aprendiendo a amar. No tengo experiencia. El lunes me parece que es el primero. El martes, el segundo. El miércoles, otra vez el primero. No lo entiendo. No es gracioso. Los dos valen. Y los dos importan.

—Tírate una moneda al aire, si no sabes decidirte —refunfuñó Lucía—. Mejor eso que estar entre la espada y la pared. Y tendrás la conciencia más tranquila.

—Gracias por el consejo. Ve tú a lanzar tus monedas a la fuente, a ver si tienes suerte. Y no olvides que quizá tú nunca tuviste opción. ¿O acaso no había nadie para elegir?

—¡Yo jamás podría mentir así! —replicó Lucía, desafiante—. Tengo a Sergio. Me quiere. Y yo lo quiero a él. Y todo va bien.

—Sí, claro. Enhorabuena —respondió Marta con una sonrisa amarga.

Tres años después. Lucía, sola en un bar casi vacío, lloraba. Delante de ella, una copa de vino ya tibio. En su mente, aquella conversación lejana.

«Nunca digas nunca»… ¿Quién iba a pensar que acabaría en la misma situación? Solo que ahora era ella quien no podía elegir entre dos hombres. La misma Lucía que antes repartía consejos como si fueran panfletos.

Con David llevaba más de un año. Todo parecía perfecto. Él era seguro, inteligente, atento. Un hombre de ensueño. Y con intenciones claras.

Pero, de pronto, reapareció Sergio. Sí, el mismo. Su ex. El que una vez la dejó por celos, sospechas y broncas por tonterías.

Se separaron cuando él dejó de mirarla como a la mujer que amaba. Para él, Lucía se convirtió en invisible. Todo estaba mal: lo que decía, lo que llevaba puesto, hasta cómo miraba… Hasta que llegó el silencio. El adiós. El dolor. Meses de soledad.

Y entonces, una llamada: «Hola, ¿qué tal? No tengo con quién hablar. ¿Quedamos?»

Fue. Por costumbre. Por comprobar que ya no sentía nada.

Y allí estaba Sergio. Perdido, sin rumbo. Sin trabajo, con su madre enferma, solo. Y hablaba. Sin parar. Y ella escuchaba. Y le daba pena.

No le dijo que tenía a otro. Que quizá era feliz. Que alguien la esperaba.

Sergio empezó a escribir. A llamar. A quedar. Se veían. Sin malicia. Pero cada vez más.

Con David, todo seguía igual. Él estaba ahí. La cuidaba. Le hacía regalos. Le cogía la mano con ternura. La miraba… con esa mirada. Cálida, enamorada. Siempre.

Pero Sergio… Era como volver al pasado. Salidas con amigos, conciertos, viajes. Con él, sentía que volvía a ser joven. David no lo entendía. Él era serio. Ocupado. Introvertido.

Lucía se desgarraba. El corazón le dolía. David era con quien podía construir un futuro. Sergio era a quien aún compadecía. ¿Y quizá… amaba?

Una y otra vez, repasaba las opciones. ¿Cómo decir la verdad? ¿Cómo elegir?

Hasta que una noche, sin poder más, llamó a Marta. Para disculparse. Para pedir perdón por aquellas palabras.

—Perdóname por lo de entonces… ahora entiendo cómo te sentiste.

—¿Perdonarte por qué? —Marta se sorprendió—. Ni siquiera recuerdo a quién elegí. Fue hace siglos.

—Ahora estoy en tu piel. Entre dos. No sé decidir. Da miedo. Mucho.

—¿En serio crees que, cuando amas, puedes estar «entre dos»? No amas a ninguno. Pero a ti misma, mucho. Y si alguien lo hiciera contigo, ¿amarías a quien te tratara así?

—A nadie —susurró Lucía.

—Ahí tienes la respuesta. A nadie. Porque eso solo lo hace quien solo se ama a sí mismo. Lucía, si uno de ellos realmente te importa… míralo. Imagina que no está. Imagina que se va. Que nunca más verás su sonrisa, ni su mano en la tuya…

—David —escapó de sus labios.

Un escalofrío la recorrió. Lo imaginó. Sin esos ojos, sin ese calor. Sin su paciencia. Sin su amor.

Y entonces lo supo. Sabía a quién amaba.

**P.D. A veces, para escuchar al corazón, solo hay que dejar de mentirse a uno mismo.**

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