Sueños Rotos: La Historia de una Mujer

Hoy escribo esto con el corazón pesado, pero también con una extraña sensación de alivio. Todo comenzó hace meses, aunque ahora parece una eternidad.

Lucía recorría el salón de su piso en Zaragoza, pisando fuerte, mirando el teléfono cada dos por tres. Su marido, otra vez tarde, y su paciencia se agotaba como un hilo a punto de romperse.
—¿Dónde diablos se habrá metido?— mascullaba, apretando el móvil con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Finalmente, la puerta se abrió. Apareció Javier, cansado pero con una sonrisa culpable. En la mano traía un ramito de margaritas.
—Para ti— dijo, ofreciéndolas—. Perdona, es que estaba ayudando a mi madre.
—¿Ayudando?— Lucía estalló, la voz temblándole de rabia—. ¿Y no podías llamar? ¡Me has tenido aquí histérica!
—Se me olvidó— él bajó la mirada, jugueteando con el borde de la chaqueta—. Pero escucha, hablé con ella y hemos decidido algo.

Lucía se quedó helada.
—¿Decidido qué?—

Javier respiró hondo y empezó a hablar. Con cada palabra, el rostro de Lucía se volvía más frío, más duro.

Ya no recordaba cuándo había visto a su marido en casa más de una hora seguida. Se iba al amanecer, volvía de madrugada, cuando ella ya dormía. Si es que volvía. La primavera había llegado a la ciudad, y Javier parecía otro hombre. En invierno corría a casa, se envolvía en una manta, refunfuñaba si ella proponía salir. Pero ahora… ahora desaparecía días enteros.

Su suegra, Margarita, le cayó mal desde el primer día. En su primera visita, Lucía sintió esa mirada fría, como si la estuviera evaluando. Durante la cena, solo hablaba con su hijo, ignorándola por completo. Lucía hasta sentía pena por el suegro, Alfonso, que parecía un fantasma, hablando en voz baja, saltando ante cada palabra brusca de su esposa.

En ese momento supo: vivir bajo el mismo techo que esa familia sería una pesadilla. Por suerte, tenía su propio piso, y tras la boda, Javier se mudó con ella. Margarita ni siquiera protestó, incluso ayudó a empacar sus cosas, como si aliviada de librarse de él.

En la fiesta de la mudanza, la suegra apareció solo un rato: miró todo con desdén, tomó un café y se fue. Pasó un año de matrimonio, y Lucía no podía quejarse, pero tampoco presumir. Vivían como cualquier pareja: casa, trabajo, fiestas ocasionales. Sus padres estaban en otra ciudad, pero ella ya estaba acostumbrada a la independencia. Tenía su trabajo, sus amigas, su hogar… y un marido. Creía que la cosa iba bien. Javier era sencillo, vivían con lo justo, pero sin pasar hambre.

A veces ayudaban a su suegra si lo pedía. Una vez al mes iban a un bar, hacían planes, soñaban con el futuro. Lucía quería hijos, pero Javier cambiaba de tema. Ella entendía: soñar es fácil, criar es otra cosa. Él, en cambio, fantaseaba con un coche. Lucía admitía que sería útil, pero caro. No quería pedir préstamos, menos aún pedir ayuda a la familia. Tendrían que apretarse el cinturón, ahorrar casi todo el sueldo, y aún así solo podrían permitirse algo usado.

Sus ausencias siempre tenían la misma excusa:
—Es que mi madre necesita ayuda. La temporada en la huerta ha empezado y voy con ella. No la puedo dejar sola.
—¡Y a mí, quién me ayuda!— estallaba Lucía—. ¡Llevo meses pidiéndote que arregles el grifo! ¡La puerta del balcón se cae a pedazos!
—Lucía, no compares. ¡Es mi madre!— él se encogía de hombros.

Esas discusiones eran cada vez más frecuentes. Lucía estaba harta de ser la esposa de fin de semana, y ni eso. Hasta los sábados, Javier se iba con sus padres. Aunque le alegraba no tener que ayudar en la huerta, a veces se preguntaba: ¿por qué no la invitaban?

Un día, en casa de su suegra, probó unos pimientos en conserva. Estaban tan buenos que se comió media tarro sin darse cuenta.
—¿Los hicisteis vosotros?— preguntó, impresionada.
—Claro— respondió Margarita, orgullosa—. Todo el verano trabajando para tener algo en invierno.
—En mi casa nunca hacían conservas— dijo Lucía, esperando que le ofrecieran algo.

Pero su suegra pasó de largo el comentario.
—Vaya familia más rara. ¿Cómo es eso de no hacer conservas? Yo cierro tarros todos los años. Es duro, pero en invierno tenemos tomates, pimientos, mermelada… Los vagos siempre tienen la despensa vacía— dijo, mirándola con reproche.

Lucía nunca más volvió a mencionarlo. De camino a casa, compró un tarro de pimientos, hizo unas patatas y se lo comió todo sola.

Esa noche, Javier llegó tarde otra vez. Lucía, furiosa, iba de un lado a otro del salón, apretando el móvil. Estaba harta de cenar sola, harta de esperar como una perra fiel. La puerta se abrió, y ella se tensó, preparada para soltarlo todo. Javier entró con otro ramo de margaritas, sonriendo con culpa.

—Perdona— dijo, entregándoselas.

Lucía las puso en un jarrón en silencio, esperando una noche tranquila. Pero Javier se sentó en el sillón, la miró con complicidad y soltó:
—Hablé con mi madre. ¿Para qué queremos este piso? Vendámoslo y compremos uno más barato.

Lucía se quedó muda. Javier, sin notarlo, siguió:
—Siempre te quejas de que no estoy. Si vendemos esto, compramos algo más pequeño en las afueras, con la diferencia nos compramos el coche. Y estaremos más cerca de la huerta, así no tendré que llevar a mi madre en tren y caminar tres kilómetros.

Lucía lo miraba, y una tormenta crecía en su pecho. ¿Qué clase de marido era? ¡Un apéndice de su madre! Quería gritar, pero se contuvo y solo dijo:
—Cariño, ¿tienes hambre?
—No, he comido en casa de mi madre. Hoy hizo pollo al horno, una delicia— cerró los ojos, saboreando el recuerdo.

Algo se rompió dentro de ella. Este hombre jamás sería ni marido ni padre.
—Escucha— dijo con voz helada—. Mejor vende la huerta y cómprate el coche. Así no tendrás que llevar a tu madre y estarás más en casa.
—¿Qué dices?— Javier se quedó pálido—. ¡Mi madre nunca aceptaría! ¿Y dónde iríamos en verano? Bueno, yo iría con ella. A—Pues entonces tengo otra solución— dijo Lucía, irguiéndose con firmeza—: Recoge tus cosas y vete con tus padres, mañana comenzamos el divorcio.

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