¿Amor verdadero o simple egoísmo?

—¿Qué quieres decir con que no puedes elegir? —Carmen clavó sus ojos en su amiga de la infancia con tal mirada de reproche que parecía que esta hubiese confesado un crimen terrible.— Si dudas entre dos hombres, es que no amas a ninguno. Es tan claro como el agua.

—A ti quizá te parezca claro, pero a mí no —suspiró Lola con un peso en el pecho.— Los dos me gustan. Cada uno a su manera. Los dos son buenas personas.

—Lo que pasa es que te gustas más a ti misma que a nadie, por eso los arrastras a los dos —continuó Carmen con dureza.— Quien ama de verdad no juega con los sentimientos de los demás. Eso no es justo. Es ruin.

—Fácil decir eso cuando no es tu problema —Lola apartó la mirada.— No todos somos tan perfectos como tú. Yo solo estoy aprendiendo a amar. No tengo experiencia. El lunes me parece que es el primero. El martes, seguro que es el segundo. El miércoles otra vez el primero. No logro entenderlo. No es gracioso. Los dos son buenos. Y los dos me importan.

—Lánzate a cara o cruz, si no puedes decidirte —refunfuñó Carmen.— Será mejor que este suplicio de estar entre la espada y la pared. Y tu conciencia estará más tranquila.

—Gracias por el consejo. Anda, tira tus moneditas a la fuente, a ver si tienes suerte. Y no olvides que tú, a lo mejor, nunca has tenido que elegir. ¿O es que no había nadie para ti?

—¡Yo jamás habría podido mentir así tanto tiempo! —Carmen se irguió con orgullo.— Tengo a Javier. Él me quiere. Y yo lo quiero a él. Y todo va bien.

—Claro, claro. Felicidades —Lola sonrió con amargura.

Pasaron tres años. Carmen estaba sentada sola en un bar casi vacío, llorando. Delante de ella, una copa de vino ya tibio. En su mente resonaba aquella conversación.

«Nunca digas nunca»… ¿Quién iba a pensar que acabaría en la misma situación? Solo que ahora era ella la que no podía decidir entre dos hombres… ¡Ella! La misma Carmen que antes repartía consejos como si nada.

Con Daniel llevaba más de un año. Todo parecía perfecto. Era fiable, inteligente, cariñoso. Un hombre ideal. Y, sí, con intenciones serias.

Pero de pronto, reapareció en su vida Javier. Sí, el mismo. Su ex. Con quien había salido antes. El que la dejó porque empezó a tener celos, a desconfiar, a montar dramas por tonterías.

Rompió con ella cuando dejó de mirarla como a la mujer que amaba. Carmen se convirtió en invisible para él. Todo era “mal”: lo que decía, lo que llevaba puesto, hacia dónde miraba… Y luego, silencio. Ruptura. Dolor. Meses de soledad.

Hasta que, de repente, una llamada. «Hola, ¿cómo estás? No tengo con quién hablar. Quedamos, ¿vale?»

Fue. Por costumbre. Solo para comprobar que todo había terminado.

Y allí estaba Javier, descolocado. Solo, derrotado. Sin trabajo, con su madre enferma, sin haber encontrado a nadie. Y hablaba. Sin parar. Y ella escuchaba. Y sentía lástima.

No le dijo que tenía a otro. Que quizá era feliz. Que alguien la esperaba.

Javier empezó a escribir. A llamar. A quedar. Se veían. Solo como amigos. Pero cada vez más.

Con Daniel todo seguía igual. Él seguía allí. Atento. Con regalos. Tocándole la mano con dulzura. Mirándola… con esa mirada. Cálida, enamorada. Siempre.

Pero Javier… Era como volver al pasado. Salidas con amigos, conciertos, viajes. Con él, era como regresar a la juventud. Daniel no entendía eso. Él era serio. Ocupado. Introvertido.

Carmen se desgarraba. Su corazón también. Daniel era con quien podía construir un futuro. Javier… era al que aún le tenía pena. ¿O quizá lo quería?

Una y otra vez daba vueltas a las opciones. ¿Cómo decir la verdad? ¿Cómo elegir?

Hasta que una noche, cuando ya no podía más, marcó el número de Lola. Para pedir perdón. Por aquellas palabras.

—Perdóname por lo de aquella vez… ahora entiendo cómo te sentías.

—¿Perdonarte por qué? —Lola se sorprendió de verdad.— Ni siquiera recuerdo a quién elegí. Fue hace tanto…

—Y ahora estoy en tu lugar. Entre dos. No puedo decidir. Da miedo. Mucho.

—¿De verdad crees que, cuando amas, puede haber dos? Es que no amas a ninguno. Pero a ti misma, desde luego, sí. Y si alguien hiciera esto contigo… ¿a cuál amarías, si estuviera saliendo con dos a la vez?

—A ninguno —susurró Carmen.

—Ahí está la respuesta. A ninguno. Porque eso lo hace quien solo se quiere a sí mismo. Carmen, si uno de ellos de verdad te importa… míralo. Imagina que no está. Imagina que se va. Que nunca más verás su sonrisa, ni sentirás su mano en la tuya…

—Daniel —escapó de sus labios.

Sintió un escalofrío. Lo imaginó. Sin sus ojos, sin su calor. Sin su paciencia. Sin su amor.

Y en ese mismo instante, lo entendió. Sabía a quién amaba.

P.D. A veces, para escuchar al corazón, solo hay que dejar de mentirse a uno mismo.

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¿Amor verdadero o simple egoísmo?