En la habitación olía a medicamentos baratos, col hervida y vejez: un aroma tan espeso que parecía poderse coger con una cuchara. Lucía Martínez se sentaba al borde de la cama, ajustando entre sus dedos el dobladillo de una bata descolorida, la misma con la que antes tomaba el café en la cocina de su casa. Cuando aún tenía un hogar…
En la cama de al lado, una mujer veinte años mayor permanecía inmóvil como una estatua, mirando al vacío. Su mirada apagada se clavaba en la pared como si fuera una ventana a otro mundo.
De pronto, la anciana se levantó con lentitud, agarró una silla y la arrastró hasta Lucía.
—Lucita, cuéntame… ¿cómo acabaste aquí?— susurró con voz ronca, sentándose con dificultad. Sus ojos desvaídos reflejaban la misma indefensión que los de una niña, como si no fuera una anciana, sino una pequeña abandonada por el mundo.
Lucía quiso negarse. Decir que no lo entendería, que no recordaría. Pero, en cambio, habló. Porque quizás era la primera vez en mucho tiempo que alguien quería escucharla.
—Empezó con el silencio— su voz tembló—. Primero, Daniel llamaba menos. Una reunión, llevar a su hijo al fútbol, siempre una excusa. Marta, su esposa, nunca mostró interés por mí. Y Javier, mi nieto… un adolescente, tiene cosas más importantes. Lo entiendo.
La vecina asentía, inclinándose hacia adelante. Llevaba tres años en la residencia y cada historia le sonaba como la suya propia.
—Luego dejaron de felicitarme. Mi cumpleaños pasó como un día cualquiera. Después, el día de la madre. Luego, Navidad. Y yo… yo seguía esperando. Hice una tarta de manzana, la que le gustaba a Daniel de niño. Puse la mesa. Coloqué nuestra foto, cuando era pequeño, en bañador, en la playa de Alicante. Yo, tan joven… riendo. Miraba esa foto y pensaba: vendrán. Tienen que hacerlo. Lo prometieron.
Lucía respiró hondo. Un brillo húmedo asomó en sus ojos. La anciana rozó su hombro con suavidad.
—Vinieron. De noche. Tarde. Daniel, con la mirada baja, dijo: “Mamá, hemos decidido…”. Lo demás fue un borrón. Solo recuerdo sus palabras, como una sentencia: “Javier necesita su propio cuarto. Y aquí… estarás mejor. Cuidados, medicinas, rutina…”.
—¿Y qué dijiste tú?— murmuró la anciana.
—¿Qué podía decir?— Lucía esbozó una sonrisa amarga—. Me quedé muda. Solo balbuceé: “Pero yo…”. Ellos ya lo tenían todo planeado. Los mudanzas. Las bolsas. Mi estantería, la de talla antigua, se la llevaban. Intenté agarrarla, y Javier ni siquiera alzó la vista del móvil. Ni un adiós, ni un gracias. Como si nunca hubiera existido.
—¿Y ahora? ¿Te llaman?
—Ayer, Daniel llamó— Lucía soltó una risa seca—. Preguntó: “¿Qué tal estás?”. Y yo le contesté: “¿Recuerdas cuando de niño te refugiabas en mi cama durante las tormentas? Temblaba como un pájaro…”. Él respondió: “No, no me acuerdo”. Así. No lo recuerda. O finge no hacerlo.
La anciana le cogió la mano. Cálida, seca, nudosa. Permaneció en silencio.
—¿Sabes lo más… gracioso?— continuó Lucía—. Ahora alquilan mi piso. El dinero es para Javier, clases particulares. Mientras, para que no esté vacío, montaron un estudio de yoga. “Hatha”, creo. ¿Te imaginas? Donde estaba mi aparador, ahora hay señoras estirándose en esterillas…
En el pasillo chirrió el carrito de la comida. Por la ventana, el sol se ponía, tiñendo todo de rojo anaranjado. Un silencio denso llenaba el aire.
—Pero yo sí lo recuerdo todo— susurró Lucía—. Su primer diente, las noches en vela meciéndolo, la vez que lloró por un siete en matemáticas. Soñé que sería feliz. Lo di todo. Y ahora… ahora no le importo a nadie.
La anciana la abrazó, apoyando la mejilla en su cabello canoso. Sus manos, ásperas y secas como las de la madre de Lucía años atrás, no podían salvarla del abandono.
Permanecieron así, en la penumbra, entre olores a col y desinfectante. Entre un pasado que fue cálido y un presente de sombras y silencio.
Y una sola pregunta rondaba en la mente de Lucía:
¿Y si alguna vez lo recuerdan?




